miércoles, 27 de febrero de 2013

Que parezca un accidente

Una vez más los lideres europeos dan una lección de democracia. Me refiero, claro está, a los resultados de las elecciones italianas. Por todas partes la reacción es hablar de inestabilidad y hasta de ingobernabilidad, ¿os suena? Es la misma cantinela cada vez que ningún partido logra la mayoría absoluta. Lo cierto es que, si los líderes políticos tienen sentido común suficiente como para llegar a acuerdos entre ellos, la falta de mayoría absoluta no hace un país ni más ni menos gobernable. El problema son ellos, no lo que han votado los ciudadanos.

Pero los políticos siempre han tenido su propia manera de entender la democracia. En particular la señora Merkel, que "advertido" a Italia de que no tiene más opción que continuar con las políticas del señor Monti. Los italianos, en uso de su soberanía, han relegado al señor Monti y su partido a la insignificancia. Está claro que no quieren de ninguna manera continuar con esas políticas, pero también está claro que a nadie le importa lo que quieran los italianos. Democracia en estado puro.

Pero el premio al espíritu democrático debe ser, en mi opinión, para el señor Enrico Letta, vicesecretario del PD (el partido liderado por Bersani). Nada más conocerse los resultados, este buen señor ha dicho: "Si las cosas están así, se tiene que hacer rápidamente una nueva ley electoral y volver a votar". Entiendo que la reforma sería para garantizar que haya una mayoría absluta voten lo que voten los italianos. Visto de otro modo, lo que el señor Letta viene a decir es "como no nos gusta lo que habéis votado, haremos una reforma para obtener el resultado que queremos, pero de forma que parezca que lo habéis decidido vosotros".

A lo mejor la comparación es absurda, pero me ha recordado aquellas viejas películas de gangsters. Ya sabéis, cuando el señor Democracia empieza a ser molesto y el jefe le encarga a alguien que se ocupe de él pero, añade, "que parezca un accidente".

sábado, 23 de febrero de 2013

Abdicaciones y renuncias

Las abdicaciones y renuncias no son algo nuevo en la monarquía española. El precedente más antiguo que me viene a la memoria es la abdicación de Carlos I en 1556. Desde entonces se han producido varias abdicaciones más, ya fuera por motivos personales o políticos. En particular en los útlimos ciento  cincuenta años la historia de la monarquía española ha sido bastante convulsa. Isabel II fue destronada por la revolución de 1868 y abdicó dos años después en favor de su hijo. Amadeo I renunció apenas tres años después de haber aceptado la corona que le había sido ofrecida por las Cortes. Alfonso XIII se exilió en 1931, aunque no abdicó hasta 1941. Su hijo, don Juan, renunció a sus derechos dinásticos en 1977. En este siglo y medio, tan solo el reinado de Alfonso XII finalizó con su muerte. Tradición no falta.

Hoy se alzan voces, no sé si muchas o pocas, que piden la abdicación de don Juan Carlos I, pero él parece muy poco dispuesto a abdicar, y yo lo comprendo. Pongámonos en su lugar. Si abdica, el heredero tendrá que hacerse cargo de la corona en una situación enormemente complicada, en recesión económica, en medio de escándalos de corrupción, con la confianza de los ciudadanos en las instituciones en mínimos históricos, y la propia institución de la monarquía en sus momentos más bajos. Podría verse como una oportunidad para que don Felipe se gane el prestigio que su padre se ganó en la transición, pero hay una gran diferencia entre ambos: don Juan Carlos tenía entonces un enorme poder, y don Felipe no tendrá prácticamente ninguno. Ocupar el trono en esas circunstancias probablemente solo serviría para deteriorar su imagen tan rápidamente como se ha deteriorado la de su padre. Entiendo perfectamente que don Juan Carlos no quiera dejarle a su hijo ese marrón, yo tampoco lo haría.

Eso por no mencionar que don Felipe es, en realidad, la esperanza de los monárquicos para salvar la propia institución. Creo que nunca, desde que entró en vigor la Constitución, ha tenido la causa republicana tantos adeptos, lo que me lleva a hablar otra vez de algo que ya comenté anteriormente: la debilidad argumentativa de quienes pretenden justificar la institución por los méritos personales de quienes la representan. Si don Felipe comienza su reinado en esta situación, en la que no podrá hacer nada o casi nada, ya no serán las personas sino la propia institución la que se ponga en duda. Quiero decir aún más de lo que ya está. Los monárquicos sensatos (si es que monárquico sensato no es un oxímoron) deben de estar rezando para que don Juan Carlos no abdique.

