viernes, 16 de diciembre de 2011

Negros augurios

Hasta hace pocos días no había oido nunca la expresión banco de comida o banco de alimentos. Sabía de las cocinas económicas y albergues para indigentes, pero ignoraba que existiesen estas instituciones dedicadas a recoger excedentes de alimentos de empresas y comercios para distribuirlos entre las personas necesitadas. Me he enterado de su existencia al leer en los periódicos que las colas para recibir estos alimentos crecen de día en día. Trabajadores en paro que han agotado las prestaciones, jóvenes que abandonaron el sistema educativo para trabajar en la construcción y ahora se ven sin nada, ancianos con pensiones mínimas que vuelven a tener a su cargo a familiares que han perdido su empleo..., en definitiva, personas que hace pocos años no habríamos creído ver haciendo cola para recibir comida.

El paro en España pronto rozará el veintitrés por ciento; es una estadística aterradora, pero no se acaba ahí: la Comisión Europea acaba de advertir del empobrecimiento de los trabajadores españoles. No hablan de los desempleados, sino de los trabajadores activos que se empobrecen debido a la precariedad y los bajos salarios. Según la Comisión, la tasa de pobreza entre los trabajadores supera ya el 11%, en un proceso que se inició antes de la crisis y continúa avanzando. España se empobrece aceleradamente, y ni siquiera es necesario recurrir a las estadísticas para constatarlo. Basta ver a las personas que hurgan en los contenedores de la basura o los trabajadores que esperan en las cada vez más largas colas de las oficinas de empleo.

Y ante esto nos dicen que vivimos por encima de nuestras posibilidades y que la solución es la austeridad.  Recortar el gasto público, lo que siginifica, aunque no se diga abiertamente, aumentar todavía más el paro y recortar aún más la protección social. La patronal, envalentonada, ya ni disimula a la hora de pedir más facilidad para el despido y salarios más bajos. Más pobreza. El presidente de la CEOE, Juan Rosell, ya no lo pide solo para los trabajadores de empresas privadas, lo que es un error pero dentro de sus atribuciones, sino que acaba de pedir una reducción del número y de los salarios de los funcionarios públicos, como si el Estado estuviera afiliado a la CEOE.

¡Austeridad! Para los pobres, puesto que no hay austeridad para los defraudadores del erario público. ¡Austeridad! Para los trabajadores, pues no hay austeridad para las rentas de capital que pagan menos impuestos que las del trabajo. ¡Austeridad! Cuando un altísimo porcentaje de la población no puede ni cubrir sus necesidades básicas.

Espero que cuando el nuevo gobierno tome posesión tenga la sensatez de no seguir por este camino que nos lleva al abismo. De lo contrario nos esperan tiempos verdaderamente difíciles.

martes, 6 de diciembre de 2011

Un gallego en la escalera

¿Qué es un gallego? Alguien que, cuando te lo encuentras en la escalera, no se sabe si sube o baja. Don Mariano Rajoy, que es compostelano, está haciendo bueno este viejo tópico; quince días han pasado desde que se conocieron los resultados de las elecciones y seguimos sin saber qué es lo que piensa hacer cuando tome posesión de su nuevo cargo.

Dice el Sr. Rajoy que esperará a tomar posesión y saber lo que se va a encontrar, es decir, cómo están las cuentas del Estado. Esto es para mí algo verdaderamente sorprendente, y me lleva a hacerme una serie de preguntas para las que no encuentro respuesta. ¿Qué han hecho don Mariano y su partido en ocho años de oposición? ¿Para qué sirve el Tribunal de Cuentas? ¿Y las sesiones de control, interpelaciones y preguntas? ¿Me está diciendo don Mariano que en ocho años no han hecho ningún seguimiento de las cuentas del Estado, o que el sistema es tan malo que no hay ningún control?

La excusa de nuestro futuro Presidente me suena exactamente a eso, a excusa. Porque resulta  que mientras esto afirma en el país, se reúne con dirigentes internacionales para explicarles su proyecto, y al parecer para satisfacción de éstos. Se reunió también con el señor Rodríguez Zapatero para establecer una gestión consensuada del gobierno en funciones. Pareciera que da explicaciones a todo el mundo menos a quien tiene mayor obligación de darlas: los ciudadanos a los que va a gobernar.

Esta actitud de don Mariano me empieza a irritar. Que una persona presente su candidatura a la presidencia del gobierno sin explicar un proyecto claro me parece, cuando menos, una extravagancia. Que con tales mimbres gane las elecciones escapa a mi comprensión por malo que fuese el gobierno anterior. Que dos semanas después siga diciendo que no sabe nada ya es un disparate y empieza a parecer una tomadura de pelo.

Una de mis pequeñas aficiones es el ajedrez. Cuando pienso una jugada no sé, como es evidente, cuál será la jugada subsiguiente de mi adversario, pero puedo intentar anticiparme, sopesar las alternativas y elegir la jugada que haga mi posición más fuerte. Si mi rival me sorprende con una jugada que no he previsto me replanteo mi juego y vuelvo a buscar la mejor alternativa. Aunque el gobierno de una nación sea algo bastante más serio que una partida de ajedrez, esto es esencialmente lo que espero de quien ha pedido y obtenido nuestra confianza para gobernar el país. No espero que sea clarividente ni adivino, ni que sea capaz de acertar siempre con la mejor decisión, tan solo que sea capaz de analizar la situación y trazar una estrategia, y corregirla después si no era la adecuada.

Pero don Mariano no debe de ser jugador de ajedrez. Don Mariano es jugador, y bueno según dicen, de mus, el tradicional juego en el que es esencial ocultar tus cartas.


jueves, 1 de diciembre de 2011

La humanidad del monstruo

Iván el Terrible y su hijo
Recuerdo que cuando se estrenó la película El hundimiento fueron muchos los que la criticaron porque "humanizaba" a Hitler. Queremos creer que hombres como él no son humanos, que son monstruos que nada tienen que ver con nosotros. No muestran piedad ni compasión, ni aprecio por las vidas ajenas, luego no son capaces de ningún sentimiento.

Pero no, Hitler, Nerón, Torquemada, Iván el terrible... no son ogros de cuento infantil. No es posible humanizarlos, porque fueron seres humanos. La barbarie es propia de nuestra especie. A una fiera, a un león, lo calificaremos de salvaje, de feroz, pero nunca de bárbaro. La barbarie es humana. Y el mismo Iván cuya crueldad le valió el sobrenombre de el terrible, que fue capaz de matar a su propio hijo en un arrebato, amaba literalmente con locura a Anastasia Romanovna.

Nos guste o no, los monstruos son humanos. El mismo sentimiento religioso produjo a San Agustín y a Torquemada. Hitler no fue menos humano que Ghandi. Lo humano no se puede humanizar, lo que hacemos realmente es lo contrario, deshumanizar a los monstruos. Un mecanismo de defensa psicológica, supongo; negándoles la humanidad negamos en realidad la parte de la naturaleza humana, de nuestra naturaleza, que no nos gusta.

Y necesitamos entender la naturaleza humana para que un día desaparezca esa parte que ahora nos limitamos a negar. Tal vez no sea posible pero, si lo fuese, debemos aceptar que la realidad no se cambia negándola. Mientras no se erradiquen las causas que los producen, seguirán surgiendo monstruos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La doble vara de medir

No pensaba volver a escribir de momento sobre la crisis de la deuda soberana, más que nada porque ya se ha dicho prácticamente de todo. Me llevan a retomar el tema algunos artículos de prensa que he leído esta semana, que abordan dos cuestiones: la solvencia de España y la actitud de Alemania.

Sobre la primera cuestión es muy interesante comparar las cifras españolas con las de los países que solemos utilizar como referencia. La deuda pública española está hoy por debajo del 70% del PIB, siendo inferior a la de Alemania y la de Francia, que llegan respectivamente al 80% y el 85%. Son niveles perfectamente asumibles, de hecho no son muy superiores a los que teníamos antes de la crisis, cuando nadie ponía en duda nuestra solvencia. Otra cuestión es la carga que el pago de los intereses supone para cada uno de estos países: el 2,2% del PIB en el caso de España, 2,4% en el de Alemania y 2,6% en el de Francia.

A pesar de estas cifras, se cuestiona la solvencia de España y no la de Francia ni la de Alemania. Esto se pretende justificar con dos argumentos: el elevado déficit público español y el incremento de los tipos de interés que debe pagar por su deuda, factores ambos que la hacen aumentar.

Lo primero, naturalmente, es cierto. Un país no puede permanecer instalado en el déficit indefinidamente, la cuestión es cómo y en qué plazo debe España reducir su déficit. Actualmente se le exige una reducción drástica en un plazo muy corto, lo que no me parece que tenga justificación alguna. Muchos analistas coinciden en que no hay razón objetiva para no diferir dos años el cumplimiento del objetivo de déficit. Y es realmente indignante la actitud de la canciller Merkel  a este respecto. Cuando fue Alemania la que incumplió el objetivo de défict del manido pacto de estabilidad, no solo no tuvo consecuencias para este país, que forzó la "flexibilidad" del pacto, sino que se negaron a aplicar las medidas que ahora nos exigen a los españoles. Se negaron con razón, porque unos recortes tan drásticos contraerían la economía y agravavarían el problema en lugar de solucionarlo. La canciller lo sabe, y pese a ello no tiene reparo en condenar a la recesión económica a los países a los que ahora tiene la desfachatez de llamar irresponsables. Y no me sirve en absoluto a justificación de que se enfrentaban entonces al difícil problema de la integración de Alemania del Este, porque el problema que afrontamos ahora no es menos grave ni difícil, con la notoria diferencia de que Alemania eligió voluntariamente la integración y nosotros no hemos elegido ser víctimas de la desregulación financiera.

