lunes, 30 de enero de 2012

Las reglas del juego

Un sencillo juego para dos jugadores consiste en disponer una serie de palillos sobre la mesa, normalmente veintiuno, aunque el número se puede modificar sin alterar el juego. Cada jugador, por turnos, debe retirar uno, dos o tres palillos, gandando la partida el que retira el último. El juego es trivial, y cualquiera se da cuenta enseguida de que el jugador que comienza puede ganar siempre, basta con dejar un palillo más que un múltiplo de tres. Sin embargo puede ser entretenido para niños pequeños, incapaces aún de este sencillo razonamiento aritmético.

No hace mucho que, durante una sobremesa, se lo propuse a una niña de siete años para entretenerla un rato. Normalmente cuando juego a éste o a otros juegos con niños de poca edad les dejo ganar, pero sin ponérselo demasiado fácil, y ganándoles alguna partida de cuando en cuando. La cuestión es que después de unas pocas partidas, la niña me propuso su propio juego, cambiando el número de palillos inicial y los que cada jugador podía coger en su turno. Obviamente eso no altera la naturaleza del juego, la estrategia sigue siendo dejar un palillo más que los múltiplos del número máximo de palillos que se pueden coger. Decidí no dejarle ganar aquella partida y, cuando ya quedaban pocos palillos y entendió que iba a perder, pensó que después de todo era mejor que las reglas fueran de otro modo. Naturalmente le dije que las reglas las había puesto ella misma y no podía cambiarlas a media partida para ganar siempre, lo que fue confirmado por su madre. Sentencia inapelable.

Hoy estuve leyendo el suplemento dominical sobre economía del periódico, que dedica hasta cuatro artículos a la deuda pública, el déficit y la equivocada política de austeridad. Ya estaba a punto de escribir una entrada sobre el tema con argumentos, datos y cifras, cuando me acordé de la pequeña e intrascendente anécdota que acabo de contar. ¿Por qué? Porque me gustaría jugar una partida con la señora Angela Merkel y explicarle que las reglas deben cumplirlas todos los jugadores. Como si fuera una niña de siete años.

sábado, 28 de enero de 2012

La crisis y el mercado laboral

Supongamos que circulo con mi coche por encima del límite de velocidad y sin cinturón de seguridad, y en una curva me salgo y me estampo contra un árbol. Al no llevar puesto el cinturón de seguridad me rompo la cabeza contra el parabrisas, mientras que de llevarlo puesto solo habría sufrido heridas leves. Obviamente la causa del accidente es el exceso de velocidad. No abrocharme el cinturón es una circunstancia que agrava las consecuencias del accidente, pero de ningún modo su causa. El cinturón es, desde luego, una excelente medida de precaución, pero si alguien pretendiese hacernos creer que evitará que tengamos accidentes pensaríamos que es tonto o nos toma el pelo.

Pues esto mismo, salvando las distancias, es lo que algunos parecen querer que creamos con respecto a la crisis, el desempleo y el marco jurídico laboral. Se nos repite hasta la saciedad que el mercado laboral español es muy rígido y que esa es la causa de la insportable tasa de paro, y que reformar el mercado laboral hará que vuelva a crecer el empleo. La mentira es tan burda que no alcanzo a comprender cómo se puede mantener tanto tiempo. Lo cierto es que el crecimiento del empleo de que tanto presumía Aznar, y Zapatero en su primera legislatura, se logró con un mercado laboral, se supone, más rígido que el actual. Lo cierto es que se han emprendido sucesivas reformas para flexibilizarlo, es decir precarizarlo, y el paro no solo no ha disminuido sino que no deja de aumentar. Lo cierto es que ninguna de las nuevas medidas que se tomarán (porque se tomarán) en este sentido resolverá el problema del desempleo. Porque la causa del desempleo es la crisis, en la que nada tiene que ver el marco laboral.

Si el mercado laboral es o no rígido y si es conveniente reformarlo y en qué sentido es algo que merece la pena analizar y discutir. Mi humilde opinión, que no voy a justificar hoy, es que no es el más adecuado y que sí debe reformarse, pero no en el sentido en que se está haciendo. Pero esa es otra cuestión; lo que importa ahora es que, como el cinturón de seguridad, el marco jurídico laboral es una circunstancia que agrava las consecuencias de la crisis, pero no es su causa.

