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sábado, 29 de junio de 2013

No son las matemáticas, estúpido

Es la economía, estúpido. James Carville
Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad no son ciertas; y en cuanto que son ciertas, no tienen nada que ver con la realidad. Albert Einstein.
En los inicios de este blog escribí dos o tres veces sobre la importancia de tener cierta cultura científica, y en particular cierta cultura matemática para entender el mundo en el que vivimos. Vuelvo sobre el tema a raíz de cierto curioso argumento que he escuchado varias veces como defensa de los recortes.

No sé si lo habré mencionado alguna vez, pero me gusta ver los debates de la televisión. Normalmente veo los del Canal 24h o los de VTelevisión, también a veces los de La Sexta, y más raramente los de 13TV e Intereconomia. Creo, aunque no me atrevería a jurarlo, que fue en Al rojo vivo y en El gato al agua donde oí a un tertuliano afirmar que los recortes son inevitables y pretender justificarlo con las palabras textuales "son matemáticas". Con toda seguridad se lo oí decir a Alfonso Rojo, aunque no solamente a él.

Me temo que con esta afirmación estas personas solo consiguen demostrar una cosa: su escasa comprensión de las matemáticas. Expresar algo, lo que sea, en términos matemáticos no basta para convertirlo en una ley inexorable. Incluso cuando hablamos de leyes físicas encontramos la manera de utilizarlas en nuestro beneficio. Pero vamos por partes.

Hace casi exactamente dos años ponía un ejemplo tomado del matemático John Allen Paulos referido a recetas de cocina. Ya sabéis, esas en las que se utilizan medidas tan exactas como un tomate pequeño, medio vaso de vino o una cucharada de aceite y al final se dice que la ración contiene 761 calorías. Es obviamente ridículo partir de datos inexactos y estimativos y pretender que el resultado sea exacto. Pues bien, resulta que unos señores muy serios han llegado a la conclusión matemáticamente inexorable de que hay que recortar las pensiones porque estiman que en 2050 habrá no sé cuantos cotizantes, viviremos no sé cuantos años, etc. No digo que sus estimaciones no sean fundadas, pero no dejan de ser eso, estimaciones tan exactas como el número de calorías que hay en un tomate pequeño.

Pero no es ese, a pesar de todo, su principal error. Eso es pecata minuta. Su gran error radica en no entender que las matemáticas no nos dicen ni pueden decirnos lo que debemos hacer. Las decisiones las toman las personas, no las ecuaciones. Las matemáticas no son más que una herramienta que nos ayuda a decidir lo que hemos de hacer después de que hayamos determinado lo que queremos conseguir. Si se me permite un símil tonto, es como un mecánico que aprieta más y más una tuerca y dice que no se puede aflojar por culpa de la llave. No es la llave, idiota, es que tienes que girar hacia el otro lado. 

Vamos a verlo con un ejemplo sencillo pero característico del uso de las matemáticas en la toma de decisiones. Lo extraigo de unos viejos apuntes universitarios.

Un fabricante se enfrenta a tres escenarios posibles para el próximo año: estima que hay un 10% de probabilidad de que la demanda de su producto disminuya, un 30% de que se mantenga, y un 60% de que disminuya. Debe decidir si le conviene mantener el mismo nivel de producción, aumentarlo un 5% o aumentarlo un 5%. Sus conocimientos y su experiencia le permiten estima cuál será el resultado en función de la decisión que tome y el escenario que se produzca. Se resume en el cuadro siguiente.

Las cifras de la columna de la derecha son la "esperanza matemática" para cada posible decisión. Se obtienen multiplicando cada resultado por su probabilidad y sumando los productos de cada fila. Vemos que la mayor expectativa está en la tercera decisión, pero también es la más arriesgada ya que en dos de los tres escenarios se producirían pérdidas, severas en el peor de los casos. Por el contrario, la primera decisión es segura, con beneficio en los tres escenarios, pero con expectativas bajas.

Lo primero que habría que observar es que se trata de un modelo probabilístico, las esperanzas matemáticas adquieren su sentido cuando se aplican a series de decisiones homogéneas, y no a una única decisión aislada.

Lo siguiente sería considerar si la empresa puede asumir la pérdida que se produciría en el peor de los casos posibles. Por muy alta que sea la expectativa de la tercera decisión y por baja que sea la probabilidad del primer escenario, quizá no estemos dispuestos a correr el riesgo de acabar en quiebra.

Por otra parte, aunque la primera decisión es segura y no producirá pérdidas en ningún escenario, los beneficios son pequeños y tal vez nos interese correr un riesgo moderado para obtener mayores beneficios.

Entonces, ¿qué decisión nos dicen las matemáticas que debemos tomar? No nos lo dicen. Solo nos proporcionan información para que nosotros tomemos la decisión considerando qué riesgos podemos asumir y qué queremos conseguir: beneficio a toda costa, estabilidad y continuidad en el negocio, o un equilibrio intermedio.

Yo me voy a permitir el riesgo de hacerme pesado con un último ejemplo. Tal vez recordéis un ejercicio que nos planteaban en el colegio. Dada una determinada superficie de cartón, debíamos hallar las dimensiones de la caja que hiciese el volumen máximo, o bien al contrario, dado un determinado volumen obtener las dimensiones de la caja que minimizasen la superficie de cartón necesaria.

Pues bien, volviendo al problema de los recortes y aunque el ejemplo pueda parecer absurdo, nos lo podemos plantear de dos maneras, como la caja de cartón. Podemos partir del  "volumen" de Estado social que queremos y minimizar los gastos que lo hagan posible (y maximizar los ingresos, cosa que nunca se menciona), o bien podemos partir de un determinado volumen de gasto y maximizar el Estado social que permitan. En la realidad sospecho que el enfoque que se le está dando es aún más sencillo: minimizar el Estado social a toda costa. Pero esa es otra historia.

En todo caso, no son las matemáticas.

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿Para qué sirve una huelga?

Hoy, mientras fumaba un cigarrillo con unos compañeros, alguien preguntó si finalmente habría huelga el próximo miércoles. Me sorprendió bastante que a estas alturas haya quien todavía no sepa que la huelga está convocada, pero supongo que es normal que no todo el mundo comparta mis preocupaciones. La cuestión es que, una vez le confirmamos que la habría, nos preguntó si nosotros la secundaríamos. Eramos cuatro, incluida la compañera que hizo la pregunta.

Naturalmente yo contesté que sí. Un compañero, que secundó la anterior, contestó que aún no lo había decidido. El tercero dijo, y creo que estas fueron sus palabras textuales, que las huelgas no servían para nada. Le dije que sí, que todos los derechos de los trabajadores se consguieron con huelgas y manifestaciones, y que sin ellas no se habría logrado nada. Sospecho que no convencí a nadie, y que hay mucha gente que piensa como mi compañero. De hecho, no es la primera vez que oigo a alguien expresarse en los mismos o parecidos términos.

Lo cierto es que se equivocan, y solo hay que repasar los libros de historia para saber que es así. Con huelgas y manifestaciones se consiguió la limitación de jornadas. Con huelgas y manifestaciones se consiguió que se introdujeran medidas de seguridad e higiene en el trabajo. Con huelgas y manifestaciones se consiguió el derecho de sindicación. Con huelgas y manifestaciones se consiguieron todos y cada uno de los progresos sociales que hoy disfrutamos. No son concesiones graciosas de los poderosos, hubieron de ser conquistados por los trabajadores, a veces dejando en ello la vida.

Las huelgas y las manifestaciones no solo sirven, son el principal medio de reivindicación con que cuenta el trabajador. Si quienes nos precedieron hubieran renunciado a él, ¿dónde estaríamos? Jornadas interminables, niños trabajando en las fábricas, mujeres cobrando la mitad que los hombres por el mismo trabajo, muertos por enfermedades y accidentes evitables, ancianos, viudas y huérfanos condenados a la mendicidad, salarios de hambre, barrios enteros de barracones...

Ahora lo conseguido está en peligro. Mientras la riqueza se concentra en unas pocas manos, mientras la mayoría se empobrece cada vez más, mientras los grandes empresarios y los ricos evaden impuestos y se decretan amnistías fiscales, se recortan los derechos de los más débiles so pretexto de que no hay alternativa. Se recortan las prestaciones por desempleo mientras se bonifican las cuotas empresariales a la Seguridad Social, se incrementa el IVA mientras las SICAV tributan al 1% y se perdona a los grandes defraudadores, se recorta la sanidad pública mientras se subvenciona la privada, se introduce el repago farmacéutico, se recorta la educación pública sin dejar de subvencionar la privada, se recorta en investigación, se crean modalidades de contrato con despido libre y sin ninguna protección, se elimina todo control de los EREs para que los empresarios puedan despedir a su antojo, se recortan las indemnizaciones por despido, se despide a empleados públicos, se reforman las leyes para aplicar EREs en las Administraciones con el pretexto de reducciones de presupuesto que ellos mismos han decretado, se reforman leyes para que un tal Sheldon Adelson no pague los impuestos que los trabajadores sí han de pagar, se reducen las becas, el número de profesores, se cierran hospitales, se congelan pensiones...