El segundo argumento, que el incremento de los tipos de interés que España debe pagar por su deuda pone en riesgo su solvencia, es un auténtico sofisma, ya que se supone que esos tipos crecen por la desconfianza en nuestra solvencia. Es decir, la desconfianza en la solvencia de España hace subir los tipos, y la subida de los tipos hace desconfiar de nuestra solvencia. La verdad pura y simple es que no hay ninguna razón real para dudar de la solvencia de España. Esas supuestas dudas las siembran interesadamene los mismos que se benefician de ellas, los buitres que buscan el beneficio a corto plazo gracias a la desregulación de los mercados financieros sean cuales sean las consecuencias. Y también en esto es indignante la actitud de la señora Merkel, ya que hay medidas que pueden tomarse a nivel auropeo y que están siendo bloqueadas por Alemania: la emisión de eurobonos y la intervención del BCE como un verdadero banco central. Estas medidas no solo son reclamadas por los países con problemas, también en esto son muchos los expertos que están de acuerdo, y se han mostrado favorables la Comisión y el presidente Sarkozy, que le ha visto las orejas al lobo. Lo impide Alemania, alegando que animaría a los países con problemas a no cumplir sus obligaciones, las mismas, recordémoslo, que tampoco cumplieron ellos. Pero hay otra razón que frau Merkel se cuida de mencionar, su país se está aprovechando de los problemas financieros de los demás para financiarse ellos mismos prácticamente a coste cero.

La canciller y su partido juegan con fuego, porque este proceso no se detendrá en España. Bélgica, Austria y la misma Francia ya están en el punto de mira de los especuladores. Divide y vencerás, reza la antigua máxima. La manera de enfrentarnos al acoso de los mercados pasa por profundizar en la Unión Europea, por los eurobonos, por un verdadero Banco Central, por la fiscalidad común y en definitiva por una auténtica Unión. La alternativa es el fracaso del proyecto europeo, y con él del modelo social del que hace pocos años presumíamos con justificado orgullo.


martes, 22 de noviembre de 2011

Ministros complacientes

"En los países democráticos un ministro llega a su puesto a través de elecciones limpias, le debe el cargo a los votantes y hace todo lo posible para conservar su confianza y sus votos. Si allí un ministro está en desacuerdo con el presidente, presenta su dimisión de inmediato porque sabe que volverá a su cargo si gana en las siguientes elecciones. Sin embargo, en un sistema autoritario, al ministro no le importa en absoluto la opinión de la gente, pues no ocupa un ministerio debido a su competencia o a su labor, sino por su lealtad al presidente"

El párrafo anterior no es mío. Podría haberse publicado en cualquier artículo de opinión de cualquier publicación española, pero no, lo he copiado del artículo El arte de complacer al presidente, del escritor egipcio Alaa Al Aswany. Se publicó en Egipto el 2 de diciembre de 2009, y el presidente en cuestión era Hosni Mubarak.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Sobre el resultado electoral

El Partido Popular ha ganado las elecciones. Este es un hecho incuestionable, dado que es la lista que ha obtenido más votos. Y ante este hecho solo cabe aceptarlo y felicitar a los ganadores. Tienen ahora la mayoría absoluta de ambas cámaras, gobiernan en la mayoría de las comunidades autónomas y en la mayoría de los ayuntamientos. Un poder enorme y una enorme responsabilidad.

Dicho esto, quisiera hacer algunos comentarios sobre los resultados. El primero es que la victoria del PP, aunque contundente, no es tan aplastante como da a entender el reparto de escaños. Obtiene la mayoría absoluta de los diputados, pero no porque haya obtenido la mayoría absoluta de los votos. Ha obtenido el 44,6% de los votos emitidos, que son poco más del 30% del censo electoral. Mayoría, sí, pero relativa. Un ciudadano de cada tres les ha votado, el resto a votado a otros partidos o no ha votado. Es un dato que debe tener en cuenta el Partido Popular a la hora de gobernar.

Además de esto, es de destacar que una vez más se pone de manifiesto lo inadecuado de nuestro sistema electoral, que produce unas mayorías parlamentarias que no se corresponden con la realidad de la sociedad. El Congreso que nos representará los próximos cuatro años no es realmente representativo del sentir de los ciudadanos. Se ve con rotunda claridad en la siguiente tabla. No garantizo la exactitud de los cálculos, ya que la he elaborado de un modo un tanto apresurado, pero un error de un escaño más o menos no importa para lo que quiero señalar.

Las cuatro primeras columnas recogen los resultados de las elecciones y los escaños que cada partido tendrá en el Congreso, la quinta los que realmente le corresponderían en un sistema estrictamente proporcional. Creo que esta tabla habla por sí sola, si el Congreso respondiese realmente a lo que han votado los ciudadanos ningún partido tendría mayoría absoluta. Lo injusto de este sistema se aprecia si consideramos que cuatro partidos se llevan 41 escaños que no les corresponden por votos, que pierden el resto de partidos. El gran beneficiado es el PP, que se lleva 29 escaños de más. Los grandes perjudicados, aparte de los once partidos que se quedan sin representación cuando deberían tenerla, IU y UPD que tienen, entre ambos, 22 escaños menos de los que deberían. Sangrante también el caso de EQUO, que debería obtener tres escaños y no tendrá ninguno.

Por supuesto habrá quien no esté de acuerdo cuando digo que necesitamos una reforma del sistema de circunscripciones y de la ley electoral, quienes piensen que este sistema hace la política más estable. Pero nadie me puede negar el hecho objetivo de que el Congreso no es representativo de la sociedad. Y eso, para mí, es un grave defecto que desvirtúa la democracia. Un ciudadano, un voto. Que el voto de un simpatizante del PP valga en realidad el triple que el de un votante de UPD no es democrático se mire como se mire.

Un comentario más. En días pasados escribí animando a no considerar ningún voto como inútil, y a la vista de los resultados parecerá que me equivocaba. El Partido Popular ha obtenido la mayoría absoluta, algo que muchos queríamos evitar. ¿No habría sido más útil votar al PSOE? Tal vez, pero yo no me arrepiento de mi voto. Me niego a votar a un partido en el que no creo para evitar que gane otro en el que creo aún menos. Me niego a que el resto de partidos, que representan a mucha gente, desaparezcan. Mi voto, que fue para Izquierda Unida, no ha contribuido a darle más escaños. El sistema ha hecho que se perdiera, como los de otros treinta mil ciudadanos que escogieron esta opción en la misma provincia, y como los de varios cientos de miles en toda España. Como los de varios millones que votaron a partidos que deberían estar en el Congreso y no estarán, o estarán con menos escaños de lo que deberían.

Y aún así no me arrepiento. Gracias a esos millones de ciudadanos el PP y el PSOE suman ahora 296 escaños, y no 323. Cierto que ahora hay una mayoría absoluta y antes no la había, ¿estamos peor por eso? Sí y no. Sí porque el PP podrá gobernar si quiere, y esperemos que no quiera, sin escuchar a nadie. Y no porque ahora hay 54 diputados con una visión diferente. Suficientes para impedir, por ejemplo y si se lo proponen, que la Constitución vuelva a ser reformada sin referendum. Suficientes para plantear un recurso de inconstitucionalidad o para proponer (aunque no para ganar) una moción de censura.

Suficientes, en todo caso, para que sus voces no puedan seguir siendo silenciadas los próximos cuatro años. Y suficientes para recordarles a los dos partidos mayoritarios que un ciudadano de cada cuatro ha votado a otras opciones.

Y termino felicitando de nuevo a los vencedores. Espero sinceramente ser yo el equivocado y que sus políticas tengan el mayor de los éxitos.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reparto y capitalización

Hace días, en la entrada Sobre El Debate, hice un comentario sobre la propuesta que el PP lleva en su programa electoral de transformar el sistema de protección por desempleo, actualmente de reparto, en un sistema de capitalización. Añadí que no me parecía oportuno razonar mi opinión en aquella entrada, así que lo hago hoy.

Un sistema de protección es de reparto cuando cada persona no cotiza para sí mismo, sino que los trabajadores activos cotizan para pagar las prestaciones de los perceptores, ya sean desempleados o pensionistas. En España tenemos un sistema esencialmente de reparto. Y digo esencialmente porque no es de reparto "puro". Lo sería si para cada tipo de prestación la cuantía fuese igual para todo el mundo, con independencia de su historial laboral, pero no es así. La cuantía y la duración en el caso del desempleo, están en función de las cotizaciones efectuadas por el trabajador, con unos topes máximos y mínimos. Eso no desvirtúa su carácter esencial de sistema de reparto. Es erróneo el comentario que a veces oimos a los jubilados que creen que "ya lo he pagado". En realidad lo que cotizaron cuando estaban activos sirvió para pagar a los que entonces eran beneficiarios, además de que esas cotizaciones tampoco cubrirían sus pensiones debido al aumento de la esperanza de vida.

El otro gran modelo de protección es el de capitalización, en el que cada trabajador cotiza a lo largo de su vida laboral para sí mismo. Para entendernos, es el sistema de los planes de pensiones privados. En algunos países el sistema de pensiones se basa en este modelo, aunque no sé de ninguno que lo haya adoptado de forma "pura", normalmente tienen también un protección mínima, de subsistencia, que es de reparto.

Ambos sistemas tienen partidarios y detractores. Es obvio que el de reparto es más solidario y, en mi opinión, más justo. Su inconveniente es que requiere un equilibrio entre cotizantes y beneficiarios. El envejecimiento de la población exige un correlativo aumento de la productividad para que el sistema no quiebre. Y no hace falta decir que un desequilibrio brusco en la relación entre cotizantes y beneficiarios, como es un brusco aumento de la tasa de paro, también altera el equilibrio del sistema. En otras palabras, el sistema tiene que ser periódicamente revisado en función de la ratio cotizantes/beneficiarios y la productividad del trabajo.

