domingo, 30 de octubre de 2011

Abordando el problema del desempleo

Hace lgún tiempo que quiero escribir una entrada sobre el desempleo, que en España alcanza ya unas proporciones de catástrofe. Lo he ido posponiendo porque el problema, además de complejo, es delicado. Claro que he abordado antes otros temas para los que muchos me preguntarán qué autoridad tengo. La respuesta es que para ninguno de ellos tengo más autoridad que la que otorga mi derecho a la libertad de expresión. Pero el paro es un tema especialmente sensible para mí, seguramente porque lo he padecido.

En realidad ya abordé el tema en la entrada La verdadera historia de Caín y Abel, que para mi sorpresa es la más visitada del blog. Pero esa entrada no pasa de ser una aproximación superficial a mi manera de pensar. Tampoco la de hoy será más que un planteamiento de cuestiones generales.

Tal vez convendría comenzar con una declaración de principios: que reducir el paro es un objetivo deseable en sí mismo. Esto puede parecer tan elemental que sobra mencionarlo, pero no lo es para el modelo económico neoliberal, que propugna una suerte de darwinismo social. Para este modelo la libertad de mercado prima sobre cualquier otra consideración, incluidos los seres humanos. Para sus partidarios el mercado de trabajo no se diferencia en nada de cualquier otro mercado. De ahí que cuando consideran el problema del paro lo hagan desde el enfoque de la oferta, la demanda y el precio de equilibrio, por lo que sus respuestas siempre son las mismas: desregular el mercado de trabajo, reducir salarios y facilitar el despido.

Ni que decir tiene que yo no comparto semejante enfoque. El mercado de trabajo no es como cualquier otro porque las personas no son mercancías. Cualdo hablamos del "precio" del trabajo, hablamos de la diferencia entre una vida digna y la miseria para un trabajador y su familia. No es solo una cuestión económica, y aunque evidentemente no podemos separar esta cuestión de sus implicaciones económicas, es el modelo económico el que debe servir a las personas, no al revés. Para cualquier análisis que pretendamos hacer debemos tener presente siempre y en todo momento este principio: el trabajo no es una mercancía.

Ateniéndonos a este principio es obvio que las soluciones neoliberales no sirven. Incluso los mejores modelos no son más que herramientas que nos proporcionan información útil para alcanzar nuestros objetivos. Fijar el objetivo no es cuestión de teorías, sino de principios. Su análisis no es correcto, pero aunque lo fuera y me lo demostraran seguiría rechazando tales soluciones por ser contrarias a mis principios.

Entonces, si las soluciones neoliberales no sirven, ¿cómo combatir el desempleo? Prescindiendo, por ahora, de las medidas políticas concretas y ciñéndonos a las grandes líneas, es evidente que solo hay dos vías, no necesariamente excluyentes entre sí:

  1. Crear más necesidades de trabajo aumentando la producción
  2. Distribuir el trabajo ya existente entre todos los trabajadores
Como dije al principio, no prentendo más que esbozar una aproximación a las líneas generales del problema, así que me limitaré a unos apuntes sencillos sobre estas vías.

La producción va ligada a la demanda. Las empresas no van a aumentar la producción si no hay demanda para consumir lo producido. Por eso no es correcta la afirmación de que unos impuestos bajos a las rentas del capital fomentan la inversión. Es la demanda la que fomenta la inversión y, por lo tanto, lo que hay que hacer crecer. Para eso son necesarias dos condiciones. En primer lugar es necesario que los consumidores dispongan de dinero, pero también que tengan una estabilidad económica que les permita gastarlo sin miedo al futuro.

En otras palabras, tiene que haber una situación de empleo estable generalizada, con lo que entramos en un círculo vicioso que es necesario romper por algún punto. Según la probada teoría de John Maynard Keynes,  se puede lograr mediante la inversión pública, pero en la situación a la que hemos llegado esto tiene dificultades e implicaciones que dejo para otro momento.

La segunda vía, repartir el trabajo ya exisitente, pasa por incentivar las reducciones de jornada y el trabajo a tiempo parcial en lugar de los despidos. Esto también tiene sus problemas e implicaciones, por supuesto, pero aunque los ingresos individuales de cada trabajador fueran menores, con más gente trabajando de un modo estable tendríamos mucho ganado.

Naturalmente, todo esto no es más que una aproximación muy somera a las grandes líneas del problema. A partir de aquí empezaría el verdadero análisis de cada una de esas dos vías, con todas sus derivaciones, para traducirlas en medidas concretas y viables.