Si queremos salir de esta crisis tenemos que atajar sus causas, que estas no son otras, a grandes rasgos, que la desregulación del mercado financiero internacional y la burbuja inmobiliaria. En definitiva dos modos de economía especulativa. Y hay que ser realistas, ninguna de las dos se solucionará a corto plazo.

lunes, 23 de enero de 2012

El futuro de la monarquía

Advertía ayer que posiblemente hablaré en más de una ocasión del libro que estoy leyendo, La España que necesitamos (Almuzara, 2011). Hasta ahora he leído poco más que los dos artículos introductorios y el primer capítulo, que lleva por título Las grandes reformas legales, entre ellas, la de la Constitución. Contiene este capítulo una brevísima introducción de uno de los editores y cinco artículos que firman Manuel Jiménez de Parga, José Bono, Carmen Enríquez, Lorenzo Abadía y Julio Feo.

Es interesante el de Jiménez de Parga sobre el modelo territorial, que como jurista que es comenta en torno a una sentencia del Tribunal Constitucional. Resulta voluntarioso el de José Bono en su afán de abarcar todas las grandes reformas que a su juicio son necesarias. Breve y contundente el de Lorenzo Abadía, partidario sin ambages de un nuevo proceso constituyente. Más breve aún pero mucho menos contundente es el que firma Julio Feo, sin pronunciarse, sobre la monarquía. Sí se pronuncia, y con toda claridad, la autora del quinto artículo, titulado La monarquía del futuro y firmado por Carmen Enríquez.

Admito que ese nombre me era desconocido hasta que leí el artículo. Según la brevísima reseña que lo acompaña es licenciada en historia y titulada en periodismo, ha sido corresponsal de Televisión Española ante la Casa Real, es autora de un libro sobre el rey y coautora de otro sobre los príncipes. Se la supone por tanto conocedora directa y cualificada de la institución y sus representantes actuales.

El artículo no deja ningún lugar a dudas sobre su opción personal por la monarquía; lo que realmente me ha llamado la atención y me parece digno de comentario es la debilidad de la argumentación, sobre todo por que es bastante común entre los partidarios de esta institución.

No sé si merece la pena comentar la curiosa afirmación de que la postura monárquica es defendida, y cito palabras textuales, por personas más maduras y de mayor nivel intelectual, que los indiferentes son  personas de nivel intelectual medio o bajo, y los republicanos, siempre textualmente, personas de menor edad que no saben valorar el papel crucial que desempeñó el rey Juan Carlos. Cierto es, y no se abstiene de mencionarlo, que según el CIS los menos monárquicos son los jóvenes, pero de ahí a afirmar que los monarquicos son cultos y los republicanos ignorantes media un abismo. Más aún teniendo en cuenta que si algo no le ha faltado a la generación más joven es acceso a la información y la cultura. Que sean precisamente estos jóvenes los más partidarios de la república es algo que debería preocupar, y mucho, a los monárquicos.

Esta argumentación no puede ser más burda, pero no deja de ser secundaria dentro del artículo. La verdadera argumentación en favor de la monarquía la centra en las cualidades de sus actuales representantes, el rey Don Juan Carlos y el príncipe Don Felipe. Y ahí radica su verdadero error y el de muchos monárquicos, porque esto es, si se me perdona la expresión, confundir el culo con las témporas. Lo que se cuestiona no es la capacidad de las personas que actualmente representan a la institución, sino la institución misma.

Al menos yo no cuestiono ni he cuestionado nunca los méritos de Don Juan Carlos, a quien tengo sincero respeto. Los méritos y cualidades de Don Felipe están por demostrar, pero no tengo razón alguna para ponerlos en duda. Sin embargo nada de eso tiene que ver con lo que se cuestiona, que es la conveniencia, la idoneidad y la razón de ser de la institución monárquica. Los méritos de un rey no justifican la monarquía, puesto que el trono se hereda pero las cualidades personales no. Carlos III pasa por haber sido un buen rey, el reinado de su hijo fue un desastre y su nieto pasa por haber sido el peor rey que ha tenido este país. El de su bisnieta acabó en una revolución. Tampoco los méritos de Don Juan Carlos garantizan los del Príncipe de Asturias y mucho menos los de la infanta Leonor. Ni siquiera garantizan, en rigor, que el propio rey siga ejerciendo en el futuro sus funciones con la misma profesionalidad que hasta ahora.

