domingo, 27 de noviembre de 2011

La doble vara de medir

No pensaba volver a escribir de momento sobre la crisis de la deuda soberana, más que nada porque ya se ha dicho prácticamente de todo. Me llevan a retomar el tema algunos artículos de prensa que he leído esta semana, que abordan dos cuestiones: la solvencia de España y la actitud de Alemania.

Sobre la primera cuestión es muy interesante comparar las cifras españolas con las de los países que solemos utilizar como referencia. La deuda pública española está hoy por debajo del 70% del PIB, siendo inferior a la de Alemania y la de Francia, que llegan respectivamente al 80% y el 85%. Son niveles perfectamente asumibles, de hecho no son muy superiores a los que teníamos antes de la crisis, cuando nadie ponía en duda nuestra solvencia. Otra cuestión es la carga que el pago de los intereses supone para cada uno de estos países: el 2,2% del PIB en el caso de España, 2,4% en el de Alemania y 2,6% en el de Francia.

A pesar de estas cifras, se cuestiona la solvencia de España y no la de Francia ni la de Alemania. Esto se pretende justificar con dos argumentos: el elevado déficit público español y el incremento de los tipos de interés que debe pagar por su deuda, factores ambos que la hacen aumentar.

Lo primero, naturalmente, es cierto. Un país no puede permanecer instalado en el déficit indefinidamente, la cuestión es cómo y en qué plazo debe España reducir su déficit. Actualmente se le exige una reducción drástica en un plazo muy corto, lo que no me parece que tenga justificación alguna. Muchos analistas coinciden en que no hay razón objetiva para no diferir dos años el cumplimiento del objetivo de déficit. Y es realmente indignante la actitud de la canciller Merkel  a este respecto. Cuando fue Alemania la que incumplió el objetivo de défict del manido pacto de estabilidad, no solo no tuvo consecuencias para este país, que forzó la "flexibilidad" del pacto, sino que se negaron a aplicar las medidas que ahora nos exigen a los españoles. Se negaron con razón, porque unos recortes tan drásticos contraerían la economía y agravavarían el problema en lugar de solucionarlo. La canciller lo sabe, y pese a ello no tiene reparo en condenar a la recesión económica a los países a los que ahora tiene la desfachatez de llamar irresponsables. Y no me sirve en absoluto a justificación de que se enfrentaban entonces al difícil problema de la integración de Alemania del Este, porque el problema que afrontamos ahora no es menos grave ni difícil, con la notoria diferencia de que Alemania eligió voluntariamente la integración y nosotros no hemos elegido ser víctimas de la desregulación financiera.

El segundo argumento, que el incremento de los tipos de interés que España debe pagar por su deuda pone en riesgo su solvencia, es un auténtico sofisma, ya que se supone que esos tipos crecen por la desconfianza en nuestra solvencia. Es decir, la desconfianza en la solvencia de España hace subir los tipos, y la subida de los tipos hace desconfiar de nuestra solvencia. La verdad pura y simple es que no hay ninguna razón real para dudar de la solvencia de España. Esas supuestas dudas las siembran interesadamene los mismos que se benefician de ellas, los buitres que buscan el beneficio a corto plazo gracias a la desregulación de los mercados financieros sean cuales sean las consecuencias. Y también en esto es indignante la actitud de la señora Merkel, ya que hay medidas que pueden tomarse a nivel auropeo y que están siendo bloqueadas por Alemania: la emisión de eurobonos y la intervención del BCE como un verdadero banco central. Estas medidas no solo son reclamadas por los países con problemas, también en esto son muchos los expertos que están de acuerdo, y se han mostrado favorables la Comisión y el presidente Sarkozy, que le ha visto las orejas al lobo. Lo impide Alemania, alegando que animaría a los países con problemas a no cumplir sus obligaciones, las mismas, recordémoslo, que tampoco cumplieron ellos. Pero hay otra razón que frau Merkel se cuida de mencionar, su país se está aprovechando de los problemas financieros de los demás para financiarse ellos mismos prácticamente a coste cero.

La canciller y su partido juegan con fuego, porque este proceso no se detendrá en España. Bélgica, Austria y la misma Francia ya están en el punto de mira de los especuladores. Divide y vencerás, reza la antigua máxima. La manera de enfrentarnos al acoso de los mercados pasa por profundizar en la Unión Europea, por los eurobonos, por un verdadero Banco Central, por la fiscalidad común y en definitiva por una auténtica Unión. La alternativa es el fracaso del proyecto europeo, y con él del modelo social del que hace pocos años presumíamos con justificado orgullo.


martes, 22 de noviembre de 2011

Ministros complacientes

"En los países democráticos un ministro llega a su puesto a través de elecciones limpias, le debe el cargo a los votantes y hace todo lo posible para conservar su confianza y sus votos. Si allí un ministro está en desacuerdo con el presidente, presenta su dimisión de inmediato porque sabe que volverá a su cargo si gana en las siguientes elecciones. Sin embargo, en un sistema autoritario, al ministro no le importa en absoluto la opinión de la gente, pues no ocupa un ministerio debido a su competencia o a su labor, sino por su lealtad al presidente"