 
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jueves, 27 de octubre de 2011

Libia

Unos meses antes de crear este blog empecé a publicar una serie de notas en facebook, nueve e total. Las ocho primeras entradas de Balas perdidas no son más que un volcado de esas notas. Omití una, la primera, publicada el 26 de marzo y en la que expresaba mi opinión sobre la entonces reciente intervención en Libia. En realidad, sobre la comparación que entonces se hacía con la guerra de Iraq.

No me sorprende la cantidad de opiniones que oigo y leo sobre la intervención en Libia, siendo como es un tema espinoso, grave y de consecuencias difíciles de medir. Si me sorprende lo poco meditadas que parecen algunas de esas opiniones, ya sea en un sentido o en otro. Me sorprende, sobre todo, la constante comparación con la guerra de Iraq. ¿Hemos perdido la memoria?
La invasión de Iraq fue declaradamente preventiva. Se basó en una supuesta amenaza para la paz o la seguridad de Occidente y se justificó en una igualmente supuesta vinculación con Al Qaeda que nunca se demostró y en la posesión de unas armas de destrucción masiva de cuya existencia se presentaron pruebas tan burdas que lograron el efecto contrario al buscado. No había una situación de conflicto, ni interno ni exterior, y sí había, en cambio, inspectores de Naciones Unidas sobre el terreno. Inspectores que no encontraron prueba alguna y que reiteradamente pidieron tiempo para realizar su labor, que les fue negado. No hubo acuerdo internacional ni beneplácito de la ONU. Se trató de una decisión unilateral de Mr. Bush en la que España y Gran Bretaña fueron comparsas. Una mentira.
La intervención española en aquel conflicto, conviene rercordarlo, se llevó a cabo contra la opinión del más del noventa por ciento de la población, pese a la oposición de todos los grupos parlamentarios sin excepción, y pese a las manifestaciones constantes y masivas. Solo puede explicarse por el interés del Sr. Aznar en congraciarse con los Estados Unidos y reafirmarse frente a una Union Europea que no le había respaldado en Perejil, pagando quizá de paso el favor de la mediación del General Powell. Una mentira por partida doble.
¿Es la misma la situación en Libia? Ciertamente no. El conflicto de Libia no lo comenzamos nosotros, empezó con la sublevación de una parte de la población contra el régimen de Gadafi, que degeneró en guerra civil. La actuación de Gadafi le valió, no lo olvidemos, la condena de la Liga de Estados Arabes, la Union Africana, y la Organización de la Conferencia Islámica. Le valió también la expulsión de Libia del Consejo de Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de la ONU, y la resolución 1970 del Consejo de Seguridad, que le instaba a desistir de su actitud.
La posterior resolución 1973, que autorizó la intervención, se aprobó con el voto favorable de diez de los quince miembros del Consejo de Seguridad. Entre los cinco que se abstuvieron están Rusia y China, que como miembros permanentes tienen derecho de veto. No hubo votos en contra. La intervención cuenta además con el apoyo de otras naciones que no participaron en la decisión, incluidos algunos de la Liga Arabe. Y España.
En cuanto a España, la opinión pública dista mucho de ser tan unánime como lo fue con Iraq, y esta vez la decisión fue respaldada por 337 de los 340 diputados presentes. Todos los grupos excepto IU y BNG, cuya postura me parecería muy respetable si no me hubiera parecido tan demagógica. ¿No a la guerra? ¿A cuál? ¿A la que ya existía en Libia?
¿Justifica todo esto la intervención o la manera de llevarla a cabo? No. Cualquier decisión habría sido difícil y, como dije al principio, de consecuencias dificiles de medir. ¿O hay alguien tan insensato que crea que mantenernos al margen no habría tenido consecuencias? Hay motivos para opinar en un sentido u otro, y no seré yo quien diga tener la solución. Para soluciones definitivas, consúltese al Sr. Aznar.
Creo que fue Rousseau quien dijo que el derecho a opinar nos impone el deber de informarnos. Opinemos pues, es nuestro derecho. Pero procuremos que nuestras opiniones no sean solo el eco inútil de de una consigna, es nuestro deber.

En realidad, la chispa que me llevó a escribir aquella primera nota fue un debate suscitado pocos días antes, en el que dije que si bien me había opuesto categóricamente a la invasión de Iraq porque era una mentira evidente, en el caso de Libia no lo tenía tan claro pero creía que a quien lucha por la libertad se le debe apoyar.

¿Por qué omití esa nota al comenzar el blog? En parte porque había perdido actualidad. No tenía sentido pronunciarse sobre la intervención tres meses después. Pero también y sobre todo porque si en marzo tenía muchas dudas, en junio empezaba a pensar que me había equivocado. Dos semanas después expresaba esas dudas en la entrada ¿Y Libia?.