Claro que se podría decir lo mismo de la república: los méritos de un presidente no justifican la institución. Pero eso sería ignorar la diferencia sustancial de que la presidencia no se hereda. A un presidente lo elegimos, acertadamente o no, por los méritos y cualidades que le sabemos o le suponemos. E igual que lo elegimos lo apartamos del poder si no cumpliese nuestras expectativas.

Paso por alto (aunque en realidad no lo haga) que la autora califique la preferencia que en la sucesión se otorga, en el mismo grado y línea, al varón sobre la mujer de antigualla impresentable y vergonzosa que debe ser inmediatamente corregida, siendo así que no tiene objeción alguna al hecho de que la jefatura del Estado sea hereditaria.

En definitiva, la conclusión del artículo es que la supervivencia de la monarquía depende de que cada nuevo rey o reina sea capaz de ganarse el respeto y la confianza de los ciudadanos. Y esto es lo verdaderamente llamativo, que tantos monárquicos pretendan justificar la monarquía en los méritos de sus representantes. Flaco favor le hacen a la institución con semejante argumento, ya que en realidad significa condenar a la monarquía a su desaparición: tarde o temprano habrá un heredero que no lo consiga.

ENTRADAS RELACIONADAS:

La España que necesitamos

domingo, 22 de enero de 2012

La España que necesitamos

El pasado lunes fui a un centro comercial para comprar un artículo de cocina. Una vez elegido y antes de pasar por caja me di una vuelta por la sección de libros y música, lo que es prácticamente un hábito cuando voy solo a este tipo de lugares. Un mal hábito, porque siempre acabo llevándome algo que no tenía intención de comprar. Este lunes fue un libro, que después de hojear rápidamente me pareció prometedor. Lleva por título "La España que necesitamos", y por subtítulo "Del 20N a 2020". Lo edita Almuzara, y en la portada una brevísima descripción indica su contenido: 130 españoles notables escriben sobre nuestro futuro.

Se trata de una obra colectiva, surgida de la iniciativa de un grupo de profesionales de distintas ramas y editada y coordinada por los periodistas Fernándo Jáuregui y Manuel Angel Menéndez. Pidieron a más de un centenar de personas relevantes en el mundo de la política, la economía, el derecho o la cultura que escribieran sus opiniones sobre los problemas de España y sus posibles soluciones, con el horizonte temporal de una década.

Los mismos editores explican en el prólogo el proyecto y su intención, que no es otra que abrir un gran debate y recabar ideas que permitan, y estas son sus palabras, hacer un país mejor a corto plazo. Declaran también que en la selección de colaboradores no buscaron representaciones paritarias ni políticamente correctas, sino más bien una tormenta de ideas. Y prometen que la iniciativa no será única, que habrá nuevas ediciones.

Me parece una iniciativa tan loable como necesaria. Esto es lo que me lleva hoy, contra mi constumbre, a escribir sobre este libro e incluso recomendarlo sin haberlo leido completo. En estos seis días no he leído, de hecho, más que ochenta de sus ochocientas páginas, pero me han convencido de que la lectura merecerá la pena. Es probable, por cierto, que vuelva a escribir sobre él en más de una ocasión para comentar alguno de sus artículos. Tan probable que en realidad ya iba a escribir hoy sobre su primer capítulo, pero me ha parecido oportuno hablar antes sobre el libro en su conjunto.

La obra se estructura en veinte capítulos en los que los artículos se agrupan por temas. A ellos se añaden dos artículos introductorios firmados por José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy Brey, entonces respectivamente presidente del Gobierno y lider de la oposición, el prólogo de los editores y un epilogo que firma Eduardo Serra. El número de los colaboradores es demasiado grande para recoger aquí todos sus nombres. Hay, a modo de ejemplo, personalidades de la política tan dispares como Cayo Lara o Luis de Guindos, periodistas como Luis María Anson, economistas como Juan Torres, líderes sindicales como Ignacio Fernández Toxo, empresarios, juristas...

