miércoles, 12 de diciembre de 2012

De niños y armas

De niño tuve muchas armas de juguete. La primera, hasta donde llega mi memoria, una espadita de madera hecha por mi padre. Después un pequeño arsenal de espadas, pistolas, revólveres y escopetas. También armas de elaboración casera, arcos y flechas hechas con ramas y bramante, escopetas elaboradas con listones, gomas elásticas y pinzas para la ropa, tiradores confeccionados con un trozo de tubo y un globo, o simples bolígrafos usados como cerbatanas. Curiosamente, no recuerdo haber tenido nunca un tirachinas.

Tampoco he tenido nunca un arma de verdad. Hoy en día esto puede parecer una obviedad, pero entonces no lo era. Muchos chicos del barrio, incluidos algunos de mis amigos, tenían armas de aire comprimido de perdigones, del tipo que llamábamos escopetas de balines. Si yo no tuve una no fue porque no quisiera sino porque mis padres no me la compraron, lo que naturalmente no fue obstáculo para que disparase de todos modos con las de mis amigos. El uso que hacíamos de estas armas variaba según el carácter o las inclinaciones de cada chico: unos cazaban gorriones, otros solo ejercitábamos la puntería con latas o botellas.

Los más originales que recuerdo eran tres hermanos amigos míos, no solo porque su escopeta, de fabricación americana, era diferente de las del resto de los chicos, sino por el uso que le daban. Eran auténticos especialistas en cazar las ratas que no escaseaban en un campo cercano. Su método era sencillo y eficaz. Buscaban agujeros en el suelo y dejaban junto a ellos un trocito de pan. Al cabo de un rato volvían, y donde el pan hubiera desparecido sabían que había un nido de rata. Dejaban entonces otro trocito de pan a uno o dos palmos del agujero, se alejaban unos metros y esperaban pacientemente a que la rata saliese para pegarle un tiro. Rara vez fallaban.

Alguna vez los acompañé en estas expediciones, aunque sin participar en ellas. Que yo recuerde, nunca he disparado contra un ser vivo; ni siquiera contra las ratas, mucho menos a los gorriones, y mi interés por las armas desapareció poco más o menos al mismo tiempo que el acné.

Me han venido a la memoria estos recuerdos porque estos días he estado mirando publicidad de juguetes y no he visto ningún arma, o si la he visto me ha pasado desapercibida. No es que no las haya, pero cada vez es más raro ver a un niño con un arma de juguete, y dudo que quede alguien que crea que es buena idea comprarle a un niño un arma de verdad. Los niños no han cambiado, pero nosotros sí.