El párrafo anterior no es mío. Podría haberse publicado en cualquier artículo de opinión de cualquier publicación española, pero no, lo he copiado del artículo El arte de complacer al presidente, del escritor egipcio Alaa Al Aswany. Se publicó en Egipto el 2 de diciembre de 2009, y el presidente en cuestión era Hosni Mubarak.


lunes, 21 de noviembre de 2011

Sobre el resultado electoral

El Partido Popular ha ganado las elecciones. Este es un hecho incuestionable, dado que es la lista que ha obtenido más votos. Y ante este hecho solo cabe aceptarlo y felicitar a los ganadores. Tienen ahora la mayoría absoluta de ambas cámaras, gobiernan en la mayoría de las comunidades autónomas y en la mayoría de los ayuntamientos. Un poder enorme y una enorme responsabilidad.

Dicho esto, quisiera hacer algunos comentarios sobre los resultados. El primero es que la victoria del PP, aunque contundente, no es tan aplastante como da a entender el reparto de escaños. Obtiene la mayoría absoluta de los diputados, pero no porque haya obtenido la mayoría absoluta de los votos. Ha obtenido el 44,6% de los votos emitidos, que son poco más del 30% del censo electoral. Mayoría, sí, pero relativa. Un ciudadano de cada tres les ha votado, el resto a votado a otros partidos o no ha votado. Es un dato que debe tener en cuenta el Partido Popular a la hora de gobernar.

Además de esto, es de destacar que una vez más se pone de manifiesto lo inadecuado de nuestro sistema electoral, que produce unas mayorías parlamentarias que no se corresponden con la realidad de la sociedad. El Congreso que nos representará los próximos cuatro años no es realmente representativo del sentir de los ciudadanos. Se ve con rotunda claridad en la siguiente tabla. No garantizo la exactitud de los cálculos, ya que la he elaborado de un modo un tanto apresurado, pero un error de un escaño más o menos no importa para lo que quiero señalar.

Las cuatro primeras columnas recogen los resultados de las elecciones y los escaños que cada partido tendrá en el Congreso, la quinta los que realmente le corresponderían en un sistema estrictamente proporcional. Creo que esta tabla habla por sí sola, si el Congreso respondiese realmente a lo que han votado los ciudadanos ningún partido tendría mayoría absoluta. Lo injusto de este sistema se aprecia si consideramos que cuatro partidos se llevan 41 escaños que no les corresponden por votos, que pierden el resto de partidos. El gran beneficiado es el PP, que se lleva 29 escaños de más. Los grandes perjudicados, aparte de los once partidos que se quedan sin representación cuando deberían tenerla, IU y UPD que tienen, entre ambos, 22 escaños menos de los que deberían. Sangrante también el caso de EQUO, que debería obtener tres escaños y no tendrá ninguno.

Por supuesto habrá quien no esté de acuerdo cuando digo que necesitamos una reforma del sistema de circunscripciones y de la ley electoral, quienes piensen que este sistema hace la política más estable. Pero nadie me puede negar el hecho objetivo de que el Congreso no es representativo de la sociedad. Y eso, para mí, es un grave defecto que desvirtúa la democracia. Un ciudadano, un voto. Que el voto de un simpatizante del PP valga en realidad el triple que el de un votante de UPD no es democrático se mire como se mire.

Un comentario más. En días pasados escribí animando a no considerar ningún voto como inútil, y a la vista de los resultados parecerá que me equivocaba. El Partido Popular ha obtenido la mayoría absoluta, algo que muchos queríamos evitar. ¿No habría sido más útil votar al PSOE? Tal vez, pero yo no me arrepiento de mi voto. Me niego a votar a un partido en el que no creo para evitar que gane otro en el que creo aún menos. Me niego a que el resto de partidos, que representan a mucha gente, desaparezcan. Mi voto, que fue para Izquierda Unida, no ha contribuido a darle más escaños. El sistema ha hecho que se perdiera, como los de otros treinta mil ciudadanos que escogieron esta opción en la misma provincia, y como los de varios cientos de miles en toda España. Como los de varios millones que votaron a partidos que deberían estar en el Congreso y no estarán, o estarán con menos escaños de lo que deberían.

Y aún así no me arrepiento. Gracias a esos millones de ciudadanos el PP y el PSOE suman ahora 296 escaños, y no 323. Cierto que ahora hay una mayoría absoluta y antes no la había, ¿estamos peor por eso? Sí y no. Sí porque el PP podrá gobernar si quiere, y esperemos que no quiera, sin escuchar a nadie. Y no porque ahora hay 54 diputados con una visión diferente. Suficientes para impedir, por ejemplo y si se lo proponen, que la Constitución vuelva a ser reformada sin referendum. Suficientes para plantear un recurso de inconstitucionalidad o para proponer (aunque no para ganar) una moción de censura.