El libro tiene, claro está, una limitación evidente. La necesaria brevedad de los artículos no permite a cada uno de los colaboradores explayarse en un análisis profundo y detallado, y tampoco muestran todos el mismo grado de implicación y compromiso. No es ésa, en todo caso, la intención de la obra, lo que no impide que esta limitación se vea compensada por las prometidas nuevas ediciones.

jueves, 19 de enero de 2012

Notas al pie

A todo el mundo le habrá ocurrido alguna vez que, al dejar discurrir libremente los pensamientos, haya acabado preguntándose "¿cómo se me ha ocurrido pensar en esto?" y no haya sido capaz de reconstruir su propia cadena de pensamientos. En uno de sus relatos, puede que La carta robada, Edgar Allan Poe utilizó este recurso para que su Auguste Dupin se luciera reconstruyendo la cadena de pensamientos de su amigo. Tiempo después lo volvería a utilizar Sir Arthur Conan Doyle, creo que en Estudio en escarlata, para burlarse de Poe y su personaje por boca de Sherlock Holmes.

Creo que ni Holmes ni el chevalier Dupin serían capaces de deducir por qué absurda cadena acabé pensando hoy, mientras descansaba más dormido que despierto, en las notas que pueblan muchos libros. Notas del traductor, del editor o de algún comentarista que sin duda las consideraron necesarias, útiles y pertinentes. Y normalmente lo son, pero a veces también me producen cierto fastidio por su exceso.

Me ocurre, por ejemplo, con la edición que tengo del Quijote, por lo demás muy buena pero excesivamente poblada de notas no siempre pertinentes. Así, nada más comenzar el libro y tras la celebérrima frase "En un lugar de La Mancha..." el editor se creyó en la necesidad de incluir una nota para discutir qué lugar pudiera ser ése, lo que tendrá sin duda interés para eruditos y analistas de la obra cervantina, pero ninguno para mí, que me conformo con la deliberada vaguedad de Cervantes. El problema es que, como me confieso incapaz de ignorar las llamadas, acabo perdiendo la paciencia y dejando la lectura, con lo que nunca he llegado a leer entera la que se supone obra cumbre de nuestra literatura. Tendré que comprarme una edición sin anotar, supongo, para remediar tan grave falta.

Aún más absurdas, si cabe, son las notas que me encuentro en Alicia a través del espejo, que si no fueran suficientemente fastidiosas por su abundancia, lo serían por su engorrosa extensión y su absoluta obviedad. Por ejemplo, cuando la Reina Roja le ofrece una galleta a Alicia para calmar la sed el traductor incluye una nota para aclarar que, como se trata de un mundo al revés, cuanto más seco sea el producto, más le calmará la sed. ¿Quién puede necesitar semejante aclaración?

Un caso que me hace sonreir cuando lo pienso es el de La biblia en España, de George Borrow. En este caso no porque las notas no sean útiles, que lo son, sino porque en este libro Borrow relata su experiencia difundiendo en nuestro país la Biblia "descargada de notas". Que su libro incluya un no pequeño número de notas del traductor y del editor además de una extensa nota preliminar, aunque útil y de agradecer, no deja de ser paradójico.

El caso es que, pensando en estas trivialidades, me dio por pensar en este modesto blog que escribo e imaginarlo como una colección de notas al pie. Notas al pie de los libros que he leído, notas al pie del discurso de nuestros gobernantes, notas al pie de las opiniones de amigos, conocidos y desconocidos, notas al pie de otras notas al pie. Y como las que yo me encuentro en los libros, parecerán estas humildes notas a quienes las leen innecesarias, impertinentes, obvias, absurdas y alguna, quizá, útil, interesante o simplemente curiosa.

Si ésta última os ha parecido cuando menos entretenida habrá merecido la pena escribirla. Y si no, de todos modos tampoco tenía nada mejor que hacer.



martes, 17 de enero de 2012

Manuel Fraga y Dionisio Ridruejo

Cada vez que publico una nueva entrada en este blog la comparto en en las redes sociales de las que formo parte, en particular en facebook, donde algunas personas tienen a veces la amabilidad de compartir aquellas que les parecen interesantes o de dejarme algún comentario, cosas ambas que agradezco. Ayer recibí dos comentarios, amistosos reproches en realidad, a raíz de lo que escribí sobre la muerte de Manuel Fraga.