Las dudas no me han abandonado. Lo cierto es que sigo pensando que se debe apoyar a quienes luchan por la libertad, pero cuando triunfan y comienzan a tomar represalias las cosas se ven de un modo muy diferente. Supongo que las venganzas eran de esperar, lo que no imaginaba es que nos quedaríamos de brazos cruzados sin hacer nada.

Tal vez lo que ocurre es simplemente que tengo un problema de conciencia. De mala conciencia.

martes, 25 de octubre de 2011

Imágenes de la barbarie

Lo merecía, grabado de Francisco de Goya
Decía hace unos cuantos días que las imágenes que periódicamente nos llegan de actos de barbarie son necesarias para hacernos conscientes a quienes no la hemos conocido. Pero en realidad no tengo claro que esas imágenes tengan realmente utilidad, que sirvan para hacernos más conscientes.

Para ilustrar la entrada de ayer utilicé un grabado de la serie Los desastres de la guerra, de Goya, que vuelvo a utilizar hoy. La elección de este gragado entre los muchos que componen la serie no fue, por supuesto, casual. Es la misma imagen del cadáver de Mussolini colgado por los pies, la de Ceaucescu, la misma que hemos visto muchas veces a lo largo de la historia. Dos siglos separan el grabado de Goya del vídeo de la muerte de Gadafi, y no parece que hayamos aprendido nada.

Hay, desde luego, una diferencia sustancial entre el grabado y las fotografías o vídeos contemporáneos. En el grabado no sabemos realmente quién era el muerto, un soldado francés, un afrancesado, un traidor.. poco importa. Goya no pretendía ilustrar la muerte de un hombre concreto, sino la barbarie. Pero no se limitó a plasmar una imagen, dejó también un pie: "lo merecía".

El mismo pie podría servir para innumerables imágenes. La turba que arrastra y apalea el cuerpo también es la misma que linchó a Mussolini y a Gadafi, la misma que en París vejó y humilló a tantas mujeres acusadas de colaboración horizontal. Todos "lo merecían".

Ante esto muchos distinguirán entre venganza y justicia, y quienes así piensan suelen considerar que la diferencia radica en un tribunal y un juicio. Pero yo creo que tiene que haber algo más, que una ejecución legal no es menos bárbara que un linchamiento. Será legal, será incluso justa, pero no menos bárbara.

Dostoievski dijo que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato que da a sus presos. Cuando leemos en Papillon, la novela autobiográfica de Henri Charrière, la descripción del trato que recibían los reclusos de Cayena es difícil considerar a la Francia de la época una nación civilizada.

Tal vez, sólo tal vez, la justicia no tiene que ver solo con la culpa del juzgado, sino también con la humanidad de quien juzga. No lo sé. Sé que doscientos años después de que Goya nos dejase su grabado, todavía hay quienes ven la barbarie y piensan: "lo merecía"

lunes, 24 de octubre de 2011

Arte y barbarie

Lo merecía, grabado de Francisco de Goya
Estoy releyendo estos días el libro Ante el dolor de los demás, de la escritora estadounidense Susan Sontag. No puedo decir que el libro me causase una gran impresión cuando lo leí por primera vez hace siete u ocho años, no es el tipo de libro que causa un gran impacto o del que se aprendan grandes cosas, pero es interesante y si habéis leído mi última entrada entenderéis por qué lo he rescatado de la estantería.

Trata de las imágenes que reproducen el horror o la barbarie, el sufrimiento de los otros. Se centra sobre todo en la fotografía y de modo especial en la fotografía de guerra, pero no de modo exclusivo. Habla también de la televisión y el cine y, por supuesto, del arte.

No he terminado aún esta segunda lectura, y mi memoria no es tanta que pueda recordar la totalidad del libro después de estos años, pero el tema me ronda la cabeza estos días y no he querido esperar a terminarlo para comentar aquí un par de reflexiones de la autora.

Susan Sontag hace una interesante comparación sobre la distinta consideración que tienen la pintura y otras artes con respecto a la fotografía cuando reproducen la barbarie y el sufrimiento. Y es que la reproducción del horror no nació con la fotografía, el tema es antiguo en el arte.

Una primera reflexión se refiere a la autenticidad. En arte, en pintura por ejemplo, no esperamos que sea una reproducción exacta de un acontecimiento, con todos sus pormenores. Cuando contemplamos el cuadro de Goya Los fusilamientos del tres de mayo importa poco si había realmente un hombre de camisa blanca, o cuántos soldados había en el pelotón. Lo consideraríamos falso si descubriésemos que no lo pintó Goya, pero que sea o no exacto en la reproducción de la escena no afecta a su autenticidad.