El sistema de capitalización, claro está, no tiene ese problema ya que cada uno cotiza para sí. El inconveniente es su falta de solidaridad y de justicia, puesto que las personas con menos posibilidades económicas pueden cotizar menos o no pueden cotizar. Es decir, que precisamente las personas más necesitadas de protección acaban siendo las menos protegidas.

Por supuesto todo esto no es más que un simple resumen de la comparación entre ambos sistemas, una simple introducción para explicar por qué no me gusta la propuesta del Partido Popular. Va sin decir que yo soy partidario de los sistemas de reparto, claro.

El sistema de protección por desempleo español es, todavía y básicamente, de reparto. No voy a explicar su funcionamiento ni a discutir sus virtudes y defectos, lo que daría para varias entradas. Basta señalar que, a pesar de lo dicho, tiene elementos comunes con los sistemas de capitalización, ya que la cuantía de la prestación está en función de los últimos salarios y su duración en función del tiempo trabajado en los últimos años. Eso hace que las prestaciones de las personas con empleos precarios, que son las que más tienen que recurrir al sistema, sean de menor duración, y las de los trabajadores peor pagados sean más pequeñas. Son las características que más arriba he señalado como los grandes defectos del sistema de capitalización.

Pues bien, la propuesta del Partido Popular significa agudizar estos defectos transformando el sistema en uno de capitalización puro. La idea resumida es que cada trabajador vaya acumulando un "fondo" personal al que podrá recurrir en caso de perder su empleo. Eso signfica que las personas jóvenes que han trabajado poco tiempo apenas tendrán cobertura por desempleo, ya que no habrán podido engrosar su fondo. Las personas con trabajos temporales y precarios también tendrán una prestación escasa, pues tendrán que recurrir al fondo con frecuencia. Y si las aportaciones se fijan, como cabe esperar, en función del salario, las personas con empleos parciales o mal remunerados tendrán un fondo pequeño y por tanto poca protección. Significaría, repito, agudizar todos los defectos del sistema actual, haciéndolo menos solidario y cayendo en la contradicción inevitable en este tipo de sistema: que las personas más necesitadas de protección sean las menos protegidas.

Salvo que yo haya entendido mal la propuesta del Partido Popular, claro está. Cosa que podría ocurrir perfectamente porque apenas mencionan ni aclaran este punto. De hecho, parece que ponen un gran cuidado en sacarlo a relucir lo menos posible, lo que no hace más que aumentar mi desconfianza. Si de verdad están convencidos de que este cambio sería positivo harían muy bien en explicarlo, pero a cuatro días de las elecciones no parece que podamos esperar esa explicación. Rajoy tuvo una buena ocasión de hacerlo en el debate, y prefirió eludir la pregunta.


martes, 15 de noviembre de 2011

Primas de riesgo y rescates

Oimos hablar mucho últimamente de la prima de riesgo, tanto que parece haberse convertido en la medida de todos los males. Y aunque yo estoy muy lejos de ser un experto en la materia me gustaría hacer un par de comentarios al respecto. Empiezo con una pequeña explicación del concepto, que no es en absoluto difícil de entender.

Cuando un país emite deuda pública, lo que está haciendo es pedir dinero prestado, y naturalmente debe pagar un tipo de interés como cualquiera que pida un crédito. En teoría, se paga un tipo de interés más alto cuando existe un riesgo mayor de impago de la deuda y a la inversa. La prima de riesgo no es más que la diferencia del tipo de interés que paga un país con respecto a otro que se usa como referenca. En Europa la referencia es Alemania, por ser considerado el país más solvente, y la comparación se realiza sobre el bono a diez años. Así, si Alemania paga por sus bonos un interés de 1,77 % y España 6,09 %, la prima de riesgo española es de 4,32 puntos porcentuales o 432 puntos básicos. Las cifras, por cierto, las he tomado de la prensa de hoy.

Hasta aquí la teoría. La pregunta es si la prima de riesgo mide realmente el riesgo de impago de un país, y la respuesta es un categórico no. Los inversores exigen un tipo de interés más alto cuando desconfían de la solvencia de un país, lo que no siempre se debe a razones objetivas ni mucho menos. La prima no mide el riesgo real, sino la percepción del riesgo de los inversores. El matiz es muy importante porque, como digo, esa percepción no siempre responde a análisis objetivos. Es más, a menudo es absolutamente irracional.

Y aún hay más que matizar, porque ni siquiera mide la percepción del riesgo absoluto de un país, recordemos que es una medida de comparación. Lo que mide, más exactamente, es la percepción del diferencial de riesgo de impago de un país con respecto a Alemania. Y es este otro matiz importante, porque la prima de riesgo de un país, España en este caso, no solo sube porque aumente la percepción de riesgo de impago de España y por tanto su tipo de interés, sino también porque baja la de Alemania. Ambas cosas están muy relacionadas y tienen algo de círculo vicioso, ya que los inversores que no compran deuda española por su supuestamente elevado riesgo, buscan como alternativo otros valores percibidos como más seguros, los bonos alemanes, lo que hace aumentar la prima de riesgo, en un proceso que se autoalimenta.

Y a pesar de esto, de que es una medida subjetiva y no objetiva, y de que no es una medida absoluta sino comparativa, se toma sin ningún reparo como medida absoluta de la solvencia de un país, lo que es absolutamente irracional. Pero más irracional aún es que se hable de la necesidad de "rescatar" a un país cuando su prima de riesgo alcanza los 500 puntos. Así ocurrió con Grecia, con Portugal, ahora con Italia, y quizá mañana con España. Irracional e inmoral, porque "rescatar" no es más que un eufemismo. Embargar sería un término bastante más exacto.

Y lo que de verdad me subleva es que, a la postre, ese riesgo percibido no es real. Los inversores no asumen realmente ningún riesgo y lo saben. ¿Qué riesgo han asumido hasta ahora? Ninguno. Si el país paga es evidente que ellos cobran, y si no paga lo "rescatan" y ellos cobran igual. No asumen absolutamente ningún riesgo y lo saben antes de invertir. Nunca se rescata a los países, y mucho menos a los ciudadanos que acaban sufriendo las consecuencias, se les embarga. A quien de verdad se rescata es a los inversores. Y también aquí habría que cambiar el término "inversores" por otro que fuera más exacto. No diré cuál, saque cada uno sus propias conclusiones.

sábado, 12 de noviembre de 2011

El momento de hablar claro

Dentro de una semana tendremos que acudir a las urnas para decidir cómo y por quién queremos ser gobernados en los próximos cuatro años. Una decisión difícil, porque vivimos una situación difícil. Una situación, en realidad, dramática. No es alarmismo, llevamos ya años de crisis económica, soportamos una tasa de desempleo intolerable, sufrimos el acoso de los especuladores financieros internacionales y las presiones de organismos como el FMI, y día a día nos vamos empobreciendo.

A estas alturas es evidente que todas las medidas con las que nos dijeron que saldríamos de la crisis han fracasado, y no hay perspectivas de que esto vaya a mejorar. Todo lo contrario, los organismos internacionales (que son parte interesada) han "rebajado" las expectativas de crecimiento de España y han dicho que no podrá cumplir sus compromisos. Pero lejos de reconocer en este hecho el fracaso de las políticas que nos han impuesto, nos recetan doble dosis de la misma medicina. Más ajustes, eufemismo que utilizan para decir más recortes, menos servicios, menos ingresos para las clases bajas, más privatizaciones, más precariedad... Lo que va a significar que la economía siga contrayéndose en lugar de crecer, más dificultades para afrontar la deuda.. y más recortes. Un maligno círculo vicioso en el que han quedado atrapadas otras naciones europeas y en el que quedaremos atrapados nosotros tambén.

Soy pesimista, lo sé, y ojalá me equivoque pero creo que ese es el futuro que nos espera y que ya es tarde para evitarlo. Podía haberse evitado, aún puede hacerse, pero quienes tienen en su mano los resortes necesarios no lo harán.

El representante del Partido Popular se ha apresurado a decir que España cumplirá todos sus compromisos. Ahora bien, ha dicho que bajará el impuesto sobre la renta y el impuesto de sociedades, y  que no modificará los demás impuestos. ¿Cómo vamos entonces a afrontar la deuda? La única respuesta posible es: recortando gastos. Y no nos engañemos, es imposible recortar gastos en esas cifras y en tan poco tiempo sin afectar a los servicios públicos básicos. Ni siquiera es necesario esperar a las elecciones para saberlo, lo estamos viviendo ya. Allí donde gobiernan se reduce el presupuesto de la enseñanza pública, aunque curiosamente no se reducen las subvenciones a la privada, se recortan gastos en sanidad pública, se cierran centros de salud y quirófanos, se deja de pagar a los farmacéuticos. Entramos, y de cabeza, en el círculo vicioso.

Ante este panorama, y para evitar la mayoría absoluta del PP, parece tentador votar al Partido Socialista. Pero eso no solucionaría nada o casi nada. Y no porque yo crea que los dos partidos son iguales, no lo son porque sus militantes no son iguales. Pero sus políticas, las que marcan las cúpulas, son otra cosa. Rubalcaba hace ahora otras propuestas, sí, pero no me convencen ni él ni su partido. Porque se han estado aplicando políticas equivocadas y neoliberales, pero también por algo más. Rubalcaba decía ser contrario a la constitucionalización del límite de déficit, y sin embargo lo apoyó. Se justificó en que Zapatero lo había convencido, y en un solo día cambió radicalmente su opnión. ¡Tan poco costó que se plegara a los mercados contra sus propios principios! Y no fué el único. Uno, uno solo de los 169 diputados socialistas se opuso a la medida. No es este el hombre que quiero que me gobierne, ni este el partido que quiero que me represente.