Suficientes, en todo caso, para que sus voces no puedan seguir siendo silenciadas los próximos cuatro años. Y suficientes para recordarles a los dos partidos mayoritarios que un ciudadano de cada cuatro ha votado a otras opciones.

Y termino felicitando de nuevo a los vencedores. Espero sinceramente ser yo el equivocado y que sus políticas tengan el mayor de los éxitos.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reparto y capitalización

Hace días, en la entrada Sobre El Debate, hice un comentario sobre la propuesta que el PP lleva en su programa electoral de transformar el sistema de protección por desempleo, actualmente de reparto, en un sistema de capitalización. Añadí que no me parecía oportuno razonar mi opinión en aquella entrada, así que lo hago hoy.

Un sistema de protección es de reparto cuando cada persona no cotiza para sí mismo, sino que los trabajadores activos cotizan para pagar las prestaciones de los perceptores, ya sean desempleados o pensionistas. En España tenemos un sistema esencialmente de reparto. Y digo esencialmente porque no es de reparto "puro". Lo sería si para cada tipo de prestación la cuantía fuese igual para todo el mundo, con independencia de su historial laboral, pero no es así. La cuantía y la duración en el caso del desempleo, están en función de las cotizaciones efectuadas por el trabajador, con unos topes máximos y mínimos. Eso no desvirtúa su carácter esencial de sistema de reparto. Es erróneo el comentario que a veces oimos a los jubilados que creen que "ya lo he pagado". En realidad lo que cotizaron cuando estaban activos sirvió para pagar a los que entonces eran beneficiarios, además de que esas cotizaciones tampoco cubrirían sus pensiones debido al aumento de la esperanza de vida.

El otro gran modelo de protección es el de capitalización, en el que cada trabajador cotiza a lo largo de su vida laboral para sí mismo. Para entendernos, es el sistema de los planes de pensiones privados. En algunos países el sistema de pensiones se basa en este modelo, aunque no sé de ninguno que lo haya adoptado de forma "pura", normalmente tienen también un protección mínima, de subsistencia, que es de reparto.

Ambos sistemas tienen partidarios y detractores. Es obvio que el de reparto es más solidario y, en mi opinión, más justo. Su inconveniente es que requiere un equilibrio entre cotizantes y beneficiarios. El envejecimiento de la población exige un correlativo aumento de la productividad para que el sistema no quiebre. Y no hace falta decir que un desequilibrio brusco en la relación entre cotizantes y beneficiarios, como es un brusco aumento de la tasa de paro, también altera el equilibrio del sistema. En otras palabras, el sistema tiene que ser periódicamente revisado en función de la ratio cotizantes/beneficiarios y la productividad del trabajo.

El sistema de capitalización, claro está, no tiene ese problema ya que cada uno cotiza para sí. El inconveniente es su falta de solidaridad y de justicia, puesto que las personas con menos posibilidades económicas pueden cotizar menos o no pueden cotizar. Es decir, que precisamente las personas más necesitadas de protección acaban siendo las menos protegidas.

Por supuesto todo esto no es más que un simple resumen de la comparación entre ambos sistemas, una simple introducción para explicar por qué no me gusta la propuesta del Partido Popular. Va sin decir que yo soy partidario de los sistemas de reparto, claro.

El sistema de protección por desempleo español es, todavía y básicamente, de reparto. No voy a explicar su funcionamiento ni a discutir sus virtudes y defectos, lo que daría para varias entradas. Basta señalar que, a pesar de lo dicho, tiene elementos comunes con los sistemas de capitalización, ya que la cuantía de la prestación está en función de los últimos salarios y su duración en función del tiempo trabajado en los últimos años. Eso hace que las prestaciones de las personas con empleos precarios, que son las que más tienen que recurrir al sistema, sean de menor duración, y las de los trabajadores peor pagados sean más pequeñas. Son las características que más arriba he señalado como los grandes defectos del sistema de capitalización.

Pues bien, la propuesta del Partido Popular significa agudizar estos defectos transformando el sistema en uno de capitalización puro. La idea resumida es que cada trabajador vaya acumulando un "fondo" personal al que podrá recurrir en caso de perder su empleo. Eso signfica que las personas jóvenes que han trabajado poco tiempo apenas tendrán cobertura por desempleo, ya que no habrán podido engrosar su fondo. Las personas con trabajos temporales y precarios también tendrán una prestación escasa, pues tendrán que recurrir al fondo con frecuencia. Y si las aportaciones se fijan, como cabe esperar, en función del salario, las personas con empleos parciales o mal remunerados tendrán un fondo pequeño y por tanto poca protección. Significaría, repito, agudizar todos los defectos del sistema actual, haciéndolo menos solidario y cayendo en la contradicción inevitable en este tipo de sistema: que las personas más necesitadas de protección sean las menos protegidas.