Así pues, entiendo perfectamente que el rey opte por capear el temporal lo mejor que pueda y dejar la corona a su hijo en mejores circunstancias, por el bien de don Felipe y por el bien de la institución. Claro que un rey debería anteponer el interés de la nación a cualquier otro, y entonces la pregunta es si conviene al interés de la nación que el rey abdique.

Considerémoslo con objetividad. Asumiendo que la monarquía se mantenga ¿que diferencia supondría cambiar un monarca por otro? El rey no tiene prácticamente ningún poder efectivo, por lo que don Felipe no podrá hacer ni más ni menos que su padre. La sucesión no hará que se solucione ni uno solo de los problemas del país, no reducirá el desempleo, no mejorará la calidad de la democracia, no evitará los desahucios ni los abusos del sistema financiero, no reducirá la deuda pública ni hará que recuperemos lo perdido en sanidad ni en educación, ni evitará los casos de corrupción. Ni siquiera mejorará los lamentables pero justificados niveles de confianza de los ciudadanos en las instituciones. Todo lo más servirá para dar un ejemplo que nadie seguirá y porporcionar algún alivio a la presión sobre la monarquía. El rey salvaría quizá lo poco que le queda de su prestigio, pero para el pueblo no supondría diferencia alguna.

Todo esto lo escribo, claro está, asumiendo que ni padre ni hijo tienen nada que ver en los escándalos que salpican a otros miembros de la familia, si se demostrase lo contrario ya sería otra historia. Yo tengo por bastante seguro que no se demostrará; no tanto porque crea en la honestidad del rey, aunque no la pongo en duda, como porque no parece haber juez ni fiscal dispuesto a abrir ese melón. Que la infanta doña Cristina no sea ni tan siquiera llamada a declarar como testigo es muy significativo.

Entonces, preguntaréis, ¿cuál es mi opinión? ¿Debe o no abdicar el rey? Y yo responderé que me da exactamente igual, puesto que nada vamos a ganar salvo la satisfacción de que la presión popular haya forzado la abdicación. Poco fruto para tanto trabajo, cuando tenemos cosas mucho más graves de que preocuparnos.

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viernes, 15 de febrero de 2013

Hombres de hierro en barcos de madera

Ayer me contaron una curiosa anécdota de marinos, que os voy a contar sin entrar en demasiados detalles. Como tal vez sepáis, entre los distintos tipos de buques con que cuenta cualquier marina de guerra están los dragaminas. Por la función que cumplen, estos barcos se construyen en materiales no magnéticos; hoy, según creo, de fibra, y en otro tiempo de madera. La Armada Española tuvo entre sus barcos una serie de estos dragaminas con casco de madera entregados en los años cincuenta. Entre ellos el Nalón, el Turia, el Ulla y otros cuyos nombres no recuerdo.

En los años sesenta, unos periodistas pidieron y obtuvieron permiso para embarcarse en estos buques durante unas maniobras, con intención de escribir sobre los barcos y sus tripulaciones. Por desgracia para ellos, durante las maniobras hubo mal tiempo y se pasaron la navegación mareados y vomitando. Según parece, al desembarcar uno de los tripulantes les dijo, por tomarles el pelo "Vinisteis para escribir y no habéis escrito nada", a lo que le contestaron "no te preocupes, que ya escribiremos". Al día siguiente apareció el reportaje en la prensa con el titular Hombres de hierro en barcos de madera.

Hasta aquí la anécdota tal como me la contaron. Ignoro hasta qué punto es exacta, aunque no tengo ninguna razón para dudar de quien me la contó. Sentí curiosidad y me puse a buscar el reportaje en Internet, hasta encontrar uno, supongo que el mismo, publicado en 1965 en Blanco y negro, el suplemento semanal del diario ABC, que corrobora la anécdota aunque no, y por eso los omito, en todos sus detalles.

El titular no era original de los periodistas, sino que parece tener su origen en la Segunda Guerra Mundial debido a la dureza y peligrosidad del trabajo que realizaban los tripulantes de estos buques y a las numerosas bajas que sufrían por las minas que explotaban. Posteriormente se aplicó también a los tripulantes de otros tipos de barcos, como los de pesca.