Entonces ¿quién? En entradas anteriores he hablado de la necesidad de acudir a votar, de no quedarnos en casa, y de votar a los partidos que ofrecen alternativas. Cada uno de nosotros tiene su manera de pensar, y seguramente no habrá ningún partido que se ajuste totalmente a ella. En mi caso desde luego no lo hay, pero mi voto será para Izquierda Unida. No porque comparta la totalidad de su programa, ya que solo alguien sin criterio podría compartir, una por una, la totalidad de las propuestas de un partido.  Pero su programa tiene suficientes elementos que sí comparto: la reforma constitucional, la reforma del sistema electoral, la progresividad fiscal y la persecución del fraude, la reforma del sistema financiero, la tasa tobin, la reforma del modelo de relaciones laborales y la potenciación de la Inspección de Trabajo...

No pido el voto para Izquierda Unida ni pretendo hacer campaña en su favor, solo explico mi opción. Como he dicho antes, cada uno de nosotros tiene su manera de pensar, y tal vez este partido os convenza tan poco como a mí PP y PSOE. Pero hay otros partidos que ofrecen otras alternativas. Lo que si os pido, una vez más, es que acudáis a votar.

Sé que ninguno de esos partidos tiene ni por asomo una posibilidad de formar gobierno. Con muchísima suerte nuestro voto servirá para que el Partido Popular no logre la mayoría absoluta. Lo más probable es que no consigamos ni eso. Pero si como indican los sondeos IU puede lograr diez o doce diputados, EQUO tres o cuatro, y otros partidos logran uno o dos, algo habremos ganado. Al menos habrá voces discrepantes y empezaremos a romper el bipartidismo que asfixia la democracia. Daremos un paso para que dejen de subordinarse los intereses de los ciudadanos a los oligopolios financieros.

Y si no sirve ni siquiera para eso, al menos lo habremos intentado. Es mucho y muy importante lo que nos jugamos, y lo que con toda seguridad no sirve para nada es quedarse de brazos cruzados.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Sin miedo al pluralismo

Es bien sabido que nuestro sistema electoral fue diseñado para favorecer la formación de mayorías amplias en las Cortes. Tanto la redacción de la Constitución como su desarrollo posterior van encaminados en ese sentido. Se temía la formación de unas Cortes muy fragmentadas, lo que en aquellos momentos tal vez fuese un temor comprensible, pero infundado. En las primeras Cortes salidas de las elecciones generales de 1977 no hubo mayoría absoluta, y sin embargo fueron capaces de elaborar una Constitución con un amplio acuerdo y que, con todos los defectos que ahora podamos y queramos achacarle, ha posibilitado más de tres décadas de paz social, estabilidad política y desarrollo económico. Tampoco hubo mayoría absoluta en las primeras Cortes formadas en 1979, tras la entrada en vigor de la Constitución, y fueron capaces de completar la transición democrática y el desarrollo esencial de la Constitución. Y todo ello en un contexto de crisis económica, terrorismo y acoso de los nostálgicos del anterior régimen.

Pese a ello los actuales partidos mayoritarios, el PSOE  y el PP, siguen insistiendo en la necesidad de lograr mayorías absolutas para dotarnos de estabilidad. Me parece obvio que su interés real es otro: perpetuarse en el poder haciendo desaparecer o reducir a la insignificancia al resto de partidos. No es más que ambición de poder y miedo al pluralismo. Y ni siquiera entraré a discutir si de verdad una mayoría absoluta proporciona más estabilidad, porque aunque fuera cierto tiene su peligrosa contrapartida.  A Felipe González se le acusaba, y no sin razón, de aplicar el rodillo. Pero el autoritarismo con que gobernó Aznar en su segunda legislatura, su desprecio absoluto no sólo a las demás fuerzas políticas sino a la voluntad de los ciudadanos, deberían ser argumento suficiente contra las mayorías absolutas.

Los dueños del poder tienen miedo al pluralismo, pero nosotros no deberíamos tenerlo. Un Congreso sin mayoría absoluta significa un Gobierno que no puede hacer y deshacer a su antojo, sino que tiene que rendir cuentas. Un Congreso sin mayoría absoluta significa leyes que no son dictadas unilateralmente por la cúpula de un solo partido, sino que deben ser escuchadas el resto de fuerzas. Un Congreso plural significa un Congreso en que no sea posible que dos hombres modifiquen la Constitución. Porque hay que decirlo, lo que hicieron Zapatero y Rajoy fue posible porque los restantes partidos no sumaban el 10% de los diputados necesarios para exigir un referendum, aunque sí fueron elegidos con más del 10% de los votos válidos, incluso sin contar con los partidos que hubieran debido tener representación y no la tienen.

Estamos convocados para votar dentro de diez días, y nos enfrentamos a una situación muy difícil y a unas perspectivas nada halagüenñas, por no decir temibles. Ante la degradación que sufre nuestra democracia hay voces que llaman a manifestar nuestro descontento mediante la abstención o el voto en blanco, pero eso no solucionará nada. Nunca se ha solucionado nada quedándonos en casa. Yo, por el contrario, llamo a votar. Y a votar sin miedo al pluralismo.

Creo, con toda sinceridad, que debemos votar a los partidos que ofrecen alternativas a las políticas fracasadas que nos están poniendo en la misma senda que Grecia. A los que todavía podemos tener la esperanza de que no sobrepongan los mercados a las personas. Sé que ninguno de ellos tiene posibilidad de gobernar, pero cada escaño que logren será un escaño que gane la democracia. Espero que consigan, al menos, los suficientes para impedir nuevos desmanes como el que tan recientemente hemos vivido.

El veinte de noviembre, sin miedo al pluralismo ¡Vota!


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jueves, 10 de noviembre de 2011

El debatillo

Comentaba ayer que probablemente no haya un solo español que no se haya enterado de la celebración de El Debate. Sospecho, en cambio, que no serán pocos los que no se enteraron de un debatillo ayer en Televisión Española. Y es que, al contrario de lo que ocurrió con El Debate, el debatillo no tuvo apenas publicidad, el resto de canales de televisión no se engancharon a la señal y la prensa de hoy apenas se hizo eco.

Además el debatillo tuvo trampa, porque tenía la misma duración y la misma estructura de bloques temáticos que El Debate, lo que significa que los otros tres participantes tuvieron que aceptar las condiciones que en realidad pactaron Rubalcaba y Rajoy. Con la notoria diferencia de que, al ser esta vez cinco participantes, se vieron limitados a veinte minutos cada uno. Incluidos PSOE y PP a pesar de que ya habían dispuesto de cincuenta minutos en el anterior.

Pese a todo este tuvo más interés. Erkoreka representando al PNV y Macías representando a CiU estuvieron bien, aunque ambos iban a lo que iban, buscando el voto de vascos y catalanes respectivamente. Nada tenían que ganar ni perder en el resto de España. Erkoreka puso el modelo industrial vasco como ejemplo, Macías se quejó de los supuestos agravios a Cataluña y ambos reclamaron más autogobierno.  Macías incluso se permitió terminar hablando en catalán, tal vez buscando robarle algún voto a ERC. Nada que no pudiéramos esperar aún antes de oírlos.

Jáuregui por el PSOE y Gallardón por el PP también estuvieron bastante previsibles. Acusaciones mutuas, competiciones a ver quién ha recortado más y Gallardón presumiendo del empleo creado durante el gobierno de Aznar e ignorando que ese mismo empleo es el que perdemos ahora porque carecía de base económica real que lo sustentase.

La nota discordante, como no podía ser menos, la puso Gaspar Llamazares en representación de Izquierda Unida. Veinte minutos no dan para mucho, pero puso al menos sobre la mesa el tema de la corrupción. Ante eso, Jáuregui lo ignoró olímpicamente, Macías y Erkoreka dijeron vaguedades y Gallardón se lució diciendo que el remedio era la transparencia en la Administración. Confundiendo churras con merinas, porque la preocupación que escandaliza a los ciudadanos es la de los políticos, los partidos y las instituciones en las que hacen y deshacen.

Sacó también Llamazares el tema de la representatividad política, la reforma electoral y los cauces de participación directa. Ante la mención de la participación directa Gallardón volvió a meter la pata preguntando: ¿Como la elección directa de los alcaldes? Con lo que demostró no tener ni idea de lo que significa participación directa.

Mencionó también el tema de la carga fiscal y su distribución, y de la fiscalidad como herramienta de política económica. Ahí estuvo fuerte, y los otros cuatro participantes se cuidaron mucho de contestarle en este punto. Su postura en este campo se puede resumir en una lapidaria frase suya: Sin solidaridad fiscal no hay solidaridad social.

En fin, después del amplio despliegue mediático de que disfrutó El Debate, al que me sumé con gozo, tenía la obligación moral de comentar también el debatillo. Que pese a sus limitaciones y al esmero en que no se difundiese demasiado, ha sido lo más parecido a un verdadero debate que veremos en esta campaña electoral.

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martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre El Debate

No sé si habrá algún español que no haya visto anoche El Debate (hay que escribirlo así, con mayúscula) entre D. Alfredo Pérez Rubalcaba y D. Mariano Rajoy. Lo debe de haber visto todo el mundo, y quien no lo haya visto a buen seguro habrá leído los resúmenes, comentarios, análisis y críticas que nos ha prodigado la prensa de hoy. No puedo menos que sumarme a tan magnífico despliegue y aportar mi propio comentario. Al menos compensaré el par de horas que me aburrí viendo El Debate con el rato que me entretenga escribiendo esta nota.