Salvo que yo haya entendido mal la propuesta del Partido Popular, claro está. Cosa que podría ocurrir perfectamente porque apenas mencionan ni aclaran este punto. De hecho, parece que ponen un gran cuidado en sacarlo a relucir lo menos posible, lo que no hace más que aumentar mi desconfianza. Si de verdad están convencidos de que este cambio sería positivo harían muy bien en explicarlo, pero a cuatro días de las elecciones no parece que podamos esperar esa explicación. Rajoy tuvo una buena ocasión de hacerlo en el debate, y prefirió eludir la pregunta.


martes, 15 de noviembre de 2011

Primas de riesgo y rescates

Oimos hablar mucho últimamente de la prima de riesgo, tanto que parece haberse convertido en la medida de todos los males. Y aunque yo estoy muy lejos de ser un experto en la materia me gustaría hacer un par de comentarios al respecto. Empiezo con una pequeña explicación del concepto, que no es en absoluto difícil de entender.

Cuando un país emite deuda pública, lo que está haciendo es pedir dinero prestado, y naturalmente debe pagar un tipo de interés como cualquiera que pida un crédito. En teoría, se paga un tipo de interés más alto cuando existe un riesgo mayor de impago de la deuda y a la inversa. La prima de riesgo no es más que la diferencia del tipo de interés que paga un país con respecto a otro que se usa como referenca. En Europa la referencia es Alemania, por ser considerado el país más solvente, y la comparación se realiza sobre el bono a diez años. Así, si Alemania paga por sus bonos un interés de 1,77 % y España 6,09 %, la prima de riesgo española es de 4,32 puntos porcentuales o 432 puntos básicos. Las cifras, por cierto, las he tomado de la prensa de hoy.

Hasta aquí la teoría. La pregunta es si la prima de riesgo mide realmente el riesgo de impago de un país, y la respuesta es un categórico no. Los inversores exigen un tipo de interés más alto cuando desconfían de la solvencia de un país, lo que no siempre se debe a razones objetivas ni mucho menos. La prima no mide el riesgo real, sino la percepción del riesgo de los inversores. El matiz es muy importante porque, como digo, esa percepción no siempre responde a análisis objetivos. Es más, a menudo es absolutamente irracional.

Y aún hay más que matizar, porque ni siquiera mide la percepción del riesgo absoluto de un país, recordemos que es una medida de comparación. Lo que mide, más exactamente, es la percepción del diferencial de riesgo de impago de un país con respecto a Alemania. Y es este otro matiz importante, porque la prima de riesgo de un país, España en este caso, no solo sube porque aumente la percepción de riesgo de impago de España y por tanto su tipo de interés, sino también porque baja la de Alemania. Ambas cosas están muy relacionadas y tienen algo de círculo vicioso, ya que los inversores que no compran deuda española por su supuestamente elevado riesgo, buscan como alternativo otros valores percibidos como más seguros, los bonos alemanes, lo que hace aumentar la prima de riesgo, en un proceso que se autoalimenta.

Y a pesar de esto, de que es una medida subjetiva y no objetiva, y de que no es una medida absoluta sino comparativa, se toma sin ningún reparo como medida absoluta de la solvencia de un país, lo que es absolutamente irracional. Pero más irracional aún es que se hable de la necesidad de "rescatar" a un país cuando su prima de riesgo alcanza los 500 puntos. Así ocurrió con Grecia, con Portugal, ahora con Italia, y quizá mañana con España. Irracional e inmoral, porque "rescatar" no es más que un eufemismo. Embargar sería un término bastante más exacto.

Y lo que de verdad me subleva es que, a la postre, ese riesgo percibido no es real. Los inversores no asumen realmente ningún riesgo y lo saben. ¿Qué riesgo han asumido hasta ahora? Ninguno. Si el país paga es evidente que ellos cobran, y si no paga lo "rescatan" y ellos cobran igual. No asumen absolutamente ningún riesgo y lo saben antes de invertir. Nunca se rescata a los países, y mucho menos a los ciudadanos que acaban sufriendo las consecuencias, se les embarga. A quien de verdad se rescata es a los inversores. Y también aquí habría que cambiar el término "inversores" por otro que fuera más exacto. No diré cuál, saque cada uno sus propias conclusiones.

sábado, 12 de noviembre de 2011

El momento de hablar claro

Dentro de una semana tendremos que acudir a las urnas para decidir cómo y por quién queremos ser gobernados en los próximos cuatro años. Una decisión difícil, porque vivimos una situación difícil. Una situación, en realidad, dramática. No es alarmismo, llevamos ya años de crisis económica, soportamos una tasa de desempleo intolerable, sufrimos el acoso de los especuladores financieros internacionales y las presiones de organismos como el FMI, y día a día nos vamos empobreciendo.

A estas alturas es evidente que todas las medidas con las que nos dijeron que saldríamos de la crisis han fracasado, y no hay perspectivas de que esto vaya a mejorar. Todo lo contrario, los organismos internacionales (que son parte interesada) han "rebajado" las expectativas de crecimiento de España y han dicho que no podrá cumplir sus compromisos. Pero lejos de reconocer en este hecho el fracaso de las políticas que nos han impuesto, nos recetan doble dosis de la misma medicina. Más ajustes, eufemismo que utilizan para decir más recortes, menos servicios, menos ingresos para las clases bajas, más privatizaciones, más precariedad... Lo que va a significar que la economía siga contrayéndose en lugar de crecer, más dificultades para afrontar la deuda.. y más recortes. Un maligno círculo vicioso en el que han quedado atrapadas otras naciones europeas y en el que quedaremos atrapados nosotros tambén.