Ocurre a la inversa con la fotografía. Pensemos por ejemplo en la famosa fotografía tomada en Vietnam en la que se ve a unos niños huyendo de una aldea en llamas. No la consideraríamos falsa si descubriéramos que el fotógrafo no fue Nic Ut. De hecho, hasta hoy yo no sabía quién había sido el fotógrafo, he tenido que buscarlo. La autenticidad de una fotografía está en su contenido, que esperamos que sea un fiel y exacto reflejo de un acontecimiento. Las dudas sobre la autenticidad de la fotografía Muerte de un miliciano, de Robert Capa se deben precisamente a la sospecha de que fue preparada, y no hecha en un combate real.

Una reflexión más interesante se refiere a la cualidad estética de estas imágenes. El arte, por definición, tiene una función o cualidad estética. La historia del arte está llena de reproducciones de la barbarie de una indudable belleza plástica: escenas de batallas, ejecuciones, martirios... Cuando representan sucesos reales, y no míticos, podemos apreciar en ellas lo que tienen de documento, como en Los desastres de la guerra de Goya, pero por terrible que sea la escena representada no dejamos de apreciar la calidad estética de la obra.

Sucede algo muy distinto con la fotografía. Consideramos la fotografía un arte, y apreciamos la calidad plástica de las fotografías cuya intención declarada es artística. Pero cuando representan escenas de dolor y barbarie no sólo no apreciamos la calidad estética, sino que la rechazamos. La barbarie no puede ser bella, y una fotografía de este tipo parece menos auténtica si podemos apreciar en ella algún valor estético. Nos parece en este caso menos real, escenificada, aún cuando no fuera esa la intención del fotógrafo.

La sospecha de que Capa escenificó Muerte de un miliciano no carece de argumentos, pero seguramente nadie lo habría investigado, ni puesto en duda siquiera, si la foto no fuese de una innegable calidad artística. Admitimos sin reparos que la interpretación que el artista hace de la muerte puede ser bella, pero la muerte de un hombre real no.

viernes, 21 de octubre de 2011

Imágenes

No sé ni cómo empezar esta entrada. Habitualmente me pongo a escribir sin más, tengo la idea en la cabeza y las palabras surgen por sí solas. Hoy en cambio no surgen las palabras, tal vez por que tampoco sé muy bien lo que quiero decir. Hoy no tengo en la cabeza una idea sino algo que no puedo expresar porque no sé lo que es.

Ayer por la noche encendí el televisor para ver las noticias y me enteré de la muerte de Muammar al Gadafi. Allí estaban las imágenes. Sinceramente no quería verlas, así que cambé de canal para ver un programa de debate. Pero el tema era la muerte de Gadafi, y allí estaban las imágenes otra vez. Acabé apagando el televisor, pero ya era tarde. Tengo esas malditas imágenes metidas en la cabeza.

Quería hablaros de esas imágenes, que se acumulan sobre muchas otras que ya nunca saldrán de mi memoria. Imágenes de cuerpos esqueléticos amontonados en fosas comunes, de niños de ojos grandes e inexpresivos cubiertos de moscas, de un cuerpo calcinado exhibido como un macabro trofeo.

Y no sé como hacerlo. Odio esas imágenes. Me ponen enfermo. Me hablan de lo que somos, de lo que yo mismo soy o podría llegar a ser. Me hablan de un mundo que no quiero conocer, de una naturaleza humana cuya existencia no quiero admitir.

Me digo que son necesarias esas imágenes para que los privilegiados que no hemos conocido la barbarie sepamos que existe, para hacernos conscientes, y aún así no quiero verlas.

Hay días que quisiera no ser consciente de nada.

jueves, 20 de octubre de 2011

Riqueza y pobreza

Riqueza y pobreza son términos relativos. Ya sé que es una perogrullada, pero hoy tengo el ánimo para verdades de Pero Grullo. Nos consideramos ricos o pobres por comparación con lo que conocemos o con lo que imaginamos como posible.

Así, el noble de la edad media no tenía las comodidades que un europeo medio de hoy considera normales, como el agua corriente o la electricidad, y sin embargo lo considerarían y se consideraría rico por comparación con sus coetáneos y con lo que el conocimiento y la tecnología de la época podían hacer imaginar.

¿Existe una riqueza absoluta? Quizá, pero ni sé donde está el límite, ni sé de nadie que haya dicho jamás "ya soy absolutamente rico".  En el fondo, la única riqueza absoluta sería la de aquél que lo poseyera todo, pero una riqueza tal es sin duda imposible, pues aunque alguien la alcanzara le duraría lo que un muñeco de nieve en el desierto de Kalahari.