Lo primero que hay que señalar de El Debate es que es único, no hay partido de vuelta y mucho menos liga. No soy yo muy aficionado a estos símiles deportivos, pero es que esta vez me lo han puesto a huevo incluso a mí, que nunca veo los deportes. Lo han concebido y desarrollado exactamente como un partido de tenis, con sus sets y juegos, te lanzo la bola, me la devuelves si puedes. Hasta han recurrido a árbitros de baloncesto para cronometrar los tiempos.

Pero me desvío. Decía que es único, por lo que en realidad apenas hubo tiempo de lanzar dos ideas y cuatro acusaciones. Titulares para la prensa del día y poco más. El Debate en realidad no fue tal, no hubo intercambio de ideas, ni argumentos, ni crítica seria. Lo que hubo fue lo mismo que los candidatos ofrecen en sus mítines, pero empaquetado y envuelto en papel de regalo. Oferta dos por uno.

El resto de partidos no fueron invitados a la fiesta, lo que ciertamente no debería sorprender a nadie. Es la enésima vuelta de tuerca del bipartidismo. Solo cuenta lo que digan Rubalcaba y Rajoy, incluso cuando no dicen nada. Los demás, por lo visto, no tienen propuestas. Y si las tienen se las ignora, y aquí paz y después gloria. Cosa que me parecería muy bien si la pachanga se la hubiesen montado ambos partidos en un canal de televisión privado y pagado de su peculio. Pero no en un medio de comunicación público que se supone al servicio de los ciudadanos, y pagando con dinero público. Y no es pacotilla lo que dicen que ha costado.

Naturalmente en todo partido tiene que haber un ganador. Según los incondicionales del PP fue D. Mariano y según los incondicionales del PSOE, que alguno le queda, fue D. Alfredo. La costumbre en estos casos es que no haya perdedor. Claro que hubo una perdedora, la democracia, pero los espectadores no cuentan.

Y ahora que hemos hablado de las formas, hablemos del contenido. Confieso que se me pasó por la cabeza escribir esa frase, hablemos del contenido, y a continuación dejar un párrafo en blanco. Pero no, no caeré en el recurso a la broma facilona.

Es difícil hablar del contenido de El Debate porque en realidad hubo muy poco. El Sr. Rubalcaba prácticamente se limitó a interrogar al Sr. Rajoy sobre sus intenciones y sobre algunos aspectos de su programa. Y éste prácticamente se limitó a contestar con evasivas o simplemente no contestar. Sin embargo, unas pocas cuestiones me han llamado la atención.

El candidato socialista preguntó insistentemente a su rival si iba a modificar las prestaciones por desempleo, ya que lleva en su programa la transformación del actual sistema de reparto en uno de capitalización. El Sr. Rajoy evadió la pregunta contestando simplemente que no bajaría las prestaciones. Y aquí hay que decir claro que el Sr. Rubalcaba pilló al candidato popular en renuncio, ya que en un sistema de capitalización no puede garantizar en modo alguno que no se vea reducida la protección. De hecho, y aunque no es cuestión de entrar a razonarlo aquí, lo previsible es que disminuya entre los más jóvenes y los que tienen contratos más precarios. Justo los que más la necesitan.

Otro aspecto muy llamativo es que D. Mariano contestó insistentemente a las preguntas afirmando que el estado de bienestar se financia con impuestos y que por lo tanto la solución a los problemas es generar empleo.Y desde luego no le falta razón, lo que le faltó fue decir qué piensa hacer para generar empleo. Porque la única propuesta que recuerdo haberle oído en ese sentido, bajar los impuestos a las empresas, simplemente no funciona. Tampoco lo voy a razonar aquí, hablé de ello en una entrada anterior.

Siendo justos, tampoco fue mucho mejor la única propuesta en ese sentido de D. Alfredo: bonificaciones en las cuotas de los nuevos contratos. Es la misma medida que se lleva aplicando desde hace décadas sin ningún resultado.

Y ahí se acaba el contenido del debate. El resto fue poco más que un intercambio de acusaciones mutuas y un patético concurso por ver quién ha recortado más, algo en lo que ambos candidatos harían bien en ser más discretos.

Afortunadamente tenemos alternativas. Los dos contendientes de ayer no son las únicas opciones aunque hagan todo lo posible por hacerlo ver así. No sé que impresión habrán sacado otras personas de El Debate. En mi caso solo ha servido para confirmarme que necesitamos un cambio, y no precisamente el que propone D. Mariano Rajoy Brey.



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viernes, 4 de noviembre de 2011

El referendum griego

Cuando me enteré de que el primer ministro Papandreu había anunciado su intención de convocar un referendum para que el pueblo griego decidiera si aceptaba las condiciones del nuevo rescate, estuve a punto de escribir aquí unos comentarios de inmediato. Decidí posponerlo un día para informarme mejor y reflexionar un poco. Y ya no me dio tiempo. Si al principio era dudoso que el referendum llegase a celebrarse, ahora parece seguro que no lo habrá.

Las reacciones de las élites internacionales fueron prácticamente unánimes: llamar a Papandreu irresponsable y amenazar con no ayudar más a Grecia. Lo segundo si no fuera trágico no dejaría de tener su gracia, considerando que hasta ahora las condiciones de esa ayuda no han hecho más que agravar la situación del país.

Pero la supuesta irresponsabilidad de Papandreu merece un comentario. Porque el referendum, conviene dejarlo claro, no habría sido para decidir si asumen las deudas, sino si aceptan las condiciones del rescate. Claro que sin ayuda no podrán hacer frente a las deudas, pero son los líderes de los países que proporcionan esa ayuda los que amenazan con retirarla si no se aceptan las condiciones, sin dejar el menor requicio a una nueva negociación. Y eso cuando ellos mismos dicen que un impago de Grecia nos llevaría a la catástrofe. ¿Quién es el irresponsable?

Otra cuestión que merece comentario es qué estarían decidiendo en realidad los griegos si el referendum se hubiese realizado. Habrían tenido que elegir entre aceptar unas condiciones que los están llevando a la ruina o ir a la quiebra por no poder afrontar sus deudas. En otras palabras, solo habrían decidido en qué forma quieren arruinarse: la ruina bailando el son que les tocan o la ruina bailando su propia música.

Pero tal vez lo más llamativo sea la virulencia de las reacciones y el grado de catastrofismo de los vaticinios. Después de todo, la deuda griega solo es una parte muy pequeña del mercado financiero europeo y una fracción insignificante del mercado financiero mundial. Si de verdad es cierto que un impago de Grecia puede causar tales problemas a escala mundial como se anuncian, no puede haber mejor medida de lo absurdo y aberrante que ha llegado a ser el mercado financiero.

Mención aparte merece el temido "contagio" a España e Italia, habida cuenta de que la mayor parte de la deuda griega está en manos de entidades financieras francesas y alemanas, y solo una pequeñísima parte en manos españolas. Un hecho que sin duda tiene algo que ver con la postura especialmente intransigente de Nicolas Sarkozy. 

No sé porqué Papandreu decidió anunciar un referendum a estas alturas, si no lo hizo mucho antes. Ni sé si tenía verdadera intención de convocarlo o solo fue un farol destinado a mejorar su posición negociadora. Tampoco sé cuáles habrían sido las consecuencias si los griegos se hubiesen negado a aceptar las condiciones del rescate, ni creo que nadie sensato pueda decir que lo sabe. Pero sé una cosa. Sé que desde que comenzó la crisis es la primera vez que un líder europeo da un puñetazo sobre la mesa y dice: "hasta aquí hemos llegado, oigamos al pueblo".

Con razón o sin ella, fuesen cuales fuesen sus intenciones, es el primer gobernante europeo que planta cara a los especuladores y a los jugadores de ventaja. Posiblemente no sirva de nada, pero por una vez habrán sido los mercaderes de lo ajeno los que se lleven el susto. ¡Ojalá no sea el último!

domingo, 30 de octubre de 2011

Abordando el problema del desempleo

Hace lgún tiempo que quiero escribir una entrada sobre el desempleo, que en España alcanza ya unas proporciones de catástrofe. Lo he ido posponiendo porque el problema, además de complejo, es delicado. Claro que he abordado antes otros temas para los que muchos me preguntarán qué autoridad tengo. La respuesta es que para ninguno de ellos tengo más autoridad que la que otorga mi derecho a la libertad de expresión. Pero el paro es un tema especialmente sensible para mí, seguramente porque lo he padecido.

En realidad ya abordé el tema en la entrada La verdadera historia de Caín y Abel, que para mi sorpresa es la más visitada del blog. Pero esa entrada no pasa de ser una aproximación superficial a mi manera de pensar. Tampoco la de hoy será más que un planteamiento de cuestiones generales.

Tal vez convendría comenzar con una declaración de principios: que reducir el paro es un objetivo deseable en sí mismo. Esto puede parecer tan elemental que sobra mencionarlo, pero no lo es para el modelo económico neoliberal, que propugna una suerte de darwinismo social. Para este modelo la libertad de mercado prima sobre cualquier otra consideración, incluidos los seres humanos. Para sus partidarios el mercado de trabajo no se diferencia en nada de cualquier otro mercado. De ahí que cuando consideran el problema del paro lo hagan desde el enfoque de la oferta, la demanda y el precio de equilibrio, por lo que sus respuestas siempre son las mismas: desregular el mercado de trabajo, reducir salarios y facilitar el despido.

Ni que decir tiene que yo no comparto semejante enfoque. El mercado de trabajo no es como cualquier otro porque las personas no son mercancías. Cualdo hablamos del "precio" del trabajo, hablamos de la diferencia entre una vida digna y la miseria para un trabajador y su familia. No es solo una cuestión económica, y aunque evidentemente no podemos separar esta cuestión de sus implicaciones económicas, es el modelo económico el que debe servir a las personas, no al revés. Para cualquier análisis que pretendamos hacer debemos tener presente siempre y en todo momento este principio: el trabajo no es una mercancía.