Soy pesimista, lo sé, y ojalá me equivoque pero creo que ese es el futuro que nos espera y que ya es tarde para evitarlo. Podía haberse evitado, aún puede hacerse, pero quienes tienen en su mano los resortes necesarios no lo harán.

El representante del Partido Popular se ha apresurado a decir que España cumplirá todos sus compromisos. Ahora bien, ha dicho que bajará el impuesto sobre la renta y el impuesto de sociedades, y  que no modificará los demás impuestos. ¿Cómo vamos entonces a afrontar la deuda? La única respuesta posible es: recortando gastos. Y no nos engañemos, es imposible recortar gastos en esas cifras y en tan poco tiempo sin afectar a los servicios públicos básicos. Ni siquiera es necesario esperar a las elecciones para saberlo, lo estamos viviendo ya. Allí donde gobiernan se reduce el presupuesto de la enseñanza pública, aunque curiosamente no se reducen las subvenciones a la privada, se recortan gastos en sanidad pública, se cierran centros de salud y quirófanos, se deja de pagar a los farmacéuticos. Entramos, y de cabeza, en el círculo vicioso.

Ante este panorama, y para evitar la mayoría absoluta del PP, parece tentador votar al Partido Socialista. Pero eso no solucionaría nada o casi nada. Y no porque yo crea que los dos partidos son iguales, no lo son porque sus militantes no son iguales. Pero sus políticas, las que marcan las cúpulas, son otra cosa. Rubalcaba hace ahora otras propuestas, sí, pero no me convencen ni él ni su partido. Porque se han estado aplicando políticas equivocadas y neoliberales, pero también por algo más. Rubalcaba decía ser contrario a la constitucionalización del límite de déficit, y sin embargo lo apoyó. Se justificó en que Zapatero lo había convencido, y en un solo día cambió radicalmente su opnión. ¡Tan poco costó que se plegara a los mercados contra sus propios principios! Y no fué el único. Uno, uno solo de los 169 diputados socialistas se opuso a la medida. No es este el hombre que quiero que me gobierne, ni este el partido que quiero que me represente.

Entonces ¿quién? En entradas anteriores he hablado de la necesidad de acudir a votar, de no quedarnos en casa, y de votar a los partidos que ofrecen alternativas. Cada uno de nosotros tiene su manera de pensar, y seguramente no habrá ningún partido que se ajuste totalmente a ella. En mi caso desde luego no lo hay, pero mi voto será para Izquierda Unida. No porque comparta la totalidad de su programa, ya que solo alguien sin criterio podría compartir, una por una, la totalidad de las propuestas de un partido.  Pero su programa tiene suficientes elementos que sí comparto: la reforma constitucional, la reforma del sistema electoral, la progresividad fiscal y la persecución del fraude, la reforma del sistema financiero, la tasa tobin, la reforma del modelo de relaciones laborales y la potenciación de la Inspección de Trabajo...

No pido el voto para Izquierda Unida ni pretendo hacer campaña en su favor, solo explico mi opción. Como he dicho antes, cada uno de nosotros tiene su manera de pensar, y tal vez este partido os convenza tan poco como a mí PP y PSOE. Pero hay otros partidos que ofrecen otras alternativas. Lo que si os pido, una vez más, es que acudáis a votar.

Sé que ninguno de esos partidos tiene ni por asomo una posibilidad de formar gobierno. Con muchísima suerte nuestro voto servirá para que el Partido Popular no logre la mayoría absoluta. Lo más probable es que no consigamos ni eso. Pero si como indican los sondeos IU puede lograr diez o doce diputados, EQUO tres o cuatro, y otros partidos logran uno o dos, algo habremos ganado. Al menos habrá voces discrepantes y empezaremos a romper el bipartidismo que asfixia la democracia. Daremos un paso para que dejen de subordinarse los intereses de los ciudadanos a los oligopolios financieros.

Y si no sirve ni siquiera para eso, al menos lo habremos intentado. Es mucho y muy importante lo que nos jugamos, y lo que con toda seguridad no sirve para nada es quedarse de brazos cruzados.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Sin miedo al pluralismo

Es bien sabido que nuestro sistema electoral fue diseñado para favorecer la formación de mayorías amplias en las Cortes. Tanto la redacción de la Constitución como su desarrollo posterior van encaminados en ese sentido. Se temía la formación de unas Cortes muy fragmentadas, lo que en aquellos momentos tal vez fuese un temor comprensible, pero infundado. En las primeras Cortes salidas de las elecciones generales de 1977 no hubo mayoría absoluta, y sin embargo fueron capaces de elaborar una Constitución con un amplio acuerdo y que, con todos los defectos que ahora podamos y queramos achacarle, ha posibilitado más de tres décadas de paz social, estabilidad política y desarrollo económico. Tampoco hubo mayoría absoluta en las primeras Cortes formadas en 1979, tras la entrada en vigor de la Constitución, y fueron capaces de completar la transición democrática y el desarrollo esencial de la Constitución. Y todo ello en un contexto de crisis económica, terrorismo y acoso de los nostálgicos del anterior régimen.