Lo que sí tengo claro que existe y es tristemente posible es la pobreza absoluta. La de aquellos que no tienen los medios ni tan siquiera para satisfacer sus necesidades vitales más elementales. Los millones de personas que cada día sufren y mueren de hambre son sin duda pobres absolutos.

lunes, 17 de octubre de 2011

En defensa del voto inútil


Siempre es arriesgado plantear paralelismos entre diferentes períodos históricos, especialmente cuando uno de los períodos comparados es el presente, que no podemos ver con la perspectiva que da el tiempo. Sin embargo no puedo evitar que algunos aspectos de la actual situación política de España me recuerden el período histórico que se dio en llamar el turno pacífico.

Para aquellos que no conozcan o no recuerden este período de nuestra historia, recordaré que entre el fracaso de la Primera República y la instauración de la dictadura de Primo de Rivera, se estableció en España una monarquía parlamentaria. Se implantó el sufragio universal masculino, pero las elecciones eran sistemáticamente falseadas para que se alternasen en el poder los partidos liberal y conservador. No merece la pena detallar los métodos empleados para conseguirlo: el partido de la porra, los aquelarres en los que votaban cementerios completos, etc.

Lo más sorprendente de este sistema fue el tiempo que duró, y seguramente lo más grave el efecto que produjo. En palabras del hispanista británico Hugh Thomas:
El pueblo español llegó a considerar el sistema parlamentario -imitación deliberada del inglés- como un medio para excluirle de la política [...] El "piadoso fraude" de la Constitución fue una de las razones de la difusión de las ideas revolucionarias entre la clase obrera.
Sé que el paralelismo es forzado, porque hoy no se recurre a métodos tan sucios ni tan burdos. Pero hay otros medios más sutiles y más legales que el PSOE y el PP no dudan en utilizar para obtener el mismo resultado. Algunos establecidos desde el inicio de la democracia, como el sistema de circunscripciones, el reparto de escaños por sistema d'Hondt o el límite del 3% de los votos para obtener representación parlamentaria. Otros más recientes, como la reforma del sistema electoral para limitar las candidaturas de partidos nuevos o minoritarios, o de la Ley de Régimen Local para dificultar las mociones de censura.

A esto se encaminan también prácticas como asignar y tiempo y espacio en los medios de difusión públicos a los partidos en proporción a la representación obtenida en las elecciones anteriores, al igual que la financiación con dinero público en proporción a los resultados y su anticipo en función de los resultados anteriores. También la decisión pactada de no aceptar debates televisados más que entre los dos candidatos de los partidos mayoritarios, con exclusión de los demás aunque tengan un incuestionable arraigo en la vida pública española.

Una diferencia más hay con el período del turno pacífico, y es que hoy el bipartidismo también nos lo autoimponemos los ciudadanos disfrazado de "voto útil". Llevamos muchos años arrastrando ese pernicioso concepto: todo voto que no sea para los partidos mayoritarios consideramos que no cambiará nada, y por lo tanto es inútil.

El efecto me parece obvio. Un puñado de partidos, una casta de políticos profesionales, se han asentado en el poder y lo consideran suyo. Olvidan y quieren que olvidemos que la soberanía reside en el pueblo, y no en ellos. Amparados en que los ciudadanos los han elegido hacen y deshacen a su antojo ignorando totalmente la voluntad popular. Así el expresidente Aznar embarcó a España en la guerra de Irak pese a que el 90% de los ciudadanos se manifestó en contra. "No se puede gobernar con encuestas" dijo. Así los señores Rodríguez Zapatero y Rajoy pactaron una reforma constitucional de espaldas al pueblo. "Es necesaria", dijeron.

Y eso tiene consecuencias. El descrédito de la clase política es evidente. En el "barómetro" que periódicamente publica el CIS, a la pregunta ¿Cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España? aparece una y otra vez en los primeros lugares la respuesta La clase política, los partidos políticos. Aquellos que deberían aportar las soluciones son percibidos como el problema.

Peor aún, no solo destruyen la confianza de los ciudadanos en los políticos, lo que ya es grave, sino en las propias instituciones. Al pedir a los ciudadanos que valoren de 0 a 10 su nivel de confianza en las instituciones, ni  el Gobierno, ni las Cortes, ni los Tribunales de Justicia, ni el Tribunal Constitucional, ni el Defensor del Pueblo alcanzan siquiera el "aprobado".

Tenemos que romper con este marasmo en el que nos han metido y devolver a la política lo que tiene de noble y digno. El primer artículo de nuestra Constitución dice:
España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
Pues esto último, pluralismo político, es lo que nos está haciendo mucha falta. Está en la calle, pero no en las Cortes.

