sábado, 23 de febrero de 2013

Abdicaciones y renuncias

Las abdicaciones y renuncias no son algo nuevo en la monarquía española. El precedente más antiguo que me viene a la memoria es la abdicación de Carlos I en 1556. Desde entonces se han producido varias abdicaciones más, ya fuera por motivos personales o políticos. En particular en los útlimos ciento  cincuenta años la historia de la monarquía española ha sido bastante convulsa. Isabel II fue destronada por la revolución de 1868 y abdicó dos años después en favor de su hijo. Amadeo I renunció apenas tres años después de haber aceptado la corona que le había sido ofrecida por las Cortes. Alfonso XIII se exilió en 1931, aunque no abdicó hasta 1941. Su hijo, don Juan, renunció a sus derechos dinásticos en 1977. En este siglo y medio, tan solo el reinado de Alfonso XII finalizó con su muerte. Tradición no falta.

Hoy se alzan voces, no sé si muchas o pocas, que piden la abdicación de don Juan Carlos I, pero él parece muy poco dispuesto a abdicar, y yo lo comprendo. Pongámonos en su lugar. Si abdica, el heredero tendrá que hacerse cargo de la corona en una situación enormemente complicada, en recesión económica, en medio de escándalos de corrupción, con la confianza de los ciudadanos en las instituciones en mínimos históricos, y la propia institución de la monarquía en sus momentos más bajos. Podría verse como una oportunidad para que don Felipe se gane el prestigio que su padre se ganó en la transición, pero hay una gran diferencia entre ambos: don Juan Carlos tenía entonces un enorme poder, y don Felipe no tendrá prácticamente ninguno. Ocupar el trono en esas circunstancias probablemente solo serviría para deteriorar su imagen tan rápidamente como se ha deteriorado la de su padre. Entiendo perfectamente que don Juan Carlos no quiera dejarle a su hijo ese marrón, yo tampoco lo haría.

Eso por no mencionar que don Felipe es, en realidad, la esperanza de los monárquicos para salvar la propia institución. Creo que nunca, desde que entró en vigor la Constitución, ha tenido la causa republicana tantos adeptos, lo que me lleva a hablar otra vez de algo que ya comenté anteriormente: la debilidad argumentativa de quienes pretenden justificar la institución por los méritos personales de quienes la representan. Si don Felipe comienza su reinado en esta situación, en la que no podrá hacer nada o casi nada, ya no serán las personas sino la propia institución la que se ponga en duda. Quiero decir aún más de lo que ya está. Los monárquicos sensatos (si es que monárquico sensato no es un oxímoron) deben de estar rezando para que don Juan Carlos no abdique.

Así pues, entiendo perfectamente que el rey opte por capear el temporal lo mejor que pueda y dejar la corona a su hijo en mejores circunstancias, por el bien de don Felipe y por el bien de la institución. Claro que un rey debería anteponer el interés de la nación a cualquier otro, y entonces la pregunta es si conviene al interés de la nación que el rey abdique.

Considerémoslo con objetividad. Asumiendo que la monarquía se mantenga ¿que diferencia supondría cambiar un monarca por otro? El rey no tiene prácticamente ningún poder efectivo, por lo que don Felipe no podrá hacer ni más ni menos que su padre. La sucesión no hará que se solucione ni uno solo de los problemas del país, no reducirá el desempleo, no mejorará la calidad de la democracia, no evitará los desahucios ni los abusos del sistema financiero, no reducirá la deuda pública ni hará que recuperemos lo perdido en sanidad ni en educación, ni evitará los casos de corrupción. Ni siquiera mejorará los lamentables pero justificados niveles de confianza de los ciudadanos en las instituciones. Todo lo más servirá para dar un ejemplo que nadie seguirá y porporcionar algún alivio a la presión sobre la monarquía. El rey salvaría quizá lo poco que le queda de su prestigio, pero para el pueblo no supondría diferencia alguna.

Todo esto lo escribo, claro está, asumiendo que ni padre ni hijo tienen nada que ver en los escándalos que salpican a otros miembros de la familia, si se demostrase lo contrario ya sería otra historia. Yo tengo por bastante seguro que no se demostrará; no tanto porque crea en la honestidad del rey, aunque no la pongo en duda, como porque no parece haber juez ni fiscal dispuesto a abrir ese melón. Que la infanta doña Cristina no sea ni tan siquiera llamada a declarar como testigo es muy significativo.

Entonces, preguntaréis, ¿cuál es mi opinión? ¿Debe o no abdicar el rey? Y yo responderé que me da exactamente igual, puesto que nada vamos a ganar salvo la satisfacción de que la presión popular haya forzado la abdicación. Poco fruto para tanto trabajo, cuando tenemos cosas mucho más graves de que preocuparnos.

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