No sigo porque podría pasarme el resto de la noche escribiendo. Añadid vosotros lo que queráis, seguro que se os ocurren unas cuantas cosas que me dejo en el tintero. Todo con el pretexto de una supuestamente necesaria austeridad que no es tal, que no es más que un monumental expolio, un continuo exprimir a los trabajadores cual limones para enriquecer a los ya ricos. Una gigantesca estafa.

Para evitarlo es para lo que sirve una huelga. Para eso servirá la del próximo miércoles. Seguro que no vamos a ver resultados inmediatos el jueves, como no los hemos visto aún de las huelgas pasadas. Pero servirá. Servirá como han servido antes. Servirá como han servido las protestas ciudadanas y manifestaciones para obligar al Gobierno para cambiar la ley que permite la vergüenza de los desahucios.

Servirá, no tengo duda, y por eso el dia 14 yo secundaré la huelga y acudiré a la manifestación.

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10 de marzo

martes, 23 de octubre de 2012

El declive del PSOE

No es ninguna gran revelación decir que el PSOE está atravesando una crisis muy profunda, que se refleja en la sangría de votos que vienen sufriendo desde las elecciones municipales de mayo del año pasado. Sin embargo la pérdida de votos no es en absoluto su problema, es solo el síntoma. Los votos se pierden porque el partido ya no despierta la ilusión ni la confianza de sus antiguos votantes, y tiene que haber unas causas, que son internas. Quiero decir que no se trata de que hayan surgido otras fuerzas que despierten mayor ilusión. Aunque parte de los votos perdidos hayan ido a parar a otras formaciones, ni son nuevas ni ofrecen nada realmente novedoso. Luego los motivos no son externos, están en el propio PSOE.

Las explicaciones usuales, los escandalosos casos de corrupción, el giro en la política del expresidente Rodríguez Zapatero o el escaso carisma del señor Pérez Rubalcaba, con ser ciertas no me parecen suficientes. Todo eso no dejan de ser cuestiones accidentales que el PSOE podría superar con relativa facilidad si sus dirigentes realmente lo quisieran. El problema es que ha perdido a su electorado "natural" porque ha dejado de ser percibido como socialista y obrero. En mi humilde opinión, con motivo.

Consideremos la política seguida durante las dos legislaturas en que gobernó el señor Rodríguez Zapatero. No voy a negar, porque no es esa mi intención, lo positivo de algunas de las medidas que se aprobaron, tales como la revalorización de las pensiones o la ley de dependencia. Otras fueron de un acusado populismo electoralista, como la devolución de 400€ de IRPF. Lo importante es que, más o menos acertadas, fueron medidas que no atacaron ni por asomo los verdaderos problemas y, sobre todo, que no respondían a una filosofía socialista. Se hicieron cargo de un Estado social débil y renunciaron por completo a desarrollarlo. De nada sirve adoptar medidas aparentemente progresistas si no te dotas de los medios para sostenerlas, y el Gobierno socialista no lo hizo al no abordar ni por asomo el problema de la fiscalidad que constituye tal vez nuestra mayor debilidad.

Llegó la crisis y dejó a la vista de todo el mundo lo que antes no supimos o no quisimos ver. Que se había estado dando continuidad a la suicida política económica del anterior Gobierno del señor Aznar. Por temor al incremento del paro o por temor a las consecuencias electorales de las medidas que habrían sido necesarias (quiero creer que lo primero), no solo no atajaron sino que permitieron que continuaran inflándose las burbujas inmobiliaria y financiera. Y no lo hicieron por ignorancia sino a sabiendas, a pesar de los informes y los análisis que desde años atrás alertaban del enorme peligro. El partido que se decía socialista dejó que se desarrollara un salvaje capitalismo especulativo sin hacer nada. Y, de remate, una reforma constitucional impuesta sin diálogo ni consulta y que supone una rendición incondicional al poder económico.

Perdieron las elecciones municipales y perdieron las elecciones generales de manera contundente. Era el momento de la autocrítica, de analizar por qué su electorado les volvía la espalda y poner el remedio; pero no lo hicieron. Creyeron resolver su crisis con un cambio en la cúpula dirigente que no cambiaba nada en la filosofía del partido. Escondieron al expresidente debajo de la alfombra en la esperanza de que se olvidarían sus pecados, pero se olvidaron del pecado mayor que no iba a ser olvidado: su renuncia al socialismo.

Y si el PSOE ya no es un partido socialista ¿qué es entonces? Nada. Soy consciente de lo que digo, y no voy a decir eso de que ahora es un partido de derechas. No lo es, pero tampoco es ya de izquierdas. No es más que un espectro que vaga en busca de un poder que no sabe para qué quiere, alimentándose del miedo a la derecha para no desaparecer.

Ppor si alguien se llama a engaño, añadiré que ni pretendo hacer escarnio ni soy de los que se alegran de esta situación. Al contrario, lo digo con pena. Yo votaría contento a un PSOE que tuviera un modelo de Estado digno de sus siglas. Pero no lo tiene, ni creo que tenga modelo de Estado en absoluto.

Si el PSOE ha de recuperar el lugar que durante tantos años le ha correspondido en la política española, necesita un nuevo proyecto. No lo va a lograr con lavados de cara, ni con componendas ni parches, ni con oposiciones tan responsables que no parecen ni oposiciones. Necesita ofrecer un proyecto nuevo, global y coherente, sólidamente fundado en los principios de la democracia, la solidaridad y la justicia social. Necesita convencer con algo más que palabras de que no sólo se pondrá freno a la regresión democrática y la deriva neoliberal, sino que se va a emprender con decisión el camino que nos lleve a un Estado social, democrático y de derecho real, y no solo nominal.

Dudo mucho, para ser sincero, que tal cambio llegue de la mano de sus actuales dirigentes. Creo que si no lo impulsan los militantes de base, no se producirá. También podría ocurrir, y tal vez esto sea lo peor, que el PSOE recupere su posición sin que ese cambio se produzca; simplemente porque las consecuencias de las políticas del Partido Popular hagan que las del PSOE parezcan buenas por comparación. Eso me parecería terrible, porque convertiría al PSOE en una simple pieza de un poder sin alma.

Por todo esto espero que los más recientes desastres electorales del PSOE sirvan, esta vez sí, de auténtico revulsivo y no se vuelvan a saldar en un cambio de caras para que todo siga igual.

martes, 17 de julio de 2012

Una lucha idelogógica

Vengo diciendo desde que comencé este blog, y lo voy a repetir hoy, que no estamos asistiendo a una crisis coyuntural, ni siquiera una crisis cíclica. No podemos pensar que tras unos años de apretarnos el cinturón todo volverá a ser como antes, porque no va a ser así. Un ejemplo bien claro lo tenemos en el anuncio de privatizaciones en los transportes ferroviarios, portuarios y aeroportuarios. No volverán a ser públicos, al menos durante muchos años. El grave deterioro de la sanidad y la educación públicas tampoco se van a revertir en mucho tiempo. Y al menos yo tengo pocas dudas de que el sistema público de pensiones seguirá el mismo camino, que ha iniciado ya.

Hay un hecho sobre el que nunca se llamará suficientemente la atención. Los mismos que dicen que todas estas medidas son necesarias y sirven para sentar las bases del crecimiento y la generación de empleo, nunca han explicado cómo, por qué misterioso mecanismo se generará ese empleo. No lo hacen porque saben que no es verdad. El crecimiento que siga a estas medidas benefeciará tan solo al gran empresario. No se va a generar empleo, los trabajadores no van a recuperar sus derechos, ni se va a restablecer el Estado social.  Caminamos hacia un modelo de desigualdades, con servicios privados de calidad para la minoría, y servicios públicos, cuando los haya, de ínfima calidad para los demás. Un modelo neoliberal.

No está de más recordar que la principal causa en la generación de la crisis fue la desregulación del sistema financiero y la generación de gigantescas burbujas especulativas que se trasladaron del sistema financiero a la economía productiva, incluidos sectores tan sensibles como el agroalimentario. Y no solo no se ha hecho absolutamente nada para reconducir el sistema financiero sino que se recorta y destruye lo que haga falta para sostenerlo.

La realidad es que la crisis económica está siendo utilizada como coartada para algo mucho más profundo y grave. Lo que realmente estamos viviendo es una lucha ideológica. Todas las medidas que se están tomando en Europa tienen, o así lo creo yo, una motivación ideológica. Su finalidad no es otra que desmantelar el Estado social para sustituirlo por un modelo neoliberal. Entre sus partidarios deberían estar los grandes empresarios y los partidos de derecha, liberales y conservadores. Digo deberían porque lamentablemente han logrado que asuman esta postura, o que se resignen a ella, muchas personas que deberían estar frontalmente en contra.

En el otro lado deberíamos estar los trabajadores por cuenta ajena o propia, los pequeños empresarios y comerciantes, los pensionistas, los partidos de izquierda, obviamente los sindicatos y los que creemos que el modelo social europeo no solo es viable, es infinitamente mejor que el neoliberal. Todos estos, la mayoría, deberíamos estar. Pero no todos estamos y, lo que es peor, estamos divididos. Por eso estamos perdiendo, y la derrota va a ser rotunda. Vamos a tardar mucho, pero que mucho tiempo en recuperar lo perdido, si es que lo recuperamos.