Ateniéndonos a este principio es obvio que las soluciones neoliberales no sirven. Incluso los mejores modelos no son más que herramientas que nos proporcionan información útil para alcanzar nuestros objetivos. Fijar el objetivo no es cuestión de teorías, sino de principios. Su análisis no es correcto, pero aunque lo fuera y me lo demostraran seguiría rechazando tales soluciones por ser contrarias a mis principios.

Entonces, si las soluciones neoliberales no sirven, ¿cómo combatir el desempleo? Prescindiendo, por ahora, de las medidas políticas concretas y ciñéndonos a las grandes líneas, es evidente que solo hay dos vías, no necesariamente excluyentes entre sí:

  1. Crear más necesidades de trabajo aumentando la producción
  2. Distribuir el trabajo ya existente entre todos los trabajadores
Como dije al principio, no prentendo más que esbozar una aproximación a las líneas generales del problema, así que me limitaré a unos apuntes sencillos sobre estas vías.

La producción va ligada a la demanda. Las empresas no van a aumentar la producción si no hay demanda para consumir lo producido. Por eso no es correcta la afirmación de que unos impuestos bajos a las rentas del capital fomentan la inversión. Es la demanda la que fomenta la inversión y, por lo tanto, lo que hay que hacer crecer. Para eso son necesarias dos condiciones. En primer lugar es necesario que los consumidores dispongan de dinero, pero también que tengan una estabilidad económica que les permita gastarlo sin miedo al futuro.

En otras palabras, tiene que haber una situación de empleo estable generalizada, con lo que entramos en un círculo vicioso que es necesario romper por algún punto. Según la probada teoría de John Maynard Keynes,  se puede lograr mediante la inversión pública, pero en la situación a la que hemos llegado esto tiene dificultades e implicaciones que dejo para otro momento.

La segunda vía, repartir el trabajo ya exisitente, pasa por incentivar las reducciones de jornada y el trabajo a tiempo parcial en lugar de los despidos. Esto también tiene sus problemas e implicaciones, por supuesto, pero aunque los ingresos individuales de cada trabajador fueran menores, con más gente trabajando de un modo estable tendríamos mucho ganado.

Naturalmente, todo esto no es más que una aproximación muy somera a las grandes líneas del problema. A partir de aquí empezaría el verdadero análisis de cada una de esas dos vías, con todas sus derivaciones, para traducirlas en medidas concretas y viables.


 
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jueves, 27 de octubre de 2011

Libia

Unos meses antes de crear este blog empecé a publicar una serie de notas en facebook, nueve e total. Las ocho primeras entradas de Balas perdidas no son más que un volcado de esas notas. Omití una, la primera, publicada el 26 de marzo y en la que expresaba mi opinión sobre la entonces reciente intervención en Libia. En realidad, sobre la comparación que entonces se hacía con la guerra de Iraq.

No me sorprende la cantidad de opiniones que oigo y leo sobre la intervención en Libia, siendo como es un tema espinoso, grave y de consecuencias difíciles de medir. Si me sorprende lo poco meditadas que parecen algunas de esas opiniones, ya sea en un sentido o en otro. Me sorprende, sobre todo, la constante comparación con la guerra de Iraq. ¿Hemos perdido la memoria?
La invasión de Iraq fue declaradamente preventiva. Se basó en una supuesta amenaza para la paz o la seguridad de Occidente y se justificó en una igualmente supuesta vinculación con Al Qaeda que nunca se demostró y en la posesión de unas armas de destrucción masiva de cuya existencia se presentaron pruebas tan burdas que lograron el efecto contrario al buscado. No había una situación de conflicto, ni interno ni exterior, y sí había, en cambio, inspectores de Naciones Unidas sobre el terreno. Inspectores que no encontraron prueba alguna y que reiteradamente pidieron tiempo para realizar su labor, que les fue negado. No hubo acuerdo internacional ni beneplácito de la ONU. Se trató de una decisión unilateral de Mr. Bush en la que España y Gran Bretaña fueron comparsas. Una mentira.
La intervención española en aquel conflicto, conviene rercordarlo, se llevó a cabo contra la opinión del más del noventa por ciento de la población, pese a la oposición de todos los grupos parlamentarios sin excepción, y pese a las manifestaciones constantes y masivas. Solo puede explicarse por el interés del Sr. Aznar en congraciarse con los Estados Unidos y reafirmarse frente a una Union Europea que no le había respaldado en Perejil, pagando quizá de paso el favor de la mediación del General Powell. Una mentira por partida doble.
¿Es la misma la situación en Libia? Ciertamente no. El conflicto de Libia no lo comenzamos nosotros, empezó con la sublevación de una parte de la población contra el régimen de Gadafi, que degeneró en guerra civil. La actuación de Gadafi le valió, no lo olvidemos, la condena de la Liga de Estados Arabes, la Union Africana, y la Organización de la Conferencia Islámica. Le valió también la expulsión de Libia del Consejo de Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de la ONU, y la resolución 1970 del Consejo de Seguridad, que le instaba a desistir de su actitud.
La posterior resolución 1973, que autorizó la intervención, se aprobó con el voto favorable de diez de los quince miembros del Consejo de Seguridad. Entre los cinco que se abstuvieron están Rusia y China, que como miembros permanentes tienen derecho de veto. No hubo votos en contra. La intervención cuenta además con el apoyo de otras naciones que no participaron en la decisión, incluidos algunos de la Liga Arabe. Y España.
En cuanto a España, la opinión pública dista mucho de ser tan unánime como lo fue con Iraq, y esta vez la decisión fue respaldada por 337 de los 340 diputados presentes. Todos los grupos excepto IU y BNG, cuya postura me parecería muy respetable si no me hubiera parecido tan demagógica. ¿No a la guerra? ¿A cuál? ¿A la que ya existía en Libia?
¿Justifica todo esto la intervención o la manera de llevarla a cabo? No. Cualquier decisión habría sido difícil y, como dije al principio, de consecuencias dificiles de medir. ¿O hay alguien tan insensato que crea que mantenernos al margen no habría tenido consecuencias? Hay motivos para opinar en un sentido u otro, y no seré yo quien diga tener la solución. Para soluciones definitivas, consúltese al Sr. Aznar.
Creo que fue Rousseau quien dijo que el derecho a opinar nos impone el deber de informarnos. Opinemos pues, es nuestro derecho. Pero procuremos que nuestras opiniones no sean solo el eco inútil de de una consigna, es nuestro deber.

En realidad, la chispa que me llevó a escribir aquella primera nota fue un debate suscitado pocos días antes, en el que dije que si bien me había opuesto categóricamente a la invasión de Iraq porque era una mentira evidente, en el caso de Libia no lo tenía tan claro pero creía que a quien lucha por la libertad se le debe apoyar.

¿Por qué omití esa nota al comenzar el blog? En parte porque había perdido actualidad. No tenía sentido pronunciarse sobre la intervención tres meses después. Pero también y sobre todo porque si en marzo tenía muchas dudas, en junio empezaba a pensar que me había equivocado. Dos semanas después expresaba esas dudas en la entrada ¿Y Libia?.

Las dudas no me han abandonado. Lo cierto es que sigo pensando que se debe apoyar a quienes luchan por la libertad, pero cuando triunfan y comienzan a tomar represalias las cosas se ven de un modo muy diferente. Supongo que las venganzas eran de esperar, lo que no imaginaba es que nos quedaríamos de brazos cruzados sin hacer nada.

Tal vez lo que ocurre es simplemente que tengo un problema de conciencia. De mala conciencia.

martes, 25 de octubre de 2011

Imágenes de la barbarie

Lo merecía, grabado de Francisco de Goya
Decía hace unos cuantos días que las imágenes que periódicamente nos llegan de actos de barbarie son necesarias para hacernos conscientes a quienes no la hemos conocido. Pero en realidad no tengo claro que esas imágenes tengan realmente utilidad, que sirvan para hacernos más conscientes.

Para ilustrar la entrada de ayer utilicé un grabado de la serie Los desastres de la guerra, de Goya, que vuelvo a utilizar hoy. La elección de este gragado entre los muchos que componen la serie no fue, por supuesto, casual. Es la misma imagen del cadáver de Mussolini colgado por los pies, la de Ceaucescu, la misma que hemos visto muchas veces a lo largo de la historia. Dos siglos separan el grabado de Goya del vídeo de la muerte de Gadafi, y no parece que hayamos aprendido nada.

Hay, desde luego, una diferencia sustancial entre el grabado y las fotografías o vídeos contemporáneos. En el grabado no sabemos realmente quién era el muerto, un soldado francés, un afrancesado, un traidor.. poco importa. Goya no pretendía ilustrar la muerte de un hombre concreto, sino la barbarie. Pero no se limitó a plasmar una imagen, dejó también un pie: "lo merecía".

El mismo pie podría servir para innumerables imágenes. La turba que arrastra y apalea el cuerpo también es la misma que linchó a Mussolini y a Gadafi, la misma que en París vejó y humilló a tantas mujeres acusadas de colaboración horizontal. Todos "lo merecían".

Ante esto muchos distinguirán entre venganza y justicia, y quienes así piensan suelen considerar que la diferencia radica en un tribunal y un juicio. Pero yo creo que tiene que haber algo más, que una ejecución legal no es menos bárbara que un linchamiento. Será legal, será incluso justa, pero no menos bárbara.

Dostoievski dijo que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato que da a sus presos. Cuando leemos en Papillon, la novela autobiográfica de Henri Charrière, la descripción del trato que recibían los reclusos de Cayena es difícil considerar a la Francia de la época una nación civilizada.