En todo caso, sea o no exacta, me gustó la anécdota. Y se aplique a quien se aplique, es una bonita manera de definir a estos marinos.


jueves, 7 de febrero de 2013

La presunción de inocencia y otras historias

Repetido hasta la saciedad, hasta el aburrimiento. Un político es señalado como sospechoso de corrupción e inmediatamente todos los partidos de la oposición  exigen su dimisión, al tiempo que los del suyo reclaman la presunción de inocencia. Al día siguiente el señalado es del partido contrario y se intercambian los papeles: los que ayer exigían dimisiones reclaman la presunción de inocencia, y los que ayer exigían para sí la presunción de inocencia reclaman dimisiones.

Vayamos por partes. La presunción de inocencia es un principio totalmente lógico y razonable del Derecho penal. A nadie se le puede imponer una condena sin que se haya demostrado su culpabilidad. Hasta aquí seguro que todos estamos de acuerdo. Sin embargo este excelente principio del Derecho penal no es en absoluto trasladable a la vida política. Si sobre el señor Fulano Pérez recaen sospechas de actos ilícitos claro que debemos respetar la presunción de inocencia. Pero eso solo significa que no se le puede meter en la cárcel sin que haya sido juzgado, no que no se pueda reclamar su dimisión. El señor Pérez ocupa su cargo porque los ciudadanos lo consideraron digno de confianza, y si tal confianza se pierde es perfectamente razonable esperar que el señor Pérez deje el puesto. Pensar otra cosa en confundir churras con merinas. Claro está que no puede bastar con que cualquiera señale con el dedo para acabar con la carrera política de una persona. Eso, además de ser muy injusto, ciertamente haría imposible toda política sensata. Hablamos de que de verdad existan fundamentos para la desconfianza, o bien que esta sea realmente generalizada.

Y esta es la segunda parte, porque han sido los propios políticos los que han estado sembrando la desconfianza. Me viene a la mente el ejemplo del señor José Blanco. Bastó una filtración de una declaración de un imputado en un juicio, sin más, para que los rivales clamaran por su cabeza. Y pongo este ejemplo tan solo porque es el primero que se me ha ocurrido, no porque tenga especial simpatía ni por el señor Blanco ni por el partido en que milita. La cuestión es que llevan años y años señalandose unos a otros, salpicándose de mierda, pero siempre sin asumir para sí mismos la menor responsabilidad. Escándalo tras escándalo, fueran cuales fueran los indicios y hasta las pruebas palmarias, la reacción siempre ha sido la negación, el "pongo la mano en el fuego", y el "hay que respetar la presunción de incencia". Hasta en el Derecho penal existe la prisión preventiva, hasta en el Derecho administrativo existen las medidas cautelares. Pero en política, no. En política la norma es aferrarse al cargo y proteger al correligionario hasta que un juez diga que eres un delincuente. Y aún entonces habrá siempre algún imbécil que diga aquello de "acato la sentencia pero no la comparto".

Siembra vientos y recogerás tempestades. Una iniciativa en Internet acaba de obtener un millón de firmas por la dimisión del Presidente del Gobierno, todo un record tanto por el número de firmas como por el tiempo en que se han obtenido. Es simbólico, porque las firmas recogidas de este modo no son jurídicamente válidas y, aunque lo fueran, tengo la convicción de que serían igualmente ignoradas. Es simbólico pero sintomático del grado de descomposición al que ha llegado la vida política española. Si el Partido Popular hubiera adoptado otra actitud en ocasiones anteriores, particularmente en la trama Gürtel, tal vez ahora sí estaría en posición de hablar de la presunción de inocencia o, al menos, de hacer ver que pedir la dimisión del Presidente del Gobierno es algo muy serio que no se puede hacer a la ligera. Y lo mismo se aplica, evidentemente, al Partido Socialista. Ni uno ni otro están, a mi juicio, en posición de afirmar que aún cuentan con la confianza de los ciudadanos.

Y nos queda hablar de éstos; porque, como decía en mi anterior entrada, no somos ajenos a esta situación. Nosotros los hemos elegido, en no pocas ocasiones a sabiendas de que eran sospechosos de deshonestidad e incluso estando formalmente acusados ante la justicia. Si ellos no están en posición de decir que cuentan con nuestra confianza, tampoco nosotros, o la mayoría de nosotros, estamos en posición de decir que esa confianza haya sido traicionada. Hoy estoy para refranes: no hay peor sordo que el que no quiere oir. Si preferiste cerrar los ojos y no ver lo que estaba pasando, no digas ahora que no lo sabías. Y no digas que no eres responsable de nada. Lo somos todos, o casi.

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