Todo esto es para decir que es importante, es extremadamente importante movilizarnos. Si los funcionarios que protestan ahora lo hubieran hecho hace un año tal vez, solo tal vez, no habrían perdido una paga. Si los millones de trabajadores desempleados acudieran a las manifestaciones tal vez, solo tal vez, no les recortarían ahora las prestaciones con un "que se jodan". Si protestasen los pequeños empresarios y comerciantes tal vez, solo tal vez, se reformaría el impuesto de sociedades en lugar de subir el IVA.

El día 19 hay convocadas nuevas manifestaciones. ¿Qué excusa vas a buscar ahora?

martes, 1 de mayo de 2012

Zenón de Elea y el mercado laboral

El filósofo griego Zenón de Elea, que vivió en el siglo V antes de Cristo, es ampliamente conocido por sus célebres paradojas, con las que pretendía demostrar, siguiendo a su maestro Parménides, la imposibilidad del movimiento. Seguramente la más famosa de estas paradojas es la de Aquiles y la tortuga, que en versión modernizada dice así:

Aquiles compite en una carrera contra una tortuga, y sabiéndose diez veces más rápido le concede cien metros de ventaja. Pero cuando Aquiles ha recorrido esos cien metros, la tortuga ha avanzado diez, cuando corre esos diez la tortuga ha avanzado uno, corre ese metro y la tortuga avanzó diez centímetros, y así hasta el infinito, de modo que Aquiles jamás alcanzará a la tortuga.

Naturalmente podríamos rebatir a Zenón recurriendo al análisis infinitesimal y al concepto matemático de límite, que Zenón no conocía, pero la verdad es que no nos hace falta. Tal vez no podamos decir dónde estaba exactamente el error de Zenón, pero sabemos que estaba equivocado, y la respuesta más simple y más difundida a su famosa paradoja es que el movimiento se demuestra andando. Para saber que Zenón se equivocaba no necesitamos ni matemáticas ni filosofía, nos basta con observar a una tortuga.

¿Qué tiene esto que ver con el mercado laboral? Supongo que nada, pero el caso es que andaba planeando escribir una entrada sobre el modelo neoliberal de relaciones laborales, con su análisis teórico, sus gráficos y toda la historia, y señalar sus errores, cuando me di cuenta de que en realidad no hace puñetera falta. Para demostrar que están equivocados no necesitamos ningún razonamiento complicado, nos basta con observar la realidad.

El modelo neoliberal de relaciones laborales es el mismo que aplican a todo: la libre concurrencia de oferta y demanda lleva indefectiblemente a situaciones de equilibrio eficientes. Por tanto, sin salarios mínimos, sin negociación colectiva, sin prestaciones de desempleo y con despido libre el mercado de trabajo se regularía por sí solo y no habría paro. Veamos si es cierto.

Este modelo se aplicó en el siglo XIX y parte del XX produciendo como resultado masas de proletarios hambrientos, altas tasas de desempleo, miseria, desigualdad, conflictividad social y revoluciones. Después de la Segunda Guerra Mundial se pasó en Europa al modelo que llamamos social, dando como resultado tres décadas de progreso sin precedentes que los economistas conocen como "los treinta gloriosos", bajas tasas de desempleo, estabilidad y baja conflictividad. Posiblemente la mejor época que Europa haya vivido en toda su historia. A partir de finales de los setenta y primeros ochenta comienza a abandonarse este modelo para volver al anterior, con el resultado que tenemos a la vista. Otra vez altas tasas de paro, desigualdades, injusticias y conflictos sociales.

Por si no fuera suficiente, tenemos el ejemplo de los países en los que, a instancias del FMI u otras instituciones, se han aplicado las "soluciones" neoliberales en diferentes momentos y en todos los continentes. Los casos de Argentina y Grecia son terriblemente ilustrativos. ¿Que las condiciones de Argentina no son las de un país europeo y que Grecia falseó sus cuentas? Vale, entonces Portugal. Y si ese ejemplo tampoco te sirve te pondré otro. Ejemplos sobran.

Así que me ahorro los gráficos, las curvas de oferta y demanda, puntos de equilibrio, niveles de renta y demás parafernalia. El movimiento se demuestra andando.

sábado, 10 de marzo de 2012

10 de marzo

El diez de marzo de 1972 la policía abrió fuego contra una manifestación de trabajadores de los astilleros Bazán, en Ferrol, causando dieciséis heridos de bala y dos muertos: Amador Rey y Daniel Niebla. Un monumento honra su memoria en el lugar donde cayeron. Hoy se cumplen cuarenta años de aquel suceso, y por este motivo he participado en la manifestación-homenaje convocada por el sindicato Comisiones Obreras, entonces clandestino y en que ambos militaban.

La muerte de estos dos trabajadores ferrolanos dista mucho de ser un caso aislado. Conviene no olvidar que el primero de mayo, día internacional de los trabajadores, se conmemora la ejecución de George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Spies y Louis Lingg, condenados y ahorcados por su participación en la huelga que reivindicaba la jornada laboral de ocho horas.

Conviene no olvidar por qué murieron estos siete hombres y otros muchos antes y después que ellos. Ahora vivimos, lo he dicho varias veces, un cambio de modelo de relaciones laborales en el que se cuestionan los derechos de los trabajadores; la negociación colectiva, por ejemplo. Pues hay que recordar, e Ignacio Fernández Toxo lo hacía hoy en su discurso, que la negociación colectiva no es una concesión de ningún gobierno y mucho menos un regalo de los patronos, es un derecho constitucional por el que hubo que luchar y pagar un alto precio. Por un convenio colectivo murieron Amador y Daniel.

Importa no olvidar, y por eso escribo esta entrada en recuerdo y homenaje a George, Aldolf, Albert, August, Louis, Amador y Daniel, y a todos los que cayeron porque hoy tengamos un mundo un poco menos injusto.

martes, 21 de febrero de 2012

La vuelta del patrono

Vuelven los patronos. Y digo patronos, no empresarios. Patrono (6ª acepción): amo. Ya han logrado de un gobierno decididamente neoliberal la aprobación, sin acuerdo ni negociación, de una reforma laboral que crea un contrato con un año de despido libre, que abarata el despido injustificado, que suprime la autorización administrativa de los despidos colectivos y los deja a exclusivo criterio del patrón, que considera causa de despido el descenso real o previsto de las ventas en tres trimestres incluso con beneficios, que establece que por esas mismas causas el patrón pueda incrementar la jornada o reducir el salario a los trabajadores, que subvenciona la contratación de perceptores de prestaciones en lugar de fomentar la contratación de los desprotegidos, que establece la prevalencia de los convenios de empresa, sea cual sea su tamaño, sobre los sectoriales, etc.  En definitiva una reforma que deja a los trabajadores desprotegidos frente a los abusos de los patronos.

Dice el presidente del Gobierno que es una reforma que moderniza una legislación que databa de hace treinta años, pero no es cierto. No la moderniza, la hace retroceder otros treinta. Y lo hace rompiendo todos los acuerdos a los que patronal, sindicatos y gobierno han ido llegando en estos treinta años. Es más que la enésima reforma laboral, tiene razón el presidente cuando dice que es de calado; de tanto calado es que no solamente supone un radical cambio de modelo de relaciones laborales, sino de modelo social. Pasamos de un modelo pactado, negociado, a un modelo unilateral; de un modelo social a un modelo neoliberal.

Y aún así los patronos no están contentos, no es suficiente. Ahora quieren que se limite el derecho de huelga, obviando que es un derecho que la Constitución consagra como fundamental y que no admite más límites que asegurar los servicios esenciales a la comunidad. Como tal derecho fundamental debería estar regulado por ley orgánica, pero en estos treinta y tres años no se ha promulgado. Ni siquiera cuando hubo mayorías absolutas del PSOE o del PP se llevó a cabo. El único proyecto, de 1993, simplemente caducó y todavía hoy este derecho se regula por un Real Decreto-ley de 1977. Y con todo eso, empiezo a temer que también esta vez los patronos se salgan con la suya. ¿Que se presentan recursos de inconstitucionalidad? Con la proverbial agilidad del Alto Tribunal podrían ser años. Hasta sospecho que, si no fuese porque en esa materia no se pueden saltar el referendum, tendríamos otra reforma constitucional "necesaria".

Tampoco eso sería suficiente. También pretenden que se le retire la prestación al desempleado que rechace una oferta de empleo. Claro que ya existen normas para retirar la prestación al desempleado que rechace una oferta de empleo adecuada, pero el término "adecuada" es excesivo. Quieren que el trabajador se vea obligado a aceptar cualquier empleo, aunque sea en Laponia ha dicho textualmente un elemento cuyo nombre rehúso siquiera mencionar. Si esto no fuera ya indignante, lo sería el estúpido argumento con que lo quieren justificar: que disminuirá el paro porque los trabajadores estarán más desesperados por encontrar trabajo. Como si bastase estar hambriento para que aparezca milagrosamente la comida. Nos toman por imbéciles.