Ante las próximas elecciones, el Partido Socialista dirá que la división de la izquierda favorece a la derecha, y nos llamará al "voto útil". El Partido Popular ni siquiera se molestará en hacerlo, porque sabe que ya cuenta con la práctica totalidad del voto de derechas.

Por supuesto hay muchísimas personas que votarán a estos partidos por convicción, lo que es muy respetable. También habrá muchos que les voten porque quieren que su voto sea "útil", y también esto es respetable, pero yo creo que es un error.

Creo que es necesario llevar a las Cortes el pluralismo que hay entre los ciudadanos. Que deben perder un peso que no les corresponde los partidos que nos han llevado a donde estamos: PP, PSOE, CiU y PNV. Que Izquierda Unida debe recuperar, sino los 21 diputados que alguna vez tuvo, al menos los 13 que en justicia le habrían correspondido en las pasadas elecciones. Que hay que dar voz a quienes no la tienen, a los partidos minoritarios como UPD y a los nuevos como EQUO.

Creo todas esas cosas, y por eso salgo en defensa de ese voto que nos quieren hacer creer que es inútil.

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domingo, 16 de octubre de 2011

15 de Octubre

Ya sabéis que ayer hubo una movilización por un cambio global. Y realmente fue a escala planetaria: Madrid, Nueva York, Santiago de Chile, Bruselas, Roma... Cerca de mil ciudades en más de ochenta países, millones de personas. Una muestra clara de que el mundo toma conciencia de que los problemas de hoy ya no son de una sola nación, ni de un puñado de ellas. No se circunscriben a Grecia, Portugal, Irlanda, Egipto o mi propio país, España. Los problemas específicos de cada nación pueden ser diferentes, pero a todos nos une un anhelo común: un mundo más justo y más libre.

La movilización fue a escala planetaria pero yo la viví, como no podía ser menos, a escala local. Aunque me ausenté intermitentemente varias veces, pasé buena parte del día en la plaza donde se había convocado la concentración. No puedo decir que fuéramos una multitud, dado el tamaño de la ciudad, pero sí bastantes más que en la manifestación contra la reforma constitucional que comenté anteriormente.

Hubo un aspecto que ayer me pasó desapercibido pero que me ha dado que pensar hoy, y es que no recuerdo haber visto ningún agente de policía. No sé si es que fueron discretísimos o es que realmente no había ninguno. Tampoco hizo ninguna falta porque la concentración fue absolutamente pacífica, pero me llama la atención que las autoridades no considerasen necesaria la presencia policial, habida cuenta de que una y otra vez se tilda al movimiento de "radical, antisistema y violento".

Poco más tengo que comentar, salvo un par de cosas que escuché a las personas que intervinieron. No pude escucharlos a todos porque, como digo, hube de ausentarme varias veces, pero dos frases me parecen dignas de comentario.

Intervino una chica muy joven, dijo tener dieciséis años. Habló del deterioro de la enseñanza pública que podía ver en su instituto. Hasta ahí nada nuevo, constata que los adolescentes no son tan despreocupados como se los pinta, pero eso no sorprenderá a quienes participamos en las manifestaciones estudiantiles de hace veinte años. No son ni más ni menos despreocupados de lo que fuimos nosotros. La frase que quiero recoger aquí, para que cada uno extraiga de ella lo que quiera fue "me niego a estudiar en una privada".

Intervino también un sospechoso habitual de estas movilizaciones y hombre muy elocuente. Hizo una observación que también quiero recoger: que los políticos siempre hablan de "los ciudadanos y ciudadanas", y nunca de "el pueblo", porque ciudadanos y ciudadanas denota individuos, y el pueblo, que es lo que somos, es algo colectivo y no una mera agregación de individuos.

Cuando hablamos de personas las matemáticas no siempre funcionan: el todo puede ser mucho más que la suma de las partes.


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lunes, 10 de octubre de 2011

Capablanca y Alekhine

Sentados: Lasker (izquierda) y Tarrasch
De pie: Alekhine (de uniforme), Capablanca y Marshall
Tal vez ningún torneo de ajedrez sea tan famoso ni haya sido tan estudiado como el campeonato del mundo de 1927, que jugaron José Raúl Capablanca defendiendo el título contra Alexander Alekhine como aspirante.

Capablanca era el gran favorito. En 1921 le había arrebatado el título a otra leyenda, Emmanuel Lasker, que pese a ser el campeón insistió en ser tratado como el aspirante porque, según él, Capablanca ya había ganado el título por su maestría. En los años siguientes dominó el mundo del ajedrez de tal manera que todos lo daban como ganador seguro. Alekhine, en concreto, nunca había conseguido ganarle. Incluso, cuando se acercaba el momento del torneo, grandes maestros llegaron a decir que Alekhine no ganaría ni una sola partida.