Pese a ello los actuales partidos mayoritarios, el PSOE  y el PP, siguen insistiendo en la necesidad de lograr mayorías absolutas para dotarnos de estabilidad. Me parece obvio que su interés real es otro: perpetuarse en el poder haciendo desaparecer o reducir a la insignificancia al resto de partidos. No es más que ambición de poder y miedo al pluralismo. Y ni siquiera entraré a discutir si de verdad una mayoría absoluta proporciona más estabilidad, porque aunque fuera cierto tiene su peligrosa contrapartida.  A Felipe González se le acusaba, y no sin razón, de aplicar el rodillo. Pero el autoritarismo con que gobernó Aznar en su segunda legislatura, su desprecio absoluto no sólo a las demás fuerzas políticas sino a la voluntad de los ciudadanos, deberían ser argumento suficiente contra las mayorías absolutas.

Los dueños del poder tienen miedo al pluralismo, pero nosotros no deberíamos tenerlo. Un Congreso sin mayoría absoluta significa un Gobierno que no puede hacer y deshacer a su antojo, sino que tiene que rendir cuentas. Un Congreso sin mayoría absoluta significa leyes que no son dictadas unilateralmente por la cúpula de un solo partido, sino que deben ser escuchadas el resto de fuerzas. Un Congreso plural significa un Congreso en que no sea posible que dos hombres modifiquen la Constitución. Porque hay que decirlo, lo que hicieron Zapatero y Rajoy fue posible porque los restantes partidos no sumaban el 10% de los diputados necesarios para exigir un referendum, aunque sí fueron elegidos con más del 10% de los votos válidos, incluso sin contar con los partidos que hubieran debido tener representación y no la tienen.

Estamos convocados para votar dentro de diez días, y nos enfrentamos a una situación muy difícil y a unas perspectivas nada halagüenñas, por no decir temibles. Ante la degradación que sufre nuestra democracia hay voces que llaman a manifestar nuestro descontento mediante la abstención o el voto en blanco, pero eso no solucionará nada. Nunca se ha solucionado nada quedándonos en casa. Yo, por el contrario, llamo a votar. Y a votar sin miedo al pluralismo.

Creo, con toda sinceridad, que debemos votar a los partidos que ofrecen alternativas a las políticas fracasadas que nos están poniendo en la misma senda que Grecia. A los que todavía podemos tener la esperanza de que no sobrepongan los mercados a las personas. Sé que ninguno de ellos tiene posibilidad de gobernar, pero cada escaño que logren será un escaño que gane la democracia. Espero que consigan, al menos, los suficientes para impedir nuevos desmanes como el que tan recientemente hemos vivido.

El veinte de noviembre, sin miedo al pluralismo ¡Vota!


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jueves, 10 de noviembre de 2011

El debatillo

Comentaba ayer que probablemente no haya un solo español que no se haya enterado de la celebración de El Debate. Sospecho, en cambio, que no serán pocos los que no se enteraron de un debatillo ayer en Televisión Española. Y es que, al contrario de lo que ocurrió con El Debate, el debatillo no tuvo apenas publicidad, el resto de canales de televisión no se engancharon a la señal y la prensa de hoy apenas se hizo eco.

Además el debatillo tuvo trampa, porque tenía la misma duración y la misma estructura de bloques temáticos que El Debate, lo que significa que los otros tres participantes tuvieron que aceptar las condiciones que en realidad pactaron Rubalcaba y Rajoy. Con la notoria diferencia de que, al ser esta vez cinco participantes, se vieron limitados a veinte minutos cada uno. Incluidos PSOE y PP a pesar de que ya habían dispuesto de cincuenta minutos en el anterior.

Pese a todo este tuvo más interés. Erkoreka representando al PNV y Macías representando a CiU estuvieron bien, aunque ambos iban a lo que iban, buscando el voto de vascos y catalanes respectivamente. Nada tenían que ganar ni perder en el resto de España. Erkoreka puso el modelo industrial vasco como ejemplo, Macías se quejó de los supuestos agravios a Cataluña y ambos reclamaron más autogobierno.  Macías incluso se permitió terminar hablando en catalán, tal vez buscando robarle algún voto a ERC. Nada que no pudiéramos esperar aún antes de oírlos.

Jáuregui por el PSOE y Gallardón por el PP también estuvieron bastante previsibles. Acusaciones mutuas, competiciones a ver quién ha recortado más y Gallardón presumiendo del empleo creado durante el gobierno de Aznar e ignorando que ese mismo empleo es el que perdemos ahora porque carecía de base económica real que lo sustentase.