David, a quien tengo un gran afecto por la simple razón de que es mi sobrino, me dejó el primer comentario para señalar que no me había pronunciado sobre las responsabilidades de Fraga en el franquismo. En sus palabras, que no me mojo, lo que es evidentemente cierto. Respondí que hubiera tenido sentido "mojarme" cuando estaba vivo, no después de muerto. Esto me valió un segundo comentario de Manuel, cuya opinión siempre me merece respeto, y que me dice que la verdad tiene sentido siempre. Y también esto es cierto. Naturalmente ese no mojarme fue una decisión deliberada, que hoy explico y rectifico.

La verdad tiene sentido siempre, y doy en ello mi más absoluta conformidad a la opinión de Manuel. Pero en este caso no se trata de la verdad, sino de un juicio moral sobre la vida y las obras de un hombre. Son cosas distintas. La verdad en este caso es conocida o puede serlo por cualquiera que tenga interés en conocerla, lo que es muy diferente del juicio moral que queramos hacer de esa verdad. Y ese juicio, como señalaba ayer, lo hemos hecho ya todos y cada uno de los españoles para absolver, condenar, perdonar u olvidar, según las convicciones de cada cual. El juicio definitivo lo harán, como también señalaba ayer, el tiempo y los historiadores, y sospecho que la sentencia será el olvido.

¿Y cuál es mi personal sentencia? Para dictarla tengo que partir de lo obvio: que la vida política de Fraga se divide en tres perídos muy diferentes. Imposible condenarlo por su trayectoria en la etapa constitucional, que es perfecta y absolutamente legítima porque así lo decidieron los ciudadanos. Podremos hacer una valoración política de sus errores y aciertos, como lo haríamos con cualquier otra persona con responsabilidad de gobierno, pero nada más.

Más difícil es valorar su papel en el período de la transición. Entre el rupturismo y el reformismo se optó, para mal y para bien, por lo segundo, y que Fraga contribuyó a establecer y consolidar el actual régimen democrático es algo que no le han negado ni sus adversarios. Si lo hizo por convicción o por oportunismo político es una cuestión que solo sabía él mismo y tal vez sus más íntimos allegados. Mención aparte merece su actuación como ministro de la gobernación, durante la que se produjeron los sucesos de Montejurra y Vitoria, con varios muertos y heridos. Hasta donde yo sé, tan solo existe un testimonio indirecto y de dudosa fiabilidad de que Fraga tuviese conocimiento de lo que se preparaba en Montejurra. Llamarle, como algunos hacen, "asesino de Montejurra" con tan débil indicio me parece olvidar uno de los más básicos principios de la justicia, la presunción de inocencia. Lo que no excluye su responsabilidad política por no haber sabido, podido o querido actuar con contundencia contra el extremismo de derecha ni depurar las fuerzas de orden público. Responsabilidad, por cierto, compartida.

La verdadera cuestión está en la etapa de Fraga como político relevante de la dictadura del general Franco, y la parte que le toca en la represión y, en particular, en la ejecución de Julián Grimau. Los hechos son conocidos. Grimau fue condenado por un tribunal militar en virtud de una ley elaborada durante la guerra para reprimir a los republicanos. La pena podía ser conmutada por el dictador, y por voluntad de éste se sometió la decisión a votación en consejo de ministros, aprobándose la ejecución por unanimidad. La responsabilidad de aquel voto favorable sí le cabe a Manuel Fraga, así como el haber justificado reiteradamente la ejecución y el no haberse retractado jamás de tal decisión. Y le cabe, más allá de una muerte en concreto, la responsabilidad de haber sido parte activa en un régimen en que tal cosa no solo era posible, sino asumida como parte normal del ejercicio del poder.

