viernes, 16 de diciembre de 2011

Negros augurios

Hasta hace pocos días no había oido nunca la expresión banco de comida o banco de alimentos. Sabía de las cocinas económicas y albergues para indigentes, pero ignoraba que existiesen estas instituciones dedicadas a recoger excedentes de alimentos de empresas y comercios para distribuirlos entre las personas necesitadas. Me he enterado de su existencia al leer en los periódicos que las colas para recibir estos alimentos crecen de día en día. Trabajadores en paro que han agotado las prestaciones, jóvenes que abandonaron el sistema educativo para trabajar en la construcción y ahora se ven sin nada, ancianos con pensiones mínimas que vuelven a tener a su cargo a familiares que han perdido su empleo..., en definitiva, personas que hace pocos años no habríamos creído ver haciendo cola para recibir comida.

El paro en España pronto rozará el veintitrés por ciento; es una estadística aterradora, pero no se acaba ahí: la Comisión Europea acaba de advertir del empobrecimiento de los trabajadores españoles. No hablan de los desempleados, sino de los trabajadores activos que se empobrecen debido a la precariedad y los bajos salarios. Según la Comisión, la tasa de pobreza entre los trabajadores supera ya el 11%, en un proceso que se inició antes de la crisis y continúa avanzando. España se empobrece aceleradamente, y ni siquiera es necesario recurrir a las estadísticas para constatarlo. Basta ver a las personas que hurgan en los contenedores de la basura o los trabajadores que esperan en las cada vez más largas colas de las oficinas de empleo.

Y ante esto nos dicen que vivimos por encima de nuestras posibilidades y que la solución es la austeridad.  Recortar el gasto público, lo que siginifica, aunque no se diga abiertamente, aumentar todavía más el paro y recortar aún más la protección social. La patronal, envalentonada, ya ni disimula a la hora de pedir más facilidad para el despido y salarios más bajos. Más pobreza. El presidente de la CEOE, Juan Rosell, ya no lo pide solo para los trabajadores de empresas privadas, lo que es un error pero dentro de sus atribuciones, sino que acaba de pedir una reducción del número y de los salarios de los funcionarios públicos, como si el Estado estuviera afiliado a la CEOE.

¡Austeridad! Para los pobres, puesto que no hay austeridad para los defraudadores del erario público. ¡Austeridad! Para los trabajadores, pues no hay austeridad para las rentas de capital que pagan menos impuestos que las del trabajo. ¡Austeridad! Cuando un altísimo porcentaje de la población no puede ni cubrir sus necesidades básicas.

Espero que cuando el nuevo gobierno tome posesión tenga la sensatez de no seguir por este camino que nos lleva al abismo. De lo contrario nos esperan tiempos verdaderamente difíciles.

martes, 6 de diciembre de 2011

Un gallego en la escalera

¿Qué es un gallego? Alguien que, cuando te lo encuentras en la escalera, no se sabe si sube o baja. Don Mariano Rajoy, que es compostelano, está haciendo bueno este viejo tópico; quince días han pasado desde que se conocieron los resultados de las elecciones y seguimos sin saber qué es lo que piensa hacer cuando tome posesión de su nuevo cargo.

Dice el Sr. Rajoy que esperará a tomar posesión y saber lo que se va a encontrar, es decir, cómo están las cuentas del Estado. Esto es para mí algo verdaderamente sorprendente, y me lleva a hacerme una serie de preguntas para las que no encuentro respuesta. ¿Qué han hecho don Mariano y su partido en ocho años de oposición? ¿Para qué sirve el Tribunal de Cuentas? ¿Y las sesiones de control, interpelaciones y preguntas? ¿Me está diciendo don Mariano que en ocho años no han hecho ningún seguimiento de las cuentas del Estado, o que el sistema es tan malo que no hay ningún control?

La excusa de nuestro futuro Presidente me suena exactamente a eso, a excusa. Porque resulta  que mientras esto afirma en el país, se reúne con dirigentes internacionales para explicarles su proyecto, y al parecer para satisfacción de éstos. Se reunió también con el señor Rodríguez Zapatero para establecer una gestión consensuada del gobierno en funciones. Pareciera que da explicaciones a todo el mundo menos a quien tiene mayor obligación de darlas: los ciudadanos a los que va a gobernar.

Esta actitud de don Mariano me empieza a irritar. Que una persona presente su candidatura a la presidencia del gobierno sin explicar un proyecto claro me parece, cuando menos, una extravagancia. Que con tales mimbres gane las elecciones escapa a mi comprensión por malo que fuese el gobierno anterior. Que dos semanas después siga diciendo que no sabe nada ya es un disparate y empieza a parecer una tomadura de pelo.

Una de mis pequeñas aficiones es el ajedrez. Cuando pienso una jugada no sé, como es evidente, cuál será la jugada subsiguiente de mi adversario, pero puedo intentar anticiparme, sopesar las alternativas y elegir la jugada que haga mi posición más fuerte. Si mi rival me sorprende con una jugada que no he previsto me replanteo mi juego y vuelvo a buscar la mejor alternativa. Aunque el gobierno de una nación sea algo bastante más serio que una partida de ajedrez, esto es esencialmente lo que espero de quien ha pedido y obtenido nuestra confianza para gobernar el país. No espero que sea clarividente ni adivino, ni que sea capaz de acertar siempre con la mejor decisión, tan solo que sea capaz de analizar la situación y trazar una estrategia, y corregirla después si no era la adecuada.

Pero don Mariano no debe de ser jugador de ajedrez. Don Mariano es jugador, y bueno según dicen, de mus, el tradicional juego en el que es esencial ocultar tus cartas.


jueves, 1 de diciembre de 2011

La humanidad del monstruo

Iván el Terrible y su hijo
Recuerdo que cuando se estrenó la película El hundimiento fueron muchos los que la criticaron porque "humanizaba" a Hitler. Queremos creer que hombres como él no son humanos, que son monstruos que nada tienen que ver con nosotros. No muestran piedad ni compasión, ni aprecio por las vidas ajenas, luego no son capaces de ningún sentimiento.

Pero no, Hitler, Nerón, Torquemada, Iván el terrible... no son ogros de cuento infantil. No es posible humanizarlos, porque fueron seres humanos. La barbarie es propia de nuestra especie. A una fiera, a un león, lo calificaremos de salvaje, de feroz, pero nunca de bárbaro. La barbarie es humana. Y el mismo Iván cuya crueldad le valió el sobrenombre de el terrible, que fue capaz de matar a su propio hijo en un arrebato, amaba literalmente con locura a Anastasia Romanovna.

Nos guste o no, los monstruos son humanos. El mismo sentimiento religioso produjo a San Agustín y a Torquemada. Hitler no fue menos humano que Ghandi. Lo humano no se puede humanizar, lo que hacemos realmente es lo contrario, deshumanizar a los monstruos. Un mecanismo de defensa psicológica, supongo; negándoles la humanidad negamos en realidad la parte de la naturaleza humana, de nuestra naturaleza, que no nos gusta.

Y necesitamos entender la naturaleza humana para que un día desaparezca esa parte que ahora nos limitamos a negar. Tal vez no sea posible pero, si lo fuese, debemos aceptar que la realidad no se cambia negándola. Mientras no se erradiquen las causas que los producen, seguirán surgiendo monstruos.