La verdad es que no les interesa en absoluto reducir el paro, todo lo contrario. Quieren que haya una tasa de paro elevada y, a ser posible, sin ninguna protección. Quieren una masa de obreros dispuestos a trabajar de sol a sol por un plato de lentejas. Y no lo quieren por un cálculo económico, es obvio que son los trabajadores quienes han de consumir los productos y servicios que ofrecen los patronos, y si bajan sus ingresos también lo harán los beneficios. Pocos dudan ya de que con estas medidas entraremos en recesión y en una espiral que nos empobrecerá a todos.

No es beneficio lo que buscan, lo que buscan es volver a tener trabajadores que se quiten la gorra cuando pasa el patrón.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reparto y capitalización

Hace días, en la entrada "Sobre El Debate", (1) hice un comentario sobre la propuesta que el PP lleva en su programa electoral de transformar el sistema de protección por desempleo, actualmente de reparto, en un sistema de capitalización. Añadí que no me parecía oportuno razonar mi opinión en aquella entrada, así que lo hago hoy.

Un sistema de protección es de reparto cuando cada persona no cotiza para sí mismo, sino que los trabajadores activos cotizan para pagar las prestaciones de los perceptores, ya sean desempleados o pensionistas. En España tenemos un sistema esencialmente de reparto. Y digo esencialmente porque no es de reparto "puro". Lo sería si para cada tipo de prestación la cuantía fuese igual para todo el mundo, con independencia de su historial laboral, pero no es así. La cuantía y la duración en el caso del desempleo, están en función de las cotizaciones efectuadas por el trabajador, con unos topes máximos y mínimos. Eso no desvirtúa su carácter esencial de sistema de reparto. Es erróneo el comentario que a veces oimos a los jubilados que creen que "ya lo he pagado". En realidad lo que cotizaron cuando estaban activos sirvió para pagar a los que entonces eran beneficiarios, además de que esas cotizaciones tampoco cubrirían sus pensiones debido al aumento de la esperanza de vida.

El otro gran modelo de protección es el de capitalización, en el que cada trabajador cotiza a lo largo de su vida laboral para sí mismo. Para entendernos, es el sistema de los planes de pensiones privados. En algunos países el sistema de pensiones se basa en este modelo, aunque no sé de ninguno que lo haya adoptado de forma "pura", normalmente tienen también un protección mínima, de subsistencia, que es de reparto.

Ambos sistemas tienen partidarios y detractores. Es obvio que el de reparto es más solidario y, en mi opinión, más justo. Su inconveniente es que requiere un equilibrio entre cotizantes y beneficiarios. El envejecimiento de la población exige un correlativo aumento de la productividad para que el sistema no quiebre. Y no hace falta decir que un desequilibrio brusco en la relación entre cotizantes y beneficiarios, como es un brusco aumento de la tasa de paro, también altera el equilibrio del sistema. En otras palabras, el sistema tiene que ser periódicamente revisado en función de la ratio cotizantes/beneficiarios y la productividad del trabajo.

El sistema de capitalización, claro está, no tiene ese problema ya que cada uno cotiza para sí. El inconveniente es su falta de solidaridad y de justicia, puesto que las personas con menos posibilidades económicas pueden cotizar menos o no pueden cotizar. Es decir, que precisamente las personas más necesitadas de protección acaban siendo las menos protegidas.

Por supuesto todo esto no es más que un simple resumen de la comparación entre ambos sistemas, una simple introducción para explicar por qué no me gusta la propuesta del Partido Popular. Va sin decir que yo soy partidario de los sistemas de reparto, claro.

El sistema de protección por desempleo español es, todavía y básicamente, de reparto. No voy a explicar su funcionamiento ni a discutir sus virtudes y defectos, lo que daría para varias entradas. Basta señalar que, a pesar de lo dicho, tiene elementos comunes con los sistemas de capitalización, ya que la cuantía de la prestación está en función de los últimos salarios y su duración en función del tiempo trabajado en los últimos años. Eso hace que las prestaciones de las personas con empleos precarios, que son las que más tienen que recurrir al sistema, sean de menor duración, y las de los trabajadores peor pagados sean más pequeñas. Son las características que más arriba he señalado como los grandes defectos del sistema de capitalización.

Pues bien, la propuesta del Partido Popular significa agudizar estos defectos transformando el sistema en uno de capitalización puro. La idea resumida es que cada trabajador vaya acumulando un "fondo" personal al que podrá recurrir en caso de perder su empleo. Eso signfica que las personas jóvenes que han trabajado poco tiempo apenas tendrán cobertura por desempleo, ya que no habrán podido engrosar su fondo. Las personas con trabajos temporales y precarios también tendrán una prestación escasa, pues tendrán que recurrir al fondo con frecuencia. Y si las aportaciones se fijan, como cabe esperar, en función del salario, las personas con empleos parciales o mal remunerados tendrán un fondo pequeño y por tanto poca protección. Significaría, repito, agudizar todos los defectos del sistema actual, haciéndolo menos solidario y cayendo en la contradicción inevitable en este tipo de sistema: que las personas más necesitadas de protección sean las menos protegidas.

Salvo que yo haya entendido mal la propuesta del Partido Popular, claro está. Cosa que podría ocurrir perfectamente porque apenas mencionan ni aclaran este punto. De hecho, parece que ponen un gran cuidado en sacarlo a relucir lo menos posible, lo que no hace más que aumentar mi desconfianza. Si de verdad están convencidos de que este cambio sería positivo harían muy bien en explicarlo, pero a cuatro días de las elecciones no parece que podamos esperar esa explicación. Rajoy tuvo una buena ocasión de hacerlo en el debate, y prefirió eludir la pregunta.
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(1) He eliminado esa entrada, referida a un debate electoral en televisión, por haber perdido toda actualidad e interés


domingo, 30 de octubre de 2011

Abordando el problema del desempleo

Hace lgún tiempo que quiero escribir una entrada sobre el desempleo, que en España alcanza ya unas proporciones de catástrofe. Lo he ido posponiendo porque el problema, además de complejo, es delicado. Claro que he abordado antes otros temas para los que muchos me preguntarán qué autoridad tengo. La respuesta es que para ninguno de ellos tengo más autoridad que la que otorga mi derecho a la libertad de expresión. Pero el paro es un tema especialmente sensible para mí, seguramente porque lo he padecido.

En realidad ya abordé el tema en la entrada La verdadera historia de Caín y Abel, que para mi sorpresa es la más visitada del blog. Pero esa entrada no pasa de ser una aproximación superficial a mi manera de pensar. Tampoco la de hoy será más que un planteamiento de cuestiones generales.

Tal vez convendría comenzar con una declaración de principios: que reducir el paro es un objetivo deseable en sí mismo. Esto puede parecer tan elemental que sobra mencionarlo, pero no lo es para el modelo económico neoliberal, que propugna una suerte de darwinismo social. Para este modelo la libertad de mercado prima sobre cualquier otra consideración, incluidos los seres humanos. Para sus partidarios el mercado de trabajo no se diferencia en nada de cualquier otro mercado. De ahí que cuando consideran el problema del paro lo hagan desde el enfoque de la oferta, la demanda y el precio de equilibrio, por lo que sus respuestas siempre son las mismas: desregular el mercado de trabajo, reducir salarios y facilitar el despido.

Ni que decir tiene que yo no comparto semejante enfoque. El mercado de trabajo no es como cualquier otro porque las personas no son mercancías. Cualdo hablamos del "precio" del trabajo, hablamos de la diferencia entre una vida digna y la miseria para un trabajador y su familia. No es solo una cuestión económica, y aunque evidentemente no podemos separar esta cuestión de sus implicaciones económicas, es el modelo económico el que debe servir a las personas, no al revés. Para cualquier análisis que pretendamos hacer debemos tener presente siempre y en todo momento este principio: el trabajo no es una mercancía.

Ateniéndonos a este principio es obvio que las soluciones neoliberales no sirven. Incluso los mejores modelos no son más que herramientas que nos proporcionan información útil para alcanzar nuestros objetivos. Fijar el objetivo no es cuestión de teorías, sino de principios. Su análisis no es correcto, pero aunque lo fuera y me lo demostraran seguiría rechazando tales soluciones por ser contrarias a mis principios.

Entonces, si las soluciones neoliberales no sirven, ¿cómo combatir el desempleo? Prescindiendo, por ahora, de las medidas políticas concretas y ciñéndonos a las grandes líneas, es evidente que solo hay dos vías, no necesariamente excluyentes entre sí:

  1. Crear más necesidades de trabajo aumentando la producción
  2. Distribuir el trabajo ya existente entre todos los trabajadores
Como dije al principio, no prentendo más que esbozar una aproximación a las líneas generales del problema, así que me limitaré a unos apuntes sencillos sobre estas vías.

La producción va ligada a la demanda. Las empresas no van a aumentar la producción si no hay demanda para consumir lo producido. Por eso no es correcta la afirmación de que unos impuestos bajos a las rentas del capital fomentan la inversión. Es la demanda la que fomenta la inversión y, por lo tanto, lo que hay que hacer crecer. Para eso son necesarias dos condiciones. En primer lugar es necesario que los consumidores dispongan de dinero, pero también que tengan una estabilidad económica que les permita gastarlo sin miedo al futuro.