Tal vez el nombre de Dionisio Ridruejo ya no les suene a muchos, y quienes sepan quién fue tal vez se pregunten qué relación tiene con Fraga. Miembro de la Falange desde 1933, combatiente y director general de propaganda del bando rebelde, combatiende después en la División Azul, Ridruejo, desencantado con el régimen que veía instaurarse en España, dimitió de sus cargos, rompió toda relación con el régimen y acabó formando parte de la oposición democrática, lo que le valió la prisión y el exilio. Hasta aquí el paralelismo con Fraga, como converso del fascismo a la democracia. Dos puntos los diferencian, uno es que Fraga no se convirtió sino hasta la muerte del dictador. El otro es que Ridruejo, al contrario que Fraga, sí hizo público examen de conciencia. Y ésta fue su sentencia, que plasmó en su libro "Escrito en España":
Nadie que haya militado en una causa terrorista es inocente del terror, aunque personalmente se haya abstenido de él y aunque en su intimidad -e incluso en el ámbito de sus relaciones oficiales- lo haya condenado.
Decía ayer que, como católico, Manuel Fraga esperaría ser juzgado por Dios, y supongo que también esperaría ser absuelto el día del juicio. A mí me enseñaron de niño, cuando la enseñanza de la religión católica era aún obligatoria, que para que nuestros pecados nos fueran perdonados las dos primeras condiciones eran el examen de conciencia y el dolor de los pecados. Dos pasos que, aún con lo que tiene de autojustificación, supo dar Dionisio Ridruejo, pero que nunca dio, al menos públicamente, Manuel Fraga Iribarne.

Mucho me temo, por tanto, que su Dios no lo absuelva. Cuál sea la sentencia del otro gran juez de los gobernantes, la Historia, no lo sé. Pero imagino, como he mencionado más arriba, que será el olvido.

ENTRADAS RELACIONADAS:

Manuel Fraga Iribarne

lunes, 16 de enero de 2012

Manuel Fraga Iribarne

A estas alturas no habrá español que no se haya enterado del fallecimiento de Don Manuel Fraga Iribarne. Dado que desempeñó un papel relevante en la política española durante décadas, en los próximos días veremos publicados un buen número de reseñas biográficas y de comentarios, laudatorios, condenatorios o pretendidamente ecuánimes. Yo no haré ninguna reseña sobre su biografía, que está al alcance de cualquiera. Me sumo, eso sí, a los comentarios porque la relevancia pública del fallecido lo merece, pero el mío no será ni laudatorio ni condenatorio, ni siquiera ecuánime. ¿Para qué? Dudo que haya alguien que no tenga ya formada su opinión.

De la actuación de Don Manuel durante el franquismo no podría dejar escrito aquí más de lo que otros han escrito ya, puesto que no lo viví. Yo era un niño de pocos años cuando murió el general Franco, y aquellos últimos años de la dictadura no son para mí más que un vago recuerdo de infancia. En mi mente infantil el general era el hombre que mandaba en España, y la palabra legitimidad no estaba aún en mi vocabulario. Del día que falleció tan solo recuerdo que no fui al colegio. El nombre de Fraga ni lo conocía, y no guardo recuerdo alguno de lo que se dió en llamar aperturismo, ni del proceso de Burgos, ni de la muerte de Grimau, ni de ninguno de los hechos de aquellos años que se imputan en su debe o en su haber.

De la transición sí tengo recuerdos: los referendos sobre la ley de reforma política y de ratificación de la Constitución, las primeras elecciones, la victoria de Suárez, su dimisión o la intentona de Tejero. Recuerdo los hechos, pero solo años después comprendí su verdadera dimensión y significado. No sé ni tengo especial interés en saber cuál fue el papel de Don Manuel en la redacción de la Constitución, cuáles de sus virtudes y defectos podemos imputarle. Tampoco si la Alianza Popular que él fundo pretendía ser el Partido Popular que hoy nos gobierna.

Del resto de su trayectoria política solo puedo decir que nunca fue santo de mi devoción. Nunca le voté al él ni a su partido, ni me gustaban su ideología ni su manera de hacer política. Pero gobernó porque así lo decidieron los ciudadanos con sus votos, y aceptarlo forma parte de las reglas de la democracia. Ahora soy adulto y la palabra legitimidad sí está en mi vocabulario.

Tal vez tengan razón quienes lamentan que no fuese juzgado por su responsabilidad como ministro de Franco, o tal vez no. Comprendo la frustración de quienes fueron o creen haber sido víctimas porque no se les haga justicia, pero para bien y para mal la democracia se asentó en España al precio del olvido y la renuncia. Renuncia de unos a enjuiciar a Santiago Carrillo y de otros a exigir responsabilidades a Manuel Fraga.

Como católico, Don Manuel esperaría ser juzgado por Dios. Sin duda lo será por el tiempo y los historiadores. A mí nadie me ha pedido que me erija en juez, ni tengo el ánimo para ello.