Tal vez, sólo tal vez, la justicia no tiene que ver solo con la culpa del juzgado, sino también con la humanidad de quien juzga. No lo sé. Sé que doscientos años después de que Goya nos dejase su grabado, todavía hay quienes ven la barbarie y piensan: "lo merecía"

lunes, 24 de octubre de 2011

Arte y barbarie

Lo merecía, grabado de Francisco de Goya
Estoy releyendo estos días el libro Ante el dolor de los demás, de la escritora estadounidense Susan Sontag. No puedo decir que el libro me causase una gran impresión cuando lo leí por primera vez hace siete u ocho años, no es el tipo de libro que causa un gran impacto o del que se aprendan grandes cosas, pero es interesante y si habéis leído mi última entrada entenderéis por qué lo he rescatado de la estantería.

Trata de las imágenes que reproducen el horror o la barbarie, el sufrimiento de los otros. Se centra sobre todo en la fotografía y de modo especial en la fotografía de guerra, pero no de modo exclusivo. Habla también de la televisión y el cine y, por supuesto, del arte.

No he terminado aún esta segunda lectura, y mi memoria no es tanta que pueda recordar la totalidad del libro después de estos años, pero el tema me ronda la cabeza estos días y no he querido esperar a terminarlo para comentar aquí un par de reflexiones de la autora.

Susan Sontag hace una interesante comparación sobre la distinta consideración que tienen la pintura y otras artes con respecto a la fotografía cuando reproducen la barbarie y el sufrimiento. Y es que la reproducción del horror no nació con la fotografía, el tema es antiguo en el arte.

Una primera reflexión se refiere a la autenticidad. En arte, en pintura por ejemplo, no esperamos que sea una reproducción exacta de un acontecimiento, con todos sus pormenores. Cuando contemplamos el cuadro de Goya Los fusilamientos del tres de mayo importa poco si había realmente un hombre de camisa blanca, o cuántos soldados había en el pelotón. Lo consideraríamos falso si descubriésemos que no lo pintó Goya, pero que sea o no exacto en la reproducción de la escena no afecta a su autenticidad.

Ocurre a la inversa con la fotografía. Pensemos por ejemplo en la famosa fotografía tomada en Vietnam en la que se ve a unos niños huyendo de una aldea en llamas. No la consideraríamos falsa si descubriéramos que el fotógrafo no fue Nic Ut. De hecho, hasta hoy yo no sabía quién había sido el fotógrafo, he tenido que buscarlo. La autenticidad de una fotografía está en su contenido, que esperamos que sea un fiel y exacto reflejo de un acontecimiento. Las dudas sobre la autenticidad de la fotografía Muerte de un miliciano, de Robert Capa se deben precisamente a la sospecha de que fue preparada, y no hecha en un combate real.

Una reflexión más interesante se refiere a la cualidad estética de estas imágenes. El arte, por definición, tiene una función o cualidad estética. La historia del arte está llena de reproducciones de la barbarie de una indudable belleza plástica: escenas de batallas, ejecuciones, martirios... Cuando representan sucesos reales, y no míticos, podemos apreciar en ellas lo que tienen de documento, como en Los desastres de la guerra de Goya, pero por terrible que sea la escena representada no dejamos de apreciar la calidad estética de la obra.

Sucede algo muy distinto con la fotografía. Consideramos la fotografía un arte, y apreciamos la calidad plástica de las fotografías cuya intención declarada es artística. Pero cuando representan escenas de dolor y barbarie no sólo no apreciamos la calidad estética, sino que la rechazamos. La barbarie no puede ser bella, y una fotografía de este tipo parece menos auténtica si podemos apreciar en ella algún valor estético. Nos parece en este caso menos real, escenificada, aún cuando no fuera esa la intención del fotógrafo.

La sospecha de que Capa escenificó Muerte de un miliciano no carece de argumentos, pero seguramente nadie lo habría investigado, ni puesto en duda siquiera, si la foto no fuese de una innegable calidad artística. Admitimos sin reparos que la interpretación que el artista hace de la muerte puede ser bella, pero la muerte de un hombre real no.

viernes, 21 de octubre de 2011

Imágenes

No sé ni cómo empezar esta entrada. Habitualmente me pongo a escribir sin más, tengo la idea en la cabeza y las palabras surgen por sí solas. Hoy en cambio no surgen las palabras, tal vez por que tampoco sé muy bien lo que quiero decir. Hoy no tengo en la cabeza una idea sino algo que no puedo expresar porque no sé lo que es.

Ayer por la noche encendí el televisor para ver las noticias y me enteré de la muerte de Muammar al Gadafi. Allí estaban las imágenes. Sinceramente no quería verlas, así que cambé de canal para ver un programa de debate. Pero el tema era la muerte de Gadafi, y allí estaban las imágenes otra vez. Acabé apagando el televisor, pero ya era tarde. Tengo esas malditas imágenes metidas en la cabeza.

Quería hablaros de esas imágenes, que se acumulan sobre muchas otras que ya nunca saldrán de mi memoria. Imágenes de cuerpos esqueléticos amontonados en fosas comunes, de niños de ojos grandes e inexpresivos cubiertos de moscas, de un cuerpo calcinado exhibido como un macabro trofeo.

Y no sé como hacerlo. Odio esas imágenes. Me ponen enfermo. Me hablan de lo que somos, de lo que yo mismo soy o podría llegar a ser. Me hablan de un mundo que no quiero conocer, de una naturaleza humana cuya existencia no quiero admitir.

Me digo que son necesarias esas imágenes para que los privilegiados que no hemos conocido la barbarie sepamos que existe, para hacernos conscientes, y aún así no quiero verlas.

Hay días que quisiera no ser consciente de nada.

jueves, 20 de octubre de 2011

Riqueza y pobreza

Riqueza y pobreza son términos relativos. Ya sé que es una perogrullada, pero hoy tengo el ánimo para verdades de Pero Grullo. Nos consideramos ricos o pobres por comparación con lo que conocemos o con lo que imaginamos como posible.

Así, el noble de la edad media no tenía las comodidades que un europeo medio de hoy considera normales, como el agua corriente o la electricidad, y sin embargo lo considerarían y se consideraría rico por comparación con sus coetáneos y con lo que el conocimiento y la tecnología de la época podían hacer imaginar.

¿Existe una riqueza absoluta? Quizá, pero ni sé donde está el límite, ni sé de nadie que haya dicho jamás "ya soy absolutamente rico".  En el fondo, la única riqueza absoluta sería la de aquél que lo poseyera todo, pero una riqueza tal es sin duda imposible, pues aunque alguien la alcanzara le duraría lo que un muñeco de nieve en el desierto de Kalahari.

Lo que sí tengo claro que existe y es tristemente posible es la pobreza absoluta. La de aquellos que no tienen los medios ni tan siquiera para satisfacer sus necesidades vitales más elementales. Los millones de personas que cada día sufren y mueren de hambre son sin duda pobres absolutos.

lunes, 17 de octubre de 2011

En defensa del voto inútil


Siempre es arriesgado plantear paralelismos entre diferentes períodos históricos, especialmente cuando uno de los períodos comparados es el presente, que no podemos ver con la perspectiva que da el tiempo. Sin embargo no puedo evitar que algunos aspectos de la actual situación política de España me recuerden el período histórico que se dio en llamar el turno pacífico.

Para aquellos que no conozcan o no recuerden este período de nuestra historia, recordaré que entre el fracaso de la Primera República y la instauración de la dictadura de Primo de Rivera, se estableció en España una monarquía parlamentaria. Se implantó el sufragio universal masculino, pero las elecciones eran sistemáticamente falseadas para que se alternasen en el poder los partidos liberal y conservador. No merece la pena detallar los métodos empleados para conseguirlo: el partido de la porra, los aquelarres en los que votaban cementerios completos, etc.

Lo más sorprendente de este sistema fue el tiempo que duró, y seguramente lo más grave el efecto que produjo. En palabras del hispanista británico Hugh Thomas:
El pueblo español llegó a considerar el sistema parlamentario -imitación deliberada del inglés- como un medio para excluirle de la política [...] El "piadoso fraude" de la Constitución fue una de las razones de la difusión de las ideas revolucionarias entre la clase obrera.
Sé que el paralelismo es forzado, porque hoy no se recurre a métodos tan sucios ni tan burdos. Pero hay otros medios más sutiles y más legales que el PSOE y el PP no dudan en utilizar para obtener el mismo resultado. Algunos establecidos desde el inicio de la democracia, como el sistema de circunscripciones, el reparto de escaños por sistema d'Hondt o el límite del 3% de los votos para obtener representación parlamentaria. Otros más recientes, como la reforma del sistema electoral para limitar las candidaturas de partidos nuevos o minoritarios, o de la Ley de Régimen Local para dificultar las mociones de censura.

A esto se encaminan también prácticas como asignar y tiempo y espacio en los medios de difusión públicos a los partidos en proporción a la representación obtenida en las elecciones anteriores, al igual que la financiación con dinero público en proporción a los resultados y su anticipo en función de los resultados anteriores. También la decisión pactada de no aceptar debates televisados más que entre los dos candidatos de los partidos mayoritarios, con exclusión de los demás aunque tengan un incuestionable arraigo en la vida pública española.

Una diferencia más hay con el período del turno pacífico, y es que hoy el bipartidismo también nos lo autoimponemos los ciudadanos disfrazado de "voto útil". Llevamos muchos años arrastrando ese pernicioso concepto: todo voto que no sea para los partidos mayoritarios consideramos que no cambiará nada, y por lo tanto es inútil.