En otras palabras, tiene que haber una situación de empleo estable generalizada, con lo que entramos en un círculo vicioso que es necesario romper por algún punto. Según la probada teoría de John Maynard Keynes,  se puede lograr mediante la inversión pública, pero en la situación a la que hemos llegado esto tiene dificultades e implicaciones que dejo para otro momento.

La segunda vía, repartir el trabajo ya exisitente, pasa por incentivar las reducciones de jornada y el trabajo a tiempo parcial en lugar de los despidos. Esto también tiene sus problemas e implicaciones, por supuesto, pero aunque los ingresos individuales de cada trabajador fueran menores, con más gente trabajando de un modo estable tendríamos mucho ganado.

Naturalmente, todo esto no es más que una aproximación muy somera a las grandes líneas del problema. A partir de aquí empezaría el verdadero análisis de cada una de esas dos vías, con todas sus derivaciones, para traducirlas en medidas concretas y viables.


 
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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sobre los impuestos y los ricos

Que los impuestos son necesarios para el mantenimiento del Estado nadie lo duda, al menos nadie sensato. Lo que siempre está en cuestión es el alcance que deben tener y, sobre todo, el reparto de la carga tributaria. En los últimos años y con motivo de la crisis económica, los neoliberales y un sector de la derecha política vienen cuestionando la progresividad de los impuestos.

No está de más recordar, aunque sé que no hará falta, que un impuesto es progresivo cuando pagan más los que más tienen. En términos generales, los impuestos indirectos, que gravan el consumo, tienen un carácter regresivo al aplicar el mismo tipo impositivo a todos los ciudadanos con independencia de su nivel de riqueza. La progresividad se aplica por tanto en los impuestos directos, que gravan la renta en origen, aplicando tipos más altos a los ciudadanos con ingresos mayores.

En contra de este principio he venido leyendo cuatro argumentos, si hay alguno más yo no lo conozco. El primero de ellos me parece tan disparatado que dudé en recogerlo aquí porque parece una broma. Dicen algunos que obligando a los ricos a pagar impuestos obligatoriamente se les priva de la oportunidad de ser generosos pagándolos voluntariamente. No creo que tal argumento merezca más comentario.

Un segundo argumento es que manteniendo bajos los impuestos a los más ricos se estimula la inversión y por tanto el crecimiento económico. Si alguien puede demostrarlo, de acuerdo, pero hasta donde yo sé (y admito que no sé mucho) la experiencia no lo demuestra, sino todo lo contrario. Los impuestos bajos para las rentas altas no incentivan la inversión privada, o no lo suficiente, y en cambio deprimen la inversión pública y con ella la economía de las naciones. Así lo demuestra la experiencia de la totalidad de los países que han aplicado esta medida a instancias del FMI. Ni uno solo mejoró su situación; todos, absolutamente todos, acabaron más pobres de lo que eran.

Un tercer argumento es que los ricos no tienen por qué pagar más impuestos, ya que no se benefician más de ellos. Además de tremendamene insolidario, este argumento es engañoso. Cierto es que los ricos no suelen acudir a la sanidad pública o, como me dijo alguien, que no gastan más aceras. Pero esto es ignorar que buena parte de los impuestos se destinan a infraestructuras rentables solo a largo plazo, como puertos, aeropuertos, ferrocarriles, polígonos industriales, etc., cuyos principales beneficiarios son las grandes empresas y que, en todo caso, solo son posibles con un sistema tributario sólido y progresivo. Por no mencionar, como le dije al de las aceras, que los ricos sin duda se benefician más de la seguridad que proporciona el Estado, ya que nadie roba a un indigente.

El cuarto y último argumento es otra muestra de insolidaridad. Los ricos, dicen, lo son gracias a su esfuerzo y obligarles a pagar más impuestos que a los pobres es en realidad robarles el fruto de su trabajo para dárselo a quienes no se lo han ganado. Ignoremos el hecho de que un porcentaje sustancial de las grandes fortunas son heredadas e ignoremos el hecho de que no partimos todos en igualdad de condiciones. Aún así esto es falso.

En este argumento, el que más me interesa, subyace una afirmación tan repetida que ya casi nadie se la cuestiona: que son los empresarios los que crean riqueza. ¿Es esto cierto? Yo creo que si no es falso es solo media verdad, o media mentira, según se mire. Los empresarios crean riqueza, sí, pero no ciertamente ellos solos.

Pongamos como ejemplo, solo porque a mí me conviene, un astillero destinado a la construcción de grandes buques. Desde luego hace falta que alguien aporte el capital y los medios de producción, pero eso no basta, harán falta unos ingenieros que diseñen los buques. Y una vez diseñados, no van a pasar del plano a la realidad por arte de magia, harán falta soldadores, armadores, tuberos, electricistas, etc. Y harán falta también jefes de obra y capataces que organicen a toda esa gente.

Todos ellos crean riqueza. El empresario la crea indirectamente al poner medios materiales y organizativos que potencian el trabajo del obrero, del campesino o del pescador que son, en última instancia, la fuente de toda riqueza. Después de todo, ya se construían barcos antes de existir los grandes astilleros. Unos carpinteros de ribera no construirán un transatlántico, pero pueden construir un barco sin necesidad de un gran empresario. Es más dudoso que un gran empresario sin obreros pudiera construir siquiera una canoa.

No niego, por tanto, que los empresarios creen riqueza, pero la crean potenciando el trabajo del obrero. La riqueza la crean entre todos. Y si todos ellos crean riqueza, todos tienen el legítimo derecho de participar en el beneficio. La cuestión, por supuesto, es en qué medida debe participar cada uno. 

¿Es equitativa la distribución de las rentas de trabajo y las del capital? Yo creo que no, y que la desproporción, que ha ido aumentando constantemente, es abrumadora. Entrar en detalles haría este texto demasiado largo pero, simplificando, las grandes empresas se valen de una posición de fuerza para mantener los salarios bajos, por debajo de lo que sería justo.

Aquí es donde entra la función redistributiva del Estado. No se trata, como dicen los neoliberales, de quitarle a los ricos para darle a los pobres, y mucho menos de quitarle a nadie el fruto de su trabajo, sino de corregir las deficiencias del sistema limando las desigualdades excesivas e injustas.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Malos augurios

Acaba de aprobarse la reforma de la Constitución con 316 votos a favor y 5 en contra. Votaron en contra dos diputados socialistas, uno de ellos, según parece, por error. Se ve que el asunto no es lo bastante importante como para fijarse en qué botón pulsaba.

Ya he hablado antes de los motivos por los que creo que esta reforma es un grave error, así que no me extenderé demasiado. Como ya he dicho anteriormente, tener déficit un año o incluso varios consecutivos no tiene mayor importancia si se compensa con superavits anteriores o posteriores. Esta reforma ignora totalmente el medio y el largo plazo, privando de ese modo a futuros gobiernos de un instrumento legítimo de política económica.

Por otra parte, establece que el pago de los intereses y el principal de la deuda pública gozará de prioridad absoluta. Como también he dicho ya, pagar las deudas es por supuesto una obligación, pero no tiene por qué tener prioridad absoluta sobre las demás obligaciones del Estado. Es imposible exagerar la extrema gravedad de lo que han hecho. Significa que si llegase el hipotético caso de tener que elegir, por ejemplo, entre pagar las pensiones y pagar los intereses de la deuda a los bancos, dejarían de pagarse las pensiones. La prioridad es absoluta.

Como muestra de que no exagero solo hay que ver lo que sucede en Castilla-La Mancha. Aún antes de aprobarse la reforma, el Gobierno autonómico decidió que el pago de la deuda a los bancos era prioritario sobre el pago de la deuda a los farmacéuticos. La consecuencia es que los farmacéuticos se están viendo obligados a recurrir al crédito privado (más beneficio para los bancos) y como su capacidad de endeudamiento es limitada, muchas farmacias corren el riesgo cierto de verse abocadas al cierre con el consiguiente perjuicio para los ciudadanos.

Ahora la señora Presidenta de la Comunidad anuncia un plan de ahorro de 1815 millones de euros en el presupuesto. Entre otras cosas, recorta el presupuesto de educación aumentando el número de horas lectivas por profesor, lo que además de conllevar una previsible merma de calidad en la educación condena al paro a varios miles de profesores interinos. La curiosa justificación de la señora De Cospedal es que no habrá despidos, sino finalizaciones de contratos. Al parecer no se le ha ocurrido que todos estos profesores que se quedarán sin trabajo dejarán también de pagar impuestos y que habrá que pagarles las correspondientes prestaciones por desempleo, con lo que una buena parte del dinero que se ahorra la administración autonómica no es tal ahorro, sino que traslada el gasto a la administración central.

Pese a ello, dice la Presidenta Castellano-Manchega que el plan de ahorro tiene "coste cero" para los ciudadanos, porque no subirá los impuestos. Extraño concepto de lo que es un coste y lo que no. Para empezar tiene un coste insoportable para las personas que se van a quedar sin trabajo: entre ocho mil y quince mil según he leido hoy en un artículo periodístico. El coste será igualmente insoportable para los farmacéuticos que no podrán seguir manteniendo su negocio, y para los usuarios del sistema sanitario. Va a tener un evidente coste para las arcas del Estado y de la Comunidad por la merma de ingresos y el gasto en prestaciones y subsidios. También tendrá un coste para los estudiantes que verán disminuir la calidad del sistema educativo.