Descanse en paz.

ENTRADAS RELACIONADAS:

Manuel Fraga y Dionisio Ridruejo

sábado, 14 de enero de 2012

La democracia es la solución

Acabo de terminar la lectura del libro Egipto: las claves de una revolución inevitable, título poco afortunado que a mi entender no refleja el contenido del libro, una recopilación de artículos publicados en la prensa egipcia en los años previos a la revolución por Alaa al Aswany. Nacido en El Cairo en 1957, estudió odontología en la universidad de El Cairo y completó su formación en la universidad de Illinois, compaginando esta profesión con una exitosa actividad como novelista y con la publicación de artículos en la prensa egipcia.

Cuarenta y cinco de estos artículos se recogen en este libro agrupados, ignoro si por decisión del autor o del editor, en tres partes bajo los epígrafes "La presidencia y la sucesión", "El pueblo y la justicia social" y "Libertad de expresión y represión del Estado", dentro de cada uno de los cuales los artículos se ordenan cronológicamente. Naturalmente los artículos no estaban originariamente destinados a un público occidental, sino a los lectores egipcios; pero eso, lejos de dificultar su comprensión, estimo que le da un interés añadido puesto que ninguna consideración sobre la opinión que pudiera despertar en Occidente condicionó al autor. Aunque después de haberlo leído estoy convencido de que tampoco le hubiera condicionado saber que acabarían siendo leídos en Europa.

El libro no es, por tanto, el sesudo ensayo que el título pudiera dar a entender, sino una serie de análisis breves y sencillos sobre los problemas políticos, sociales y económicos de Egipto, a los que da respuestas igualmente breves y sencillas. Ofrece en realidad una única respuesta común a todos los análisis. Salvo los cinco más antiguos, todos los artículos terminan con idéntica frase: la que he dado por título a esta entrada.

Eso me lleva a la opinión, que a veces se expresa tan alegremente, de que el islam es incompatible con la democracia. Yo sé muy poco del islam, casi nada, pero siempre me he negado a creer que eso fuera cierto. Los artículos del doctor Al Aswany me lo confirman. En todos y cada uno de ellos se aprecia una sincera religiosidad, pero también un profundo e inequívoco compromiso con la democracia; se muestra tan preocupado por la difusión del wahabismo en el mundo árabe como en Europa podríamos estarlo por la reinstauración de los autos de fe, y no solo no considera que haya incompatibilidad alguna entre islam y democracia, sino que de todo el libro se desprende la opinión de que privar a los pueblos de la democracia es pecado. En sus palabras:

[...] la esencia del islam es la defensa de la verdad, la justicia y la libertad, de modo que todo lo demás es menos importante. [...] Cuando nos convenzamos de que la injusticia invalida el ayuno y seamos conscientes de que recuperar nuestros derechos usurpados es más importante que mil postraciones durante las oraciones del Ramadán, sólo entonces habremos alcanzado la comprensión correcta del islam, pues el verdadero islam es la democracia.
Especial mención merece una de las mayores críticas que desde el occidente se hace al islam: la posición de la mujer y su sometimiento al varón. Esta críticia supone ignorar que la mujer ha tenido que luchar por sus derechos en todo el mundo y no solo en las sociedades islámicas. Esto no lo dice el doctor Al Aswany sino yo, lo que sí dice es que prácticas como el uso del niqab (y no digamos otras peores) son ajenas al islam, y que la opresión contra las mujeres no empezó hasta que los musulmanes entraron en períodos de decadencia. Ignoro si tal afirmación es históricamente cierta, pero sí sé que tiene toda la razón cuando afirma:

Cuando consideremos a la mujer como un ser humano con voluntad, moral, dignidad y personalidad independiente; cuando reconozcamos sus derechos que el islam avaló; cuando confiemos en ella, la respetemos y le demos la plena oportunidad de recibir educación y poder trabajar; sólo entonces se alcanzará la  virtud.
Espero sinceramente que el camino que ha emprendido Egipto le lleve a un futuro libre y próspero, y que los sueños del doctor Al Aswany y de millones de sus compatriotas se vean cumplidos.

