jueves, 31 de enero de 2013

Otra vez la corrupción

Desde el pobre hasta el rico, todo el mundo consume y devora la hacienda del rey: los unos, a pequeños bocados; la nobleza, a boca llena; y en cuanto a los grandes en cantidades fabulosas.
Givoanni Cornaro, embajador de Venecia en Madrid en 1681-1682
Otra vez la corrupción, y van... ¿cuántas? He perdido la cuenta. Esta vez se trata del señor Bárcenas y los sobresueldos, que salpican a la cúpula dirigente del Partido Popular, incluidos los miembros del Gobierno con el Presidente a la cabeza. Y la respuesta es la habitual: negarlo todo. Que exista la evidencia de las cuentas en Suiza, que uno de los implicados haya reconocido la autenticidad de los pagos, que haya cientos de políticos imputados en casos de corrupción por todo el país no importa. Son naderías, excepciones sin importancia. Aquí no pasa nada, la corrupción no existe y todo lo más hay algún que otro descarriado.

Eso sí, esta vez el PP va más allá en su estrategia de negación, no se conforman con el "me enteré por la prensa" de don Felipe González. El Partido Popular anuncia a bombo y platillo una auditoría externa de sus cuentas como si los pagos irregulares fueran a aparecer en la contabilidad. Insisten machaconamente en que el PP nunca ha sido condenado por financiación ilegal como si no supieran que si no hay condenas en ciertos casos es porque han prescrito, cosas de nuestro asombroso Tribunal de Cuentas, que tarda en examinarlas un año más de lo que tarda en prescribir el delito. Ahora anuncian que harán públicas sus declaraciones de impuestos y, la verdad, me voy a reir un rato si resulta que hay alguno lo bastante estúpido como para haber declarado el dinero negro.

Nos toman por gilipollas y es probable que lo seamos. ¿Ahora nos echamos las manos a la cabeza? Como si no lo hubiéramos sabido desde hace mucho. Al parecer carecemos de memoria y nos hemos olvidado de Filesa, Matesa, Gurtel, Gescartera, PSV, Malaya, Campeón, Vera, Barrionuevo, Juan Guerra, Luis Roldán, Jaume Matas, Francisco Camps, los EREs, etc. O bien no hemos perdido la memoria, sino el sentido común ¿qué esperaban los que dieron su voto al PP de Valencia? No es que no lo supieran, es que no lo quisieron saber.

A pesar de todo no quiero decir que el nuevo escándalo me sea indiferente o que no me indigne. Claro que me indigna, pero no me sorprende. Y me alegro, desde luego, de que la mierda vaya saliendo a la luz, a ver si nos acabamos de enterar de que vivimos instalados en ella y nos decidimos a hacer limpieza. Pero me temo que no sea así, que esto acabará como siempre. Con suerte algún cabeza de turco se verá obligado a dimitir para ser fichado por una gran empresa, y con mucha suerte algún pardillo será condenado para ser posteriormente indultado.

Nada se va a solucionar mientras nos limitemos a pedir dimisiones, y los pactos anticorrupción me darían risa si no fuéramos nosotros los paganos de la broma. Porque no es cuestión de que tal o cual político sea corrupto, sino de que un político corrupto pueda ocupar un cargo público. No es lo mismo. No se trata de que el señor ministro don Fulano Pérez sea más o menos honorable, sino de cómo una persona deshonesta puede llegar a ser ministro, o diputado, o alcalde o concejal.

Ningún sistema es perfecto, y siempre existirá la posibilidad de que algún jugador de ventaja burle los controles. El verdadero problema es cuando los controles no existen, son insuficientes, inadecuados, o están en manos de quienes tienen menos interés en que funcionen. Volvamos, por ejemplo, a los casos prescritos. El Tribunal de Cuentas tarda cinco años en informar sobre las cuentas de los partidos, mientras que los posibles delitos, de existir, prescriben a los cuatro años. Y ni se reforma el Tribunal para hacerlo más ágil y eficaz ni, como alternativa menos deseable, se amplían los plazos de prescripción. ¡Eso sí es para echarse las manos a la cabeza!

La solución a la corrupción no pasa por una dimisión ni por una condena, sino por una democracia de mejor calidad. Pasa por una verdadera separación de poderes. Pasa por que las cúpulas de los partidos no puedan seguir haciendo y deshaciendo a su antojo, por que podamos no elegir al candidato del que desconfiemos sin tener que renunciar a un proyecto. Pasa porque el feo y el malo no sigan llevándose injustamente la parte de los buenos.

También pasa, y esto es quizá lo más importante, porque todos nosotros entendamos que si votamos a quienes sabemos o sospechamos deshonestos somos también responsables de lo que hagan. Y porque entendamos igualmente que esto seguirá pasando mientras no exijamos las reformas y los medios que lo impidan. Quien crea que la democracia consiste en elegir cada cuatro años entre Pedro y Pablo no ha entendido la democracia, ni a Pedro ni a Pablo. La democracia no es un regalo, tenemos que hacerla nosotros día a día.

domingo, 27 de enero de 2013

Cosas que no cambian

El británico George Borrow (don Jorgito el inglés), realizó un viaje por España entre 1836 y 1840 por encargo de la Sociedad Bíblica, para "imprimir y propagar las Escrituras". Naturalmente las Escrituras ya eran conocidas en nuestro país, y Mr. Borrow se refiere a una traducción sin los comentarios de la Iglesia católica, lo que sí era novedoso. Pero esto no hace al caso; la cuestión es que al regresar a su país escribió y publicó un libro narrando su experiencia, con el título "La Biblia en España". De este libro, y más concretamente de los capítulos dedicados a Galicia, copio estos fragmentos, que no sé si son para reir o llorar.

La verdad es que en ninguna parte he encontrado el sentimiento localista, tan extendido por toda España, tan fuerte como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a los santiagueses les importa poco que las demás ciudades gallegas perezcan. Su antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites.

"Es un lástima que los vecinos de La Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra catedral, como se han llevado nuestro gobierno -decía un santiagués-. Así harían mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se pueda decir misa." "También es gran lástima -decía otro- que no puedan llevarse nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus enfermos pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir de La Coruña que sea bueno?"

- Los tales vigueses -me dijo- pretenden que su ciudad es mejor que la nuestra, y que tiene más títulos para ser capital de esta parte de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás comparar Vigo con Pontevedra?

[...] lejos de tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo el pueblo. [...] Espero, querido amigo, que no habrá hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla de piratas como los de Vigo.

No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público me trató a mí en cuanto le convencí de que no tenía intención de ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra.

Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía que preguntase por el camino de Finisterre [...]
- ¿Van ustedes a Finisterre, cavalheiros?- exclamó.
- Sí, amigo mío -respondí- ¡Allá vamos!
- Entonces van ustedes a un fato de borrachos -replicó- Tengan cuidado no les hagan alguna mala partida.

En fin...