Podríamos seguir, pero creo que como muestra es suficiente. Y si no lo es, tenemos lo sucedido en Cataluña, con cierres de centros de salud y servicios de urgencias. El supuesto "coste cero" solo lo será para los ricos y los evasores de impuestos, que no son los trabajadores que cobran por nómina y están estrictamente vigilados.

Lo más grave es que esto se va a generalizar. El señor Mariano Rajoy, envalentonado quizá por el éxito de la nefanda reforma y sintiéndose ganador seguro de las próximas elecciones, se ha quitado por fin la careta. Ha dicho con toda claridad que el temible plan de ajuste del Gobierno de Castilla-La Mancha es un ejemplo a seguir, y que tiene intención de aplicar la misma receta a gran escala. Ha dicho también con rotundidad que no subirá los impuestos, ni si quiera a las rentas más altas. Y aunque no lo ha dicho, porque ya sería el colmo, es de suponer que tampoco perseguirá el vergonzoso fraude fiscal, que se produce precisamente en esas rentas altas.

Así que ya no hay razón para engañarse, sabemos lo que nos espera: recortes draconianos del gasto público, especialmente en sanidad y educación, más precariedad laboral (flexibilidad lo llaman ellos), menos servicios públicos y de peor calidad...

Un pájaro de mal agüero como yo, al que además le pesa demasiado el ala izquierda, solo puede hacer malos augurios. También hay quienes creen que este camino es acertado, y esos no son pájaros de mal augurio. Si acaso, unos palomos.

miércoles, 13 de julio de 2011

Azar, probabilidad, triunfadores y fracasados

Aunque seamos conscientes de que hay acontecimientos fortuitos, no nos gusta pensar que el azar tiene un papel muy relevante en nuestras vidas. De hecho, con frecuencia buscamos explicaciones para hechos que pueden explicarse perfectamente por la teoría de la probabilidad. Veamos un ejemplo.

Supongamos que la probabilidad de que un analista medio acierte en sus predicciones sobre la bolsa es de 1/2. No es una cifra real, la tomo arbitrariamente para el ejemplo para facilitar los cálculos. Eso significa que en dos predicciones, tendrá una probabilidad de 1/4 de acertar las dos veces, otro tanto de fallar ambas y 1/2 de acertar una vez y fallar otra. Para un número mayor de predicciones las probabilidades se pueden calcular mediante el binomio de Newton, que no voy a desarrollar aquí, solo me interesan los extremos y para eso no lo necesitamos. Para diez predicciones, la probabilidad de acertarlas todas sería de 1/1024, igual que la de fallarlas todas.

Pensemos ahora un grupo muy numeroso de analistas bursátiles. Si en un período dado tienen que hacer diez predicciones con esa probabilidad, la mayoría acertarán aproximadamente la mitad de las veces,. Un reducido grupo de ellos,  uno de cada 1024, acertará todas las veces y serán tenidos por unos linces y unos triunfadores, mientras que otros tantos fallarán todas las veces y serán tenidos por unos incompetentes y fracasados. En realidad, en un caso así no habría razón para pensar que haya diferencia entre unos y otros, aparte de que unos hayan caído en el lado bueno y otros en el lado malo de la probabilidad. Obviamente es un ejemplo teórico. En realidad habrá efectivamente unos profesionales mejores que otros, pero antes de encasillarlos habría que ver si sus resultados se desvían significativamente de lo que se puede esperar por simple cálculo de probabilidades.

Este razonamiento podría tal vez aplicarse a otras muchas situaciones que quizá no nos planteamos de esa manera: la probabilidad de superar un examen, de ganar un partido de fútbol o de obtener un puesto de trabajo en una entrevista. Normalmente atribuimos el éxito o fracaso en esas situaciones a lo que ha estudiado el alumno, el talento y entrenamiento de los jugadores, o la cualificación académica y profesional del trabajador.  Y con razón, porque todo eso es muy importante y seguramente el factor más decisivo en cada caso. ¿Pero no juega también el azar su pequeño papel? El buen estudiante se puede encontrar en el examen con la pregunta que menos ha preparado y el malo con la única que se sabe. El mal jugador de fútbol puede meter un gol cuando trata de pasarle a un compañero, y el bueno fallarlo por una racha de viento. En una entrevista el trabajador eficiente puede causar mala impresión porque al entrevistador le recuerda al gilipollas de su cuñado, y el inepto buena por que le recuerda a su hijo.

En uno de sus libros, el matemático John Allen Paulos, del que hablé en otra entrada, se pregunta si las personas que consideramos fracasadas no estarán simplemente atascadas en el lado malo de la probabilidad. Es una buena pregunta. Como en el ejemplo de los analistas, habría que ver si sus resultados en la vida se desvían significativamente de lo que puede explicar la probabilidad. Y como en el ejemplo de los analistas, no significa que podamos utilizar la probabilidad para justificarlo todo.  Como no vamos a pasarnos la vida haciendo cálculos de probabilidades, lo mejor que podemos hacer es pensárnoslo dos veces antes de encasillar a alguien.

Claro que para llegar a esa conclusión no hacía falta ningún razonamiento matemático, es una regla elemental de convivencia. Pero resulta divertido soltárselo a los que "enseguida calan a la gente" y encasillan a todo el mundo, y ver la cara de gilipollas que se les queda. Nunca se convencen, pero al menos me río un rato.

sábado, 9 de julio de 2011

Sindicalismo y neoliberalismo



La policía ataca una manifestación. Chicago 1 mayo 1886

No me ha sorprendido mucho leer hace poco, lamento no recordar dónde, que las condiciones de trabajo deberían negociarse directamente entre trabajador y empresario a través del contrato.  Tampoco me ha sorprendido demasiado leer en un artículo de un tal José Ramón Rallo, publicado en un periódico digital muy expresivamente llamado Libremercado el siguiente párrafo:

Planteémoslo desde otra perspectiva. Imagine que los representantes de los compradores de inmuebles se reúnen con los representantes de los propietarios de inmuebles y ambos firman un convenio colectivo dirigido a regular las condiciones de la compraventa de viviendas. Si los propietarios logran imponer una cláusula que establezca, por ejemplo, que el precio mínimo de los inmuebles, sea cual sea su superficie, localización o calidad, será de 150.000 euros, ¿qué cree que sucederá? Pues que muchos pisos que podrían haberse enajenado por menos de 150.000 euros ahora quedarán fuera del mercado.

No me sorprende porque hace mucho que vienen insistiendo machaconamente en que la negociación colectiva produce "rigideces" en el mercado de trabajo que están en la raíz de todos los males. Como los pobrecitos empresarios no pueden bajar los salarios, tampoco pueden bajar los precios y por eso no salimos de la crisis. Y os juro que no me estoy inventando semejante argumento, lo he leído en un manual de economía muy recientemente. Se olvidan convenientemente de mencionar, claro está, los costes empresariales, es decir los beneficios. Pero eso no me interesa por ahora.

Olvidaos del principio el trabajo no es una mercancía, recogido por la OIT en la Declaración de Filadelfia. Para esta gente somos exactamente eso: mercancía equiparable a una vivienda o a cualquier otro bien que se puede comprar y vender. ¿Qué es lo que querrían?

En los inicios de la época industrial y de auge de la teoría económica liberal, los sindicatos estaban sencillamente prohibidos. Gran Bretaña los prohibió por las Combination acts de 1799 y 1800, la Francia revolucionaria por la ley Le Chapelier de 1791. No solo eso, sino que el asociacionismo obrero se perseguía penalmente, tipificándolo como delito de conspiración, maquinación para alterar el precio de las cosas o, en el caso de España, delito contra la propiedad según el Código Penal de 1822. Eso es lo que querrían.

Naturalmente no lo pueden decir de esa manera aunque al señor Rallo le ha faltado poco, porque solo conseguirían que nos acordasemos de sus santas madres aunque no tengamos el placer de conocerlas.  Actúan de un modo más sutil.

En primer lugar insistiendo una y otra vez en sus argumentos, sabiendo que los economistas que les desmentirán, que los hay, no tienen el mismo acceso a los medios que ellos. En segundo lugar, valiéndose de los organismos, nacionales e internacionales,  que han asumido el neoliberalismo.  Como ya dije en otra ocasión, es muy significativa la difusión que alcanzan los informes del FMI en comparación con los de la OIT. Y, una vez que consiguen crear las condiciones necesarias, con cambios graduales revestidos en el disfraz de reformas destinadas a salir de la crisis.

En este contexto deberíamos entender la reciente reforma de la negociación colectiva en España, que mediante cambios en apariencia poco significativos sirve para debilitar la posición negociadora de los trabajadores. Por ejemplo, mediante la reforma del artículo 84 del Estatuto de los trabajadores para que los convenios de empresa puedan modificar los de ámbito superior.