La democracia es la solución.

miércoles, 11 de enero de 2012

Autocrítica de Rodríguez Zapatero

Después de un período sin apenas entrar en Internet, he echado un vistazo rápido a los pocos blogs que sigo con cierta regularidad, entre ellos Palinuro, que podéis encontrar en la columna de la derecha. Entre los artículos recientes de este blog me ha llamado la atención y he leído uno que lleva por título Autocrítica de Rodríguez Zapatero, que contiene un texto remitido por el propio ex-presidente a Palinuro al que quisiera hacer algunos comentarios.

No quiero, desde luego, hacer leña del árbol caído. Tuvo que gobernar, en su segunda legislatura, en unas circunstancias realmente difíciles y frente a una oposición que no estuvo, ni con mucho, a la altura que habría cabido esperar. Si el Sr. Rodríguez Zapatero hubiese cesado tras su primer mandato, a buen seguro no habría resultado tan zarandeado. Pero lo que mide la altura de un político no es lo que hace en tiempos de bonanza, sino en tiempos difíciles. No recuerdo quién dijo que los generales ganan la gloria en el campo de batalla y no están hechos para brillar en la paz. Pues las crisis son el campo de batalla de los políticos, y en ellas ganan o pierden el prestigio.

No comentaré todos los puntos en que D. José Luis estructura su escrito, todos los puntos en los que cree haber acertado o errado. Sabido es que rara vez somos buenos jueces de nosotros mismos y cada cual tendrá su opinión sobre si esta autocrítica es, como dice al final, justa. Tan solo un par de cuestiones.

Una, sobre el apartado referido a las autonomías, donde dice "Probablemente me precipité al afirmar que en Madrid se aprobaría el texto que enviara el Parlament, pero lo hice de buena fe". Yo diría que se precipitó con toda seguridad, y que no cabe escudarse en que actuó de buena fe ¡Faltaría más! La buena fe se le supone al político como al soldado el valor. Pero una cosa es actuar de buena fe y otra pecar de ingenuo y no medir las consecuencias de lo que se hace o dice. Tampoco cabe acusar de obstruccionismo al PP por inteponer recursos de inconstitcinalidad. Si consideraban que el texto era contrario a la Constitución, y recordemos que el mismo Consejo Consultivo de Cataluña planteó serias dudas, recurrir al Tribunal Constitucional era, de hecho, su obligación.

En segundo lugar, en el apartado dedicado a la crisis económica, admite haber tardado demasiado en reconocer la gravedad de la crisis. Y se queda muy corto, lo que hizo fue negar la misma existencia de la crisis tanto tiempo como le fue posible, era una simple desaceleración. Cuando ya no pudo negarla, afirmó que estabamos en mejor situación que nadie para superarla, erró ,por la forma y la cicatería, con las medidas de estímulo, se empeñó en ver brotes verdes donde nadie más los veía, para acabar adoptando políticas de recortes sin hacer nada en los ingresos, salvo recuperar, y aún eso provisionalmente, un insuficiente impuesto sobre el patrimonio. Muy, muy corto se queda el Sr. Rodríguez Zapatero en este apartado. Y aún considera que su tardanza en reconocer la gravedad de la crisis es comprensible, porque se resistía a creerlo. Pues no, no es comprensible al menos para mí. De quien tiene la responsabilidad de gobernar una nación se espera que sepa reconocer los hechos, no que se empeñe en negarlos, máxime considerando que fueron muchas y acreditadas las voces que se lo dijeron y que no fueron escuchadas.

Sorprende también que en todo el escrito no haya una sola mención a la reforma constitucional. Deduzco que no la debe de considerar un acierto, pues no se abstendría de mencionarlo como menciona otros aspectos en que cree, con razón o sin ella, haber obtenido grandes logros. Pero tampoco la menciona como el gravisimo error que yo creo que es. Tal vez se deba a que no lo considera un asunto relevante ni digno de mención. Después de todo, no la consideró lo suficientemente importante como para someterla a referendum.

Y sorprende, sobre todo y para terminar, que a pesar de todos los errores que él mismo reconoce considere, en su primer párrafo, que deben felicitarse y que no encuentre o no mencione otro coste de sus errores que haber perdido las elecciones. Aún considerando que el escrito estaba destinado al propio PSOE me sorprende, y mucho, que tampoco considere digno de mención el coste para el país y sus ciudadanos.