El efecto me parece obvio. Un puñado de partidos, una casta de políticos profesionales, se han asentado en el poder y lo consideran suyo. Olvidan y quieren que olvidemos que la soberanía reside en el pueblo, y no en ellos. Amparados en que los ciudadanos los han elegido hacen y deshacen a su antojo ignorando totalmente la voluntad popular. Así el expresidente Aznar embarcó a España en la guerra de Irak pese a que el 90% de los ciudadanos se manifestó en contra. "No se puede gobernar con encuestas" dijo. Así los señores Rodríguez Zapatero y Rajoy pactaron una reforma constitucional de espaldas al pueblo. "Es necesaria", dijeron.

Y eso tiene consecuencias. El descrédito de la clase política es evidente. En el "barómetro" que periódicamente publica el CIS, a la pregunta ¿Cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España? aparece una y otra vez en los primeros lugares la respuesta La clase política, los partidos políticos. Aquellos que deberían aportar las soluciones son percibidos como el problema.

Peor aún, no solo destruyen la confianza de los ciudadanos en los políticos, lo que ya es grave, sino en las propias instituciones. Al pedir a los ciudadanos que valoren de 0 a 10 su nivel de confianza en las instituciones, ni  el Gobierno, ni las Cortes, ni los Tribunales de Justicia, ni el Tribunal Constitucional, ni el Defensor del Pueblo alcanzan siquiera el "aprobado".

Tenemos que romper con este marasmo en el que nos han metido y devolver a la política lo que tiene de noble y digno. El primer artículo de nuestra Constitución dice:
España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
Pues esto último, pluralismo político, es lo que nos está haciendo mucha falta. Está en la calle, pero no en las Cortes.

Ante las próximas elecciones, el Partido Socialista dirá que la división de la izquierda favorece a la derecha, y nos llamará al "voto útil". El Partido Popular ni siquiera se molestará en hacerlo, porque sabe que ya cuenta con la práctica totalidad del voto de derechas.

Por supuesto hay muchísimas personas que votarán a estos partidos por convicción, lo que es muy respetable. También habrá muchos que les voten porque quieren que su voto sea "útil", y también esto es respetable, pero yo creo que es un error.

Creo que es necesario llevar a las Cortes el pluralismo que hay entre los ciudadanos. Que deben perder un peso que no les corresponde los partidos que nos han llevado a donde estamos: PP, PSOE, CiU y PNV. Que Izquierda Unida debe recuperar, sino los 21 diputados que alguna vez tuvo, al menos los 13 que en justicia le habrían correspondido en las pasadas elecciones. Que hay que dar voz a quienes no la tienen, a los partidos minoritarios como UPD y a los nuevos como EQUO.

Creo todas esas cosas, y por eso salgo en defensa de ese voto que nos quieren hacer creer que es inútil.

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domingo, 16 de octubre de 2011

15 de Octubre

Ya sabéis que ayer hubo una movilización por un cambio global. Y realmente fue a escala planetaria: Madrid, Nueva York, Santiago de Chile, Bruselas, Roma... Cerca de mil ciudades en más de ochenta países, millones de personas. Una muestra clara de que el mundo toma conciencia de que los problemas de hoy ya no son de una sola nación, ni de un puñado de ellas. No se circunscriben a Grecia, Portugal, Irlanda, Egipto o mi propio país, España. Los problemas específicos de cada nación pueden ser diferentes, pero a todos nos une un anhelo común: un mundo más justo y más libre.

La movilización fue a escala planetaria pero yo la viví, como no podía ser menos, a escala local. Aunque me ausenté intermitentemente varias veces, pasé buena parte del día en la plaza donde se había convocado la concentración. No puedo decir que fuéramos una multitud, dado el tamaño de la ciudad, pero sí bastantes más que en la manifestación contra la reforma constitucional que comenté anteriormente.

Hubo un aspecto que ayer me pasó desapercibido pero que me ha dado que pensar hoy, y es que no recuerdo haber visto ningún agente de policía. No sé si es que fueron discretísimos o es que realmente no había ninguno. Tampoco hizo ninguna falta porque la concentración fue absolutamente pacífica, pero me llama la atención que las autoridades no considerasen necesaria la presencia policial, habida cuenta de que una y otra vez se tilda al movimiento de "radical, antisistema y violento".

Poco más tengo que comentar, salvo un par de cosas que escuché a las personas que intervinieron. No pude escucharlos a todos porque, como digo, hube de ausentarme varias veces, pero dos frases me parecen dignas de comentario.

Intervino una chica muy joven, dijo tener dieciséis años. Habló del deterioro de la enseñanza pública que podía ver en su instituto. Hasta ahí nada nuevo, constata que los adolescentes no son tan despreocupados como se los pinta, pero eso no sorprenderá a quienes participamos en las manifestaciones estudiantiles de hace veinte años. No son ni más ni menos despreocupados de lo que fuimos nosotros. La frase que quiero recoger aquí, para que cada uno extraiga de ella lo que quiera fue "me niego a estudiar en una privada".

Intervino también un sospechoso habitual de estas movilizaciones y hombre muy elocuente. Hizo una observación que también quiero recoger: que los políticos siempre hablan de "los ciudadanos y ciudadanas", y nunca de "el pueblo", porque ciudadanos y ciudadanas denota individuos, y el pueblo, que es lo que somos, es algo colectivo y no una mera agregación de individuos.

Cuando hablamos de personas las matemáticas no siempre funcionan: el todo puede ser mucho más que la suma de las partes.


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lunes, 10 de octubre de 2011

Capablanca y Alekhine

Sentados: Lasker (izquierda) y Tarrasch
De pie: Alekhine (de uniforme), Capablanca y Marshall
Tal vez ningún torneo de ajedrez sea tan famoso ni haya sido tan estudiado como el campeonato del mundo de 1927, que jugaron José Raúl Capablanca defendiendo el título contra Alexander Alekhine como aspirante.

Capablanca era el gran favorito. En 1921 le había arrebatado el título a otra leyenda, Emmanuel Lasker, que pese a ser el campeón insistió en ser tratado como el aspirante porque, según él, Capablanca ya había ganado el título por su maestría. En los años siguientes dominó el mundo del ajedrez de tal manera que todos lo daban como ganador seguro. Alekhine, en concreto, nunca había conseguido ganarle. Incluso, cuando se acercaba el momento del torneo, grandes maestros llegaron a decir que Alekhine no ganaría ni una sola partida.

Pero el torneo lo ganó Alekhine, por un resultado de seis victorias, tres derrotas y veinticinco tablas, en el que fue uno de los campeontatos mundiales más largos de la historia del ajedrez. Desde entonces muchos se han preguntado por qué perdió Capablanca. Cada partida ha sido analizada jugada por jugada en busca de la respuesta.

Y la respuesta, creo yo, es que en aquel tablero no se enfrentaron solo dos jugadores, sino dos formas de entender el ajedrez y, en cierto modo, la vida.

Todos reconocían entonces y siguen reconociendo ahora que Capablanca era un jugador de un inmenso talento, que jugaba con una facilidad y lucidez que asombraban a sus rivales. También era un hombre alegre, simpático, mujeriego, poco disciplinado y muy seguro de sí mismo y su superioridad en el tablero. No solía preparar los torneos, y no era raro que pasase la noche antes de una partida importante jugando a las cartas.

Alekhine era su opuesto. No tenía el talento de su rival pero era un hombre ambicioso y tenía, a cambio, una gran disciplina y capacidad de trabajo. Preparó concienzudamente el torneo, estudiando minuciosamente las partidas y el estilo de juego de Capablanca.

El resultado probablemente era inevitable. No solo perdió Capablanca, sino el estilo de juego que representaba, saliendo triunfante la manera de entender el ajedrez de Alekhine, que hoy es la norma de todo jugador profesional.

Alekhine nunca le dio a Capablanca la oportunidad de recuperar el titulo e incluso evitó coincidir en los mismos torneos que él. No volvieron a enfrentarse hasta 1936, año en que Capablanca se "vengó" con una brillante victoria sobre su rival.

Capablanca, con una salud muy deteriorada, falleció de un derrame cerebral en 1942. Alekhine, con una salud igualmente destruida por tres guerras, cuatro años después.

Supongo que esta historia encierra una moraleja, y que cualquiera que la examine a la luz de la razón dirá que Alekhine es el modelo a seguir y Capablanca el ejemplo a evitar. Y sin embargo, qué le vamos a hacer, yo no puedo evitar sentir simpatía por Capablanca.

domingo, 9 de octubre de 2011

Diez mentiras

El diario que leo habitualmente publica los domingos un suplemento llamado Mercados, de temática económica. En el de hoy se incluye un artículo titulado Decálogo de falacias sobre la crisis, que firman los profesores Juan Manuel Quinzá y Fernando Agulló. De la mayoría de los puntos de este decálogo he hablado ya en las diferentes entradas de este blog. Ayer mismo, de una afirmación que se hace en la breve introducción: que los gobernantes conservadores, por razones puramente ideológicas, desean una reducción del papel de los Estados en la economía.

Las falacias del decálogo, que recojo sin la argumentación, son estas:
  1. La crisis no se podía prever.
  2. Hay que refundar el capitalismo.
  3. Hay que salvar a los bancos para que fluya el crédito.
  4. Hay que reducir el gasto público.
  5. Hay que reformar el mercado laboral.
  6. Hay que reformar el sistema de pensiones.
  7. Hay que privatizar las cajas de ahorros.
  8. Se están aplicando las únicas medidas posibles.
  9. El ataque de los mercados se evita corrigiendo el equilibrio presupuestario.
  10. Hay que dejar actuar libremente a la mano invisible del mercado.
Aclaro únicamente que el segundo punto no se incluye como falacia porque no sea necesario reformar el sistema capitalista, sino porque ni se ha hecho ni se tiene intención de hacer nada en ese sentido. Más bien al contrario.