Se pueden hacer muchas críticas, y lo haré, a los sindicatos, a su evolución, su representatividad y su actitud ante la crisis y el desmantelamiento del modelo social europeo. Pero sin perder de vista que los sindicatos y la negociación colectiva son un gran logro que ha costado mucho conseguir, y que todavía son un dique de contención contra la marea neoliberal. Prescindir de ellos sería retroceder doscientos años en la historia.

miércoles, 6 de julio de 2011

La destrucción anunciada de los servicios públicos

El título de esta entrada es el de un capítulo de un libro que estoy releyendo: El imperio frente a la diversidad del mundo, de Sami Naïr, publicado en 2003. Hablaré de este libro en otra ocasión. Ahora me interesa este capítulo que trata, como indica su título, del desmantelamiento de uno de los pilares básicos del Estado social. Naïr parte en este capítulo de unas bases que yo comparto plenamente. No puedo expresarlo mejor que él, así que copio unos fragmentos:

[Los servicios públicos] son el símbolo de un modelo social y cultural que se niega a tener como único referente el mercado. La empresa pública es el único sector que sigue encarnando una deliberada sumisión de lo económico a lo humano, la primacía del desarrollo social (integración, solidaridad, igualdad) frente a la rentabilidad económica a corto plazo.

En efecto, las inversiones en servicios públicos son en su mayoría inversiones cuantiosas y a muy largo plazo. La educación, la sanidad, las infraestructuras de transporte y comunicación, el abastecimiento de bienes de primera necesidad (agua, energía) son sectores de actividad cuya "rentabilidad" no es efectiva sino cuando han pasado muchos años. La continuidad en el esfuerzo de inversión es, pues, fundamental. En cambio, las experiencias de privatización llevadas a cabo en ciertos países europeos muestran que el sector privado no está en condiciones de responder a esta exigencia.

Además, los servicios públicos cumplen una función "social" que ninguna empresa privada está dispuesta a asumir.

Este es el punto de partida de Naïr. Sin embargo, en la construcción de la Unión Europea solo se intentó la construcción de un mercado en libre competencia, y es sabido que en ese tipo de mercado los servicios públicos se consideran un obstáculo. No entraré en el interesante análisis de los tratados que sigue, pero sí señalaré que, según él, las privatizaciones vienen impulsadas por la Comisión. La Comisión está formada por representantes de los Estados designados por los gobiernos, y no elegidos por los ciudadanos. Y, muy importante, tiene la iniciativa legislativa. Vuelvo a citar:

La Comisión prefiere defender el concepto estadounidense de "servicio universal", que implica el suministro a todos los usuarios de unas prestaciones mínimas a un precio asequible. Las obligaciones de continuidad y de calidad son casi inexistentes, y provocan unas desigualdades clamorosas entre quienes deben contentarse con estos servicios y quienes pueden pagarse servicios (en este caso, privados) de calidad.

Ciertos estados parecen intentar resistirse a la política de desmantelamiento elaborada por la Comisión. Pero sin éxito. [...] Con frecuencia, la resistencia de los gobiernos, ya sean conservadores o social liberales, sólo es aparente a no ser que se apoye en poderosos movimientos sociales. [...] Lo esencial, para ellos, es evitar que estas privatizaciones provoquen agitaciones sociales demasiado grandes [...] Los primeros elaboran las condiciones para la privatización, mientras que los segundos "se resisten" verbalmente con el fin de evitar las reacciones del cuerpo social hasta que la privatización se convierte en una necesidad ineludible para la supervivencia de la empresa. Primero se crean las condiciones para la dependencia, y a continuación se nos dice que lo único que se puede hacer es asumirla.

Por último, la gestión privada de las empresas públicas no ha demostrado hasta el momento su superioridad. Todo lo contrario.

Quiero hacer aquí un inciso para recalcar que todo esto no son afirmaciones gratuitas de un pobre indocumentado como yo. Sami Naïr es doctor en filosofía política y en letras y ciencias humanas, catedrático de ciencias políticas, ha sido eurodiputado (aún lo era cuando escribió el libro) y ha ocupado diferentes cargos de alto nivel en la administración francesa, entre otras cosas. Además, todas las afirmaciones que hace en este capítulo están apoyadas por ejemplos demostrables.

La última frase del capítulo dice así:

La educación y la sanidad aún no han sido mencionadas por la Comisión, pero en la medida en que lo son por los socios de los europeos  en el marco de la OMC ¿cómo no pensar que se incluirán pronto en la orden del día?

Sin duda, acertó de pleno. Ocho años después de que lo advirtiera, sanidad y educación ya están en la picota.

Todo esto no es motivo para oponernos a la integración de Eruopa. Yo no lo creo, y Naïr dedica a ello otro capítulo del mismo libro. Lo que necesitamos es avanzar hacia una verdadera unión, no solo económica, sino también política y social. Pero eso es a largo plazo y es tema para otro día. Ahora nos debería agobiar el corto plazo, nos están desmantelando el Estado social a marchas forzadas con la coartada de la crisis. Y lo único que puede evitarlo, como ya señaló Naïr hace ocho años, es la reacción de los ciudadanos, los movimientos sociales amplios. No podemos quedarnos impasibles mientras nos empujan hacia un neoliberalismo rampante, nos jugamos mucho todos y cada uno de nosotros.

sábado, 2 de julio de 2011

El Estado social

El primer artículo de nuestra Constitución dice que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho. No creo que sea necesario extenderme sobre lo que es un Estado de Derecho y, aunque tengamos diferencias en cuanto a la forma de articularlo, tampoco sobre lo que es un Estado democrático. ¿Pero qué es un Estado social? El concepto se parece al de Estado de bienestar, pero no es lo mismo. Definirlo es más complicado que entenderlo; de hecho no se me ocurre una definición que sea a la vez escueta y completa. Y es que el Estado social es un principio, más que una forma de Estado concreta.

La teoría del Estado liberal es la del Estado mínimo, que debe limitarse a garantizar la libertad de los individuos y la propiedad, sin intervenir en la economía ni preocuparse por la suerte de los individuos concretos. En el extremo opuesto se encuentra el estado socialista, que dirige totalmente la economía buscando un igualitarismo incompatible con la libertad.

El principio del Estado social no renuncia a la economía de mercado, pero considera que el Estado debe regularla para buscar el desarrollo de la sociedad en su conjunto, evitando las desigualdades injustas y los abusos, y protegiendo a los desfavorecidos. Sus manifestaciones son las que normalmente llamamos Estado de bienestar: asistencia sanitaria, pensiones de jubilación e invalidez, educación pública, etc.

Así pues, cuando la Constitución dice que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, no es solo una palabra, es una declaración de principios. Y se repite y desarrolla a lo largo de todo el texto, incluido el preámbulo en el que se dice:

 La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía proclama su voluntad de garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

Y a lo largo del articulado se desarrollan las formas concretas en que debe manifestarse el Estado social. Se establece que la educación básica es obligatoria y gratuita, que todos contribuirán al sostenimiento del gasto púlico según su capacidad y según un sistema tributario progresivo, que el contenido social del derecho a la propiedad limitará su contenido, se reconoce la libertad de empresa de acuerdo con las exigencias de la economía general, se asegura la protección social, jurídica y económica de la familia, se establece que los poderes públicos promoverán el progreso social y económico y una distribución de la renta más equitativa, que la política se orientará al pleno empleo, que se mantendrá un régimen público de seguridad social, que compete a los poderes públicos tutelar la salud pública, y que todos tienen derecho a la cultura.

Yo creo en ese principio. Por eso me preocupa la deriva neoliberal que está tomando la economía nacional e internacional, y que los políticos que deberían defenderlo se plieguen a las exigencias de los causantes de la crisis. Y por eso me quedé seriamente preocupado cuando hace unos días oí decir al Sr. Mariano Rajoy "tendremos el Estado de bienestar que nos podamos permitir". Me temo que el Sr. Rajoy no haya entendido que el Estado de bienestar no surge de la caridad, sino de un principio constitucional y que, si gana las próximas elecciones, su obligación será gobernar según ese principio.

sábado, 25 de junio de 2011

Integración de los inmigrantes

Hace una semana me llegó un correo electrónico reenviado, por lo que no sé su origen aunque el autor dice trabajar en una oficina del INEM. En él se relata el caso, que se da como verídico y que muy bien podría serlo, de un hombre de origen marroquí nacionalizado español, por lo que se supone que lleva en España los diez años que se exigen para obtener la nacionalidad por residencia, y que sin embargo apenas habla español. Según el correo, este hombre trabajó en España dieciocho meses y cobró la prestación por desempleo contributiva durante cuatro, subsidio por agotamiento (ayuda familiar) durante veinticuatro acreditando tener familia a cargo en Marruecos, subsidio por cotización insuficiente durante veintiún meses, y por último PRODI durante seis. Cincuenta y cinco meses de prestaciones en total. El autor se cuida de añadir una breve frase final para mencionar, como de pasada, que esos casos también se dan entre españoles. El resto del nada breve correo se refiere exclusivamente a los marroquíes.

