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domingo, 1 de abril de 2012

Lume na fraga do Eume

Debía de ser o ano mil novecentos oitenta e nove. Eu agardaba o autobús nunha parada da madrileña cidade universitaria xunto a unha señora que non coñecía. Empezóu a falar conmigo e, seica notando o meu acento, preguntóu de ónde era. Ela era madrileña pero coñecía Galicia e falou do bonita que era, dos bosques e da cor verde. Logo engadiu "aunque ahora es negra". Fora un verán de moitos incendios.

Máis de vinte anos pasaron e aínda andamos nas mesmas. Non hai quen de porlle freo a un problema que ano tras ano destrúe a riqueza e a beleza da nosa terra. Hoxe arden as fragas do Eume. Teño ido alá unhas cantas veces, e cada unha delas quedéi abraiado. Non importa cántas veces o viras, sempre é novo, sempre é como a primeira vez. ¿Qué atoparéi cando volva?

Galicia queda sen ríos, queda sen fragas, e non é verdade que os pinos se queixen. Morren en silencio.



sábado, 31 de marzo de 2012

Economía y medio ambiente

A la hora de tomar decisiones y establecer prioridades conviene no confundir lo urgente con lo importante, porque si nos enfrascamos tan sólo en lo inmediato corremos el riesgo de no ocuparnos de lo más importante hasta que sea demasiado tarde. Y hay pocos problemas tan importantes como el medio ambiente: no tenemos otro lugar donde vivir, no hay recambio.

Una de las amenazas más graves para el ser humano es el cambio climático. Yo estoy muy lejos de ser un experto en la materia, pero quienes sí lo son aseguran que es un hecho y que tal vez sea ya irreversible. Por muy preocupados que estemos por otros problemas, y sin dejar de ocuparnos de ellos, éste tenemos que tenerlo siempre presente porque no puede esperar; no solo nos jugamos nuestro futuro sino el de todas las generaciones que nos seguirán.

Las grandes cumbres entre Estados no parece que den resultados significativos, y en mi humilde opinión no los darán hasta que las sociedades, los pueblos a los que deben representar no se los exijamos. Podemos y debemos exigirselo, pero para eso es preciso que seamos los primeros en predicar con el ejemplo, so pena de carecer de toda autoridad moral. Hay muchas cosas que cada uno de nosotros puede hacer: no utilizar el coche más de lo necesario, no consumir más energía de la precisa, comprar preferentemente productos que no impliquen contaminación ni deforestación, etc.

Ojo especialmente con el argumento del perjuicio que eso causaría a la economía. Primero porque la economía no significa nada cuando lo que está en juego puede ser la misma vida. La economía es un medio, no un fin, y lo económico debe supeditarse siempre a lo humano, nunca al revés. Y segundo porque ese argumento con frecuencia es falso. El cuidado del medio ambiente no tiene que perjudicar necesariamente la economía, e incluso puede ser económicamente rentable.

Recientemente he leído un artículo de Amory B. Lovins titulado Más riqueza con menos carbono y publicado en el número 350 de la revista Investigación y Ciencia, la edición española de Scientific American. En él se demuestra con rigor que la mejora de la eficiencia energética, además de contribuir eficazmente a la preservación del medio, reportaría beneficios a las empresas. Y Lovins no es en absoluto el único, otros científicos vienen advirtiendo del problema desde los años sesenta. De otro artículo publicado en el número 397 de la misma revista (yo los he leído recopilados en Temas 67, que os recomiendo) por Charles Hall y John Day, extraigo este párrafo:
Si nos proponemos resolver estas cuestiones, incluida la muy importante del cambio climático, con plena claridad, necesitamos que vuelvan a ser tema central de la educación en todos los niveles de nuestras universidades, que se discutan y se defiendan contra todos los que nieguen su importancia.
Os animo pues a informaros e informar a otros, a debatir y discutir, y a contribuir a que vuelva a ser tema central. En las universidades, como dicen Hall y Day, pero también en los medios de comunicación, en las tertulias y en la red.


lunes, 27 de junio de 2011

Relojes

Utilizo habitualmente un reloj de pulsera corriente, eléctrico. La ventaja de este tipo de relojes es que nos evitamos la pequeña molestia de darles cuerda cada día, a cambio del pequeño desembolso que supone cambiar la pila periódicamente. El caso es que la semana pasada se me estropeó. Al verlo parado supuse que se le habría agotado la pila, pero al llevarlo al relojero para cambiarla me dijo que la pila aún no estaba agotada, así que lo dejé allí para que me lo reparase. Tengo otros dos relojes, igualmente eléctricos, pero como hace años que no los uso ambos estaban, como cabía esperar, sin pila.

Así que saqué del cajón donde lo guardo el viejo reloj de mi padre. Es un reloj de cuerda de fabricación suiza, de los años cincuenta. A pesar de sus muchos años y de los que lleva en el cajón, sabía que no me fallaría. Y en efecto, funciona perfectamente. Lo llevé ese día al trabajo y a la vuelta me lo quité por miedo a que rompiera uno de los eslabones de la pulsera, que está deteriorado. Lo gracioso es que, al verme sin reloj, me han regalado otro, naturalmente eléctrico. Así que ahora tengo bastantes más relojes que muñecas donde llevarlos.

¿Por qué cuento aquí esta anécdota trivial? Porque se me ha ocurrido preguntarme cuántas pilas para reloj se fabricarán anualmente en el mundo. No tengo la suficiente curiosidad como para buscar el dato, pero tienen que ser muchos millones. Toneladas de residuos químicos que no tengo ni idea de dónde van a parar.

Y lo interesante de esta absurda anécdota es que, de los cinco relojes de que dispongo ahora, el único que nunca me falla, no me ocasiona ningún gasto, y no genera ningún residuo es el viejo, robusto y fiable reloj que solo sale del cajón para sacarme de un apuro.

A lo mejor tendríamos que preguntarnos si de verdad nos compensa ahorrarnos la pequeña molestia de darle cuerda todos los días.