Pero el torneo lo ganó Alekhine, por un resultado de seis victorias, tres derrotas y veinticinco tablas, en el que fue uno de los campeontatos mundiales más largos de la historia del ajedrez. Desde entonces muchos se han preguntado por qué perdió Capablanca. Cada partida ha sido analizada jugada por jugada en busca de la respuesta.

Y la respuesta, creo yo, es que en aquel tablero no se enfrentaron solo dos jugadores, sino dos formas de entender el ajedrez y, en cierto modo, la vida.

Todos reconocían entonces y siguen reconociendo ahora que Capablanca era un jugador de un inmenso talento, que jugaba con una facilidad y lucidez que asombraban a sus rivales. También era un hombre alegre, simpático, mujeriego, poco disciplinado y muy seguro de sí mismo y su superioridad en el tablero. No solía preparar los torneos, y no era raro que pasase la noche antes de una partida importante jugando a las cartas.

Alekhine era su opuesto. No tenía el talento de su rival pero era un hombre ambicioso y tenía, a cambio, una gran disciplina y capacidad de trabajo. Preparó concienzudamente el torneo, estudiando minuciosamente las partidas y el estilo de juego de Capablanca.

El resultado probablemente era inevitable. No solo perdió Capablanca, sino el estilo de juego que representaba, saliendo triunfante la manera de entender el ajedrez de Alekhine, que hoy es la norma de todo jugador profesional.

Alekhine nunca le dio a Capablanca la oportunidad de recuperar el titulo e incluso evitó coincidir en los mismos torneos que él. No volvieron a enfrentarse hasta 1936, año en que Capablanca se "vengó" con una brillante victoria sobre su rival.

Capablanca, con una salud muy deteriorada, falleció de un derrame cerebral en 1942. Alekhine, con una salud igualmente destruida por tres guerras, cuatro años después.

Supongo que esta historia encierra una moraleja, y que cualquiera que la examine a la luz de la razón dirá que Alekhine es el modelo a seguir y Capablanca el ejemplo a evitar. Y sin embargo, qué le vamos a hacer, yo no puedo evitar sentir simpatía por Capablanca.

domingo, 9 de octubre de 2011

Diez mentiras

El diario que leo habitualmente publica los domingos un suplemento llamado Mercados, de temática económica. En el de hoy se incluye un artículo titulado Decálogo de falacias sobre la crisis, que firman los profesores Juan Manuel Quinzá y Fernando Agulló. De la mayoría de los puntos de este decálogo he hablado ya en las diferentes entradas de este blog. Ayer mismo, de una afirmación que se hace en la breve introducción: que los gobernantes conservadores, por razones puramente ideológicas, desean una reducción del papel de los Estados en la economía.

Las falacias del decálogo, que recojo sin la argumentación, son estas:
  1. La crisis no se podía prever.
  2. Hay que refundar el capitalismo.
  3. Hay que salvar a los bancos para que fluya el crédito.
  4. Hay que reducir el gasto público.
  5. Hay que reformar el mercado laboral.
  6. Hay que reformar el sistema de pensiones.
  7. Hay que privatizar las cajas de ahorros.
  8. Se están aplicando las únicas medidas posibles.
  9. El ataque de los mercados se evita corrigiendo el equilibrio presupuestario.
  10. Hay que dejar actuar libremente a la mano invisible del mercado.
Aclaro únicamente que el segundo punto no se incluye como falacia porque no sea necesario reformar el sistema capitalista, sino porque ni se ha hecho ni se tiene intención de hacer nada en ese sentido. Más bien al contrario.

La cotrarreforma

Como es sabido, el neoliberalismo es partidario del Estado mínimo. Según su teoría,  el mercado en libre competencia produce espontáneamente todo lo que se neceista y sólo lo que se necesita, y lo distribuye eficientemente. Por lo tanto, toda intervención del Estado es contraproducente. En palabras del economista Alain Minc el capitalismo es el estado natural de la sociedad. La democracia no es el estado natural de la sociedad. El mercado sí.

Si aceptásemos esa teoría y la llevásemos a sus últimas consecuencias, la conclusión sería que lo ideal no es un Estado mínimo, sino la ausencia total de Estado. Por eso se dice a veces que el neoliberalismo es anarcocapitalista. Pero esto no es correcto, no propugnan la desaparición del Estado sino reducirlo a un Estado mínimo.