La nota discordante, como no podía ser menos, la puso Gaspar Llamazares en representación de Izquierda Unida. Veinte minutos no dan para mucho, pero puso al menos sobre la mesa el tema de la corrupción. Ante eso, Jáuregui lo ignoró olímpicamente, Macías y Erkoreka dijeron vaguedades y Gallardón se lució diciendo que el remedio era la transparencia en la Administración. Confundiendo churras con merinas, porque la preocupación que escandaliza a los ciudadanos es la de los políticos, los partidos y las instituciones en las que hacen y deshacen.

Sacó también Llamazares el tema de la representatividad política, la reforma electoral y los cauces de participación directa. Ante la mención de la participación directa Gallardón volvió a meter la pata preguntando: ¿Como la elección directa de los alcaldes? Con lo que demostró no tener ni idea de lo que significa participación directa.

Mencionó también el tema de la carga fiscal y su distribución, y de la fiscalidad como herramienta de política económica. Ahí estuvo fuerte, y los otros cuatro participantes se cuidaron mucho de contestarle en este punto. Su postura en este campo se puede resumir en una lapidaria frase suya: Sin solidaridad fiscal no hay solidaridad social.

En fin, después del amplio despliegue mediático de que disfrutó El Debate, al que me sumé con gozo, tenía la obligación moral de comentar también el debatillo. Que pese a sus limitaciones y al esmero en que no se difundiese demasiado, ha sido lo más parecido a un verdadero debate que veremos en esta campaña electoral.

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Sobre El Debate

martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre El Debate

No sé si habrá algún español que no haya visto anoche El Debate (hay que escribirlo así, con mayúscula) entre D. Alfredo Pérez Rubalcaba y D. Mariano Rajoy. Lo debe de haber visto todo el mundo, y quien no lo haya visto a buen seguro habrá leído los resúmenes, comentarios, análisis y críticas que nos ha prodigado la prensa de hoy. No puedo menos que sumarme a tan magnífico despliegue y aportar mi propio comentario. Al menos compensaré el par de horas que me aburrí viendo El Debate con el rato que me entretenga escribiendo esta nota.

Lo primero que hay que señalar de El Debate es que es único, no hay partido de vuelta y mucho menos liga. No soy yo muy aficionado a estos símiles deportivos, pero es que esta vez me lo han puesto a huevo incluso a mí, que nunca veo los deportes. Lo han concebido y desarrollado exactamente como un partido de tenis, con sus sets y juegos, te lanzo la bola, me la devuelves si puedes. Hasta han recurrido a árbitros de baloncesto para cronometrar los tiempos.

Pero me desvío. Decía que es único, por lo que en realidad apenas hubo tiempo de lanzar dos ideas y cuatro acusaciones. Titulares para la prensa del día y poco más. El Debate en realidad no fue tal, no hubo intercambio de ideas, ni argumentos, ni crítica seria. Lo que hubo fue lo mismo que los candidatos ofrecen en sus mítines, pero empaquetado y envuelto en papel de regalo. Oferta dos por uno.

El resto de partidos no fueron invitados a la fiesta, lo que ciertamente no debería sorprender a nadie. Es la enésima vuelta de tuerca del bipartidismo. Solo cuenta lo que digan Rubalcaba y Rajoy, incluso cuando no dicen nada. Los demás, por lo visto, no tienen propuestas. Y si las tienen se las ignora, y aquí paz y después gloria. Cosa que me parecería muy bien si la pachanga se la hubiesen montado ambos partidos en un canal de televisión privado y pagado de su peculio. Pero no en un medio de comunicación público que se supone al servicio de los ciudadanos, y pagando con dinero público. Y no es pacotilla lo que dicen que ha costado.

Naturalmente en todo partido tiene que haber un ganador. Según los incondicionales del PP fue D. Mariano y según los incondicionales del PSOE, que alguno le queda, fue D. Alfredo. La costumbre en estos casos es que no haya perdedor. Claro que hubo una perdedora, la democracia, pero los espectadores no cuentan.

Y ahora que hemos hablado de las formas, hablemos del contenido. Confieso que se me pasó por la cabeza escribir esa frase, hablemos del contenido, y a continuación dejar un párrafo en blanco. Pero no, no caeré en el recurso a la broma facilona.

Es difícil hablar del contenido de El Debate porque en realidad hubo muy poco. El Sr. Rubalcaba prácticamente se limitó a interrogar al Sr. Rajoy sobre sus intenciones y sobre algunos aspectos de su programa. Y éste prácticamente se limitó a contestar con evasivas o simplemente no contestar. Sin embargo, unas pocas cuestiones me han llamado la atención.

El candidato socialista preguntó insistentemente a su rival si iba a modificar las prestaciones por desempleo, ya que lleva en su programa la transformación del actual sistema de reparto en uno de capitalización. El Sr. Rajoy evadió la pregunta contestando simplemente que no bajaría las prestaciones. Y aquí hay que decir claro que el Sr. Rubalcaba pilló al candidato popular en renuncio, ya que en un sistema de capitalización no puede garantizar en modo alguno que no se vea reducida la protección. De hecho, y aunque no es cuestión de entrar a razonarlo aquí, lo previsible es que disminuya entre los más jóvenes y los que tienen contratos más precarios. Justo los que más la necesitan.