Pues sí, estos casos se dan, sin que haya ninguna diferencia entre españoles y extranjeros ¿A qué tanto hincapié en la nacionalidad de origen? Este ciudadano ha trabajado aquí como cualquier español, ha cotizado aquí como cualquier español, tiene el mismo derecho a las prestaciones que cualquier español, y abusará o no del sistema como cualquier español. Porque espero que nadie sugerirá que los admitamos solo para que trabajen y coticen para nosotros, y cuando se quedan sin trabajo se vuelvan a su país con una palmadita en la espalda. Como dije en otra entrada, cuando vienen las vacas flacas es fácil caer en la tentación de echar la culpa a los inmigrantes y exigir que se marchen como si no tuvieran ningún derecho. Pues no, y ni siquiera voy a insistir en que la inmigración no es la causa del desempleo. A las duras y a las maduras.

Otro punto tiene este correo que merece la pena comentar, y es el hecho de que personas que llevan años viviendo y trabajando en un país apenas aprendan los rudimentos del idioma. Porque sí es verdad que podríamos estar empezando a tener un problema de integración. Por supuesto, hay muchos inmigrantes de diferentes nacionalidades que están bien integrados o se esfuerzan por integrarse, pero también es cierto que con frecuencia forman comunidades nacionales para darse apoyo unos a otros. Es lógico, y conviene que de vez en cuando nos metamos en su piel.

Hace años que tengo un trato superficial con un ciudadano marroquí. Cuando lo conocí hablaba español con dificultad, ahora muy fluidamente, tuvimos aquel día una conversación que me dio qué pensar. Le pregunté cómo se pronunciaba realmente su nombre y cuando me lo dijo debí de poner cara de eso no hay cristiano que lo pronuncie porque la conversación siguió así:
- ¿Es difícil, no?
- Para nosotros sí
- Pues imagínate cuando yo llegué a España, sin saber una palabra del idioma

Bromeé diciendo que tampoco sabía pronunciar algunos apellidos vascos pero, como digo, me dio que pensar.  No es difícil ponerse en su lugar y entender que cuando llegan busquen la ayuda de sus compatriotas. El problema es que en esas comunidades que forman acaban relacionándose entre ellos, y no con los españoles, lo que dificulta su integración.

¿Y qué significa integrarse? Porque cada vez que surge el tema surge también algún tonto de baba (nacional o importado, que tontos de baba los hay en todas partes) que suelta la tontería de la tortilla de patatas. Integrarse no significa que deban renunciar ni a su religión ni a sus costumbres, sino simplemente que vivan aquí con normalidad. No tienen por qué adoptar nuestras costumbres, pero sí aceptarlas y respetarlas. Tampoco tienen por qué renunciar a las suyas, siempre y cuando estén dentro del límite tajante que imponen las leyes y no sean contrarias a los valores fundamentales de nuestra sociedad. Y en eso quiero ser claro, no admito que nadie me tilde de racista o xenófobo por no renunciar a principios que son irrenunciables.

También cabe esperar de los inmigrantes un esfuerzo por aprender, cuando menos, el idioma y las normas esenciales de convivencia. Nos corresponde a nosotros facilitarles en lo posible ese esfuerzo, y eso incluye dejar de tolerar que nos llamen racistas por no consentir conductas o dar tratos de privilegio que no consentiríamos ni daríamos a un español. Debemos facilitárselo, digo, por humanidad y porque solo así estaremos justificados, si no lo realizan, a suponer que no quieren integrarse. Y, entonces sí, podremos exigirles que se vuelvan a su país. Porque yo siento un gran respeto por los inmigrantes, pero no me siento obligado a respetar a quienes no me respetan.

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martes, 14 de junio de 2011

Desempleo e inmigración

En los últimos días he estado participando en foros de debate sobre distintos temas, entre ellos el desempleo y sus posibles soluciones. Como es natural, me he encontrado con muchas opiniones y muchas ideas, entre ellas una, afortunadamente muy minoritaria, que señala la inmigración como principal, sino única causa del desempleo.

Cuando un país alcanza las tasas de desempleo que hemos alcanzado en España al tiempo que existe una fuerte corriente inmigratoria, es fácil caer en la tentación de creer que los extranjeros nos están quitando los puestos de trabajo. Fácil, pero equivocado, y no es difícil demostrarlo.

Según las estadísticas, entre los años 2007 y 2011 el número de inmigrantes en España aumentó en 1.211.000 personas, mientras que el número de desempleados se incrementó en 2.863.000 personas. Es decir, el desempleo creció en una proporción mucho mayor que la inmigración. Por otra parte, tanto en números absolutos como en porcentaje de población, la inmigración es mayor en Alemania, Francia y el Reino Unido que en España, y sin embargo su tasa de desempleo es considerablemente menor que la nuestra. Se puede deducir por tanto que la inmigración no es la causa de la tasa de desempleo actual. Ni lo fue nunca. Basta recordar que en las décadas de los ochenta y noventa también tuvimos unas tasas de paro escandalosas cuando la inmigración era casi insignificante.

Además, aún cuando hubiera alguna relación entre ambos fenómenos, la inmigración es una constante en la historia de la humanidad y me parece absurdo creer que podemos detenerla poniendo policías en las fronteras y levantando muros.En el año 2008 el PIB per cápita español era 12,8 veces superior al de Marruecos. Es una de las fronteras más desiguales del mundo. Y ni siquiera es España el país más rico de Europa ni Marruecos el más pobre de Africa. Mientras esto siga siendo así, no habrá muro lo bastante alto.

La única forma real de detener la inmigración, suponiendo que quisiéramos hacerlo, es ayudar dedicidamente a los países de origen de los inmigrantes a desarrollarse económica, social y políticamente. Deberíamos hacerlo no solo por solidaridad, que ya es excelente motivo, sino por simple egoísmo.


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domingo, 12 de junio de 2011

Falacias del neoliberalismo (y IV): el fracaso del Estado de bienestar

Esta es la última nota que escribo sobre el tema del neoliberalismo y la economía de mercado. Doy con ella por cumplido lo que prometí, y probablemente ya me he excedido.

 A raíz de la crisis actual, los neoliberales, siempre atentos a la menor ocasión, afirman y pretenden hacernos creer que el Estado de bienestar que tan poco les conviene, ha fracasado. Para demostrarlo aducen los problemas de las naciones europeas para hacer frente al desempleo, la deuda, el déficit público, etc. ¡Como si las naciones más puramente capitalistas no tuviesen los mismos problemas! Pero es que además la crisis, lejos de demostrar el fracaso del Estado de bienestar, demuestra su éxito. Es el capitalismo salvaje lo que ha fracasado.

Aunque todos lo sepamos ya, conviene recordar que el origen de la crisis no estuvo en la regulación de los mercados, sino precisamente en la falta de ella. Los conocidos fallos del sistema de libre mercado, unidos a la falta de regulación y a la codicia y falta de escrúpulos de cierto tipo de "emprendedores" originaron sucesivamente la ya olvidada burbuja tecnológica, la burbuja inmobiliaria y la vergüenza de los bonos basura, estos últimos convenientemente avalados (no lo olvidemos) por las arbitrarias agencias de calificación creadas por el mismo sistema. Los problemas que esto ha creado no hace falta ni resumirlos: los padecemos todos.

Lo extravagante es que quieran hacernos creer que el problema es de los Estados y que la solución la tienen ellos, que lo que hace falta es reducir más la regulación de los mercados, recortar derechos sociales, etc. ¡Su solución es profundizar aún más en las causas del problema!

Digo que la crisis demuestra el éxito del Estado de bienestar. ¿Por qué? Porque son sus mecanismos los que están paliando los efectos de los excesos capitalistas, que de otro modo serían devastadores. Solo tenemos que imaginar en qué situación estaríamos sin sistemas de previsión social, protección por desempleo, asistencia sanitaria universal y, en resumen, un sistema de redistribución de la riqueza. No hay que imaginar mucho, la situación sería similar a la que Europa vivió en los años treinta del siglo pasado: conflictividad social, huelgas generales revolucionarias, pistolerismo, revoluciones y ascenso de los extremismos políticos. En el peor de los casos, fascismo o sus variantes, totalitarismo comunista y, sin ninguna duda, enormes bolsas de miseria.

Tal vez parezca que exagero, quizá sí; pero los que vamos peinando alguna cana podemos recordar cómo fueron los años ochenta, lo que ocurrió con el sector naval en Ferrol, Cádiz o Cartagena , la minería en Asturias, los camiones de fruta volcada en la frontera... Y ya hemos superado la tasa de desempleo de entonces.

El Estado de binestar y la solidaridad entre naciones, pese a los inevitables reproches y tensiones entre ellas, son lo bastante fuertes como para soportar esta situación y, además, resistir los ataques de los especuladores que no dudan en hundir a un pueblo, un continente o la humanidad entera si con ello ganan unos dólares. No es perfecto, no es la solución a todo, pero es infinitamente mejor que la alternativa que nos quieren vender.

De hecho, el mayor riesgo del Estado de bienestar es que muera de éxito. Nos ha apoltronado de tal manera que asistimos impasibles a los ataques, o más bien el asedio que sin derribarlo lo va minando poco a poco sin que nadie lo defienda. Que es tanto como decir sin defendernos a nosotros mismos.

Publicado originalmente en facebook el 07/05/2011