¿Qué significa realmente esa expresión? Significa un Estado que se limite a garantizar la propiedad y el orden público. Y es que, por más que digan que el mercado es eficiente y el estado natural de la sociedad, saben que el liberalismo sin cortapisas produce enormes desigualdades e injusticias. El mercado es amoral. Así que se necesita un poder que garantice que los ricos y los poderosos no se verán perturbados ni amenazados en sus personas ni en sus bienes: el Estado mínimo.

Examinemos un poco las medidas que actualmente se nos quiere hacer creer que son necesarias y sin alternativa, y veremos que todas van en el mismo sentido. Reducción del déficit público, que siempre se traduce en reducir el gasto y nunca en mejorar los ingresos, y por lo tanto en reducción de los servicios públicos. Bajar los impuestos, normalmente a las rentas de capital y no a las de trabajo y por más que esto sea contradictorio con la reducción del déficit, lo que significa más recortes en servicios públicos, menos redistribución de la riqueza y más desigualdad.

Y naturalmente la reforma laboral, siempre en idéntico sentido desde hace décadas: lo que llaman flexibilidad. Moderación salarial (el mismo Minc propuso sin despeinarse que los salarios se congelasen durante cinco años), facilitar y abaratar el despido, reducir las cotizaciones sociales, debilitar la negociación colectiva, etc. Se han llevado a cabo varias reformas en ese sentido y ninguna ha producido los resultados prometidos.

Todas han fracasado, lo que no es obstáculo para que se sigan exigiendo nuevas reformas. Igual que han fracasado las políticas de liberalización y privatizaciones del FMI. Todos los países en que se han aplicado, sin excepción, han acabado más pobres que antes, lo que no impide que insistan en ellas pese a la evidencia y la magnitud de su fracaso.

Todo esto tiene un fin que va  más allá de la crisis actual aunque quieran hacernos creer que superarla es el objetivo. No lo es. El objetivo no es otro que volver a su modelo del Estado mínimo, también en esto a pesar de la evidencia de ya se experimentó con nefastas consecuencias.

Los políticos estarán en lo sucesivo bajo el control de los mercados financieros, afirmaba en 1997 el presidente del Bundesbank, Hans Tietmeyer. Le faltó añadir como en el pasado estuvieron bajo el control de los grandes trusts. Lo peor es que esa temible profecía parece que tiene todos los visos de hacerse realidad.

Evitarlo depende de todos los que no creemos que el mercado está por encima de la moral y la justicia. El que calla otorga, dicen. Por eso, y por lo que está en juego, no podemos callar.

lunes, 3 de octubre de 2011

4,6 billones de euros

4.600.000.000.000 € Esa es la cantidad que, según he leído en la prensa de ayer, han destinado los estados europeos al rescate de la banca. Ante cifras de esas dimensiones suele ser buena idea referirlas a otras más intuitivas para hacernos una idea cabal de lo que representa. Por ejemplo, el mismo artículo señalaba que eso es el 37% del PIB total de la Unión Europea, o cuatro veces el PIB español. Expresandolo de otro modo, significa que los bancos se han quedado todo lo que se ha producido en la Unión durante cuatro meses.

En comparación, el total de los rescates de Grecia, que todavía no se han ejecutado por completo, es de 220.000 millones de euros. Bancos: 20, Grecia:1, señalaba el titular. Dicho de otro modo, con lo que se ha destinado a salvar a la banca se podrían salvar 21 Grecias.

Otra manera de verlo es que esa cifra representa aproximadamente 9.000 euros por cada ciudadano europeo. Es decir, que una familia media de cuatro miembros le habrá entregado a los bancos 36.000 euros. Porque no hay que olvidar que quienes aportamos ese dinero somos nosotros, los ciudadanos que pagamos impuestos.

Hagamos otra comparación, que creo muy interesante. La prestación por desempleo en España, que algunos consideran demasido generosa y dicen que desincentiva la búsqueda de empleo, tiene un tope máximo de 1087 euros brutos. Si redondeamos a 1.000 estaremos tirando muy por lo alto, ya que no todos los parados cobran el máximo ni mucho menos.

Ahora bien, según Eurostat, en toda la Unión Europea hay 23 millones de parados. Con la cifra que se destina a los bancos se les podría pagar a todos ellos esos 1.000 euros durante 16 años.

Y aún nos dicen que hay que ser austeros, que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.  A lo mejor es que se me escapa algo, pero diría que nuestras posibilidades serían mucho mayores si no nos hubiesen quitado de los bolsillos 9.000 euros a cada uno.

Todos estamos obligados, por supuesto, a asumir nuestras responsabilidades y pagar nuestras deudas. Todos menos los banqueros. Ellos no tienen que asumir responsabilidades ni pagar sus deudas, ya se las pagamos nosotros.