Otro aspecto muy llamativo es que D. Mariano contestó insistentemente a las preguntas afirmando que el estado de bienestar se financia con impuestos y que por lo tanto la solución a los problemas es generar empleo.Y desde luego no le falta razón, lo que le faltó fue decir qué piensa hacer para generar empleo. Porque la única propuesta que recuerdo haberle oído en ese sentido, bajar los impuestos a las empresas, simplemente no funciona. Tampoco lo voy a razonar aquí, hablé de ello en una entrada anterior.

Siendo justos, tampoco fue mucho mejor la única propuesta en ese sentido de D. Alfredo: bonificaciones en las cuotas de los nuevos contratos. Es la misma medida que se lleva aplicando desde hace décadas sin ningún resultado.

Y ahí se acaba el contenido del debate. El resto fue poco más que un intercambio de acusaciones mutuas y un patético concurso por ver quién ha recortado más, algo en lo que ambos candidatos harían bien en ser más discretos.

Afortunadamente tenemos alternativas. Los dos contendientes de ayer no son las únicas opciones aunque hagan todo lo posible por hacerlo ver así. No sé que impresión habrán sacado otras personas de El Debate. En mi caso solo ha servido para confirmarme que necesitamos un cambio, y no precisamente el que propone D. Mariano Rajoy Brey.



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viernes, 4 de noviembre de 2011

El referendum griego

Cuando me enteré de que el primer ministro Papandreu había anunciado su intención de convocar un referendum para que el pueblo griego decidiera si aceptaba las condiciones del nuevo rescate, estuve a punto de escribir aquí unos comentarios de inmediato. Decidí posponerlo un día para informarme mejor y reflexionar un poco. Y ya no me dio tiempo. Si al principio era dudoso que el referendum llegase a celebrarse, ahora parece seguro que no lo habrá.

Las reacciones de las élites internacionales fueron prácticamente unánimes: llamar a Papandreu irresponsable y amenazar con no ayudar más a Grecia. Lo segundo si no fuera trágico no dejaría de tener su gracia, considerando que hasta ahora las condiciones de esa ayuda no han hecho más que agravar la situación del país.

Pero la supuesta irresponsabilidad de Papandreu merece un comentario. Porque el referendum, conviene dejarlo claro, no habría sido para decidir si asumen las deudas, sino si aceptan las condiciones del rescate. Claro que sin ayuda no podrán hacer frente a las deudas, pero son los líderes de los países que proporcionan esa ayuda los que amenazan con retirarla si no se aceptan las condiciones, sin dejar el menor requicio a una nueva negociación. Y eso cuando ellos mismos dicen que un impago de Grecia nos llevaría a la catástrofe. ¿Quién es el irresponsable?

Otra cuestión que merece comentario es qué estarían decidiendo en realidad los griegos si el referendum se hubiese realizado. Habrían tenido que elegir entre aceptar unas condiciones que los están llevando a la ruina o ir a la quiebra por no poder afrontar sus deudas. En otras palabras, solo habrían decidido en qué forma quieren arruinarse: la ruina bailando el son que les tocan o la ruina bailando su propia música.

Pero tal vez lo más llamativo sea la virulencia de las reacciones y el grado de catastrofismo de los vaticinios. Después de todo, la deuda griega solo es una parte muy pequeña del mercado financiero europeo y una fracción insignificante del mercado financiero mundial. Si de verdad es cierto que un impago de Grecia puede causar tales problemas a escala mundial como se anuncian, no puede haber mejor medida de lo absurdo y aberrante que ha llegado a ser el mercado financiero.

Mención aparte merece el temido "contagio" a España e Italia, habida cuenta de que la mayor parte de la deuda griega está en manos de entidades financieras francesas y alemanas, y solo una pequeñísima parte en manos españolas. Un hecho que sin duda tiene algo que ver con la postura especialmente intransigente de Nicolas Sarkozy. 

No sé porqué Papandreu decidió anunciar un referendum a estas alturas, si no lo hizo mucho antes. Ni sé si tenía verdadera intención de convocarlo o solo fue un farol destinado a mejorar su posición negociadora. Tampoco sé cuáles habrían sido las consecuencias si los griegos se hubiesen negado a aceptar las condiciones del rescate, ni creo que nadie sensato pueda decir que lo sabe. Pero sé una cosa. Sé que desde que comenzó la crisis es la primera vez que un líder europeo da un puñetazo sobre la mesa y dice: "hasta aquí hemos llegado, oigamos al pueblo".

Con razón o sin ella, fuesen cuales fuesen sus intenciones, es el primer gobernante europeo que planta cara a los especuladores y a los jugadores de ventaja. Posiblemente no sirva de nada, pero por una vez habrán sido los mercaderes de lo ajeno los que se lleven el susto. ¡Ojalá no sea el último!