jueves, 10 de mayo de 2012

Activos tóxicos y prudencia contable

He repetido varias veces en este blog que yo no soy economista. Lo que sí fui en su día es administrativo de contabilidad, aunque de eso hace más de diez años y no me he preocupado de mantener mis conocimientos actualizados. Tanto es así que ni siquiera sé si el plan de contabilidad que yo estudié, y que no me molesto en buscar, sigue vigente. Escribiré de memoria sobre cuestiones estudiadas hace muchos años y desde mi modestísima experiencia como contable de una pequeña empresa, por lo que quizá nada de lo que diga tenga ya validez.

En esencia, la contabilidad de una empresa consiste en anotar todos los movimientos en cuentas, y una cuenta no es más que un estadillo de doble entrada. Para entendernos, un papel, o su equivalente informático, dividido en dos columnas. En una columna se anota lo que entra y en otra lo que sale. Teorías contables aparte, las cuentas son de dos tipos: patrimoniales y de gestión. Como su nombre indica, en las cuentas patrimoniales se refleja el patrimonio de la empresa, constituido por todo lo que posee, lo que le deben y lo que debe a otros. En las cuentas de gestión se reflejan los ingresos y los gastos.

Las cuentas patrimoniales pueden ser a su vez de dos tipos: de activo y de pasivo. En las de activo se recogen todos los bienes y derechos de la empresa, como puede ser el dinero en caja (bien material) una patente (bien inmaterial) o el dinero que debe un cliente (derecho). En el pasivo se recogen las obligaciones y deudas, como el dinero que debe a un acreedor o el capital. Esto último es importante, el capital es pasivo porque se trata de la contabilidad de la empresa, no la del empresario. Esto es fácil de entender si pensamos en una sociedad anónima, el capital es un dinero que los accionistas han "prestado" a la empresa y que por tanto ésta les "debe", aunque esta sea una obligación que no se le reclamará mientras la empresa no cierre. El capital es lo que se denomina técnicamente un pasivo no exigible. La diferencia entre el activo y el pasivo exigible constituye el patrimonio neto, neto patrimonial o, en terminología del plan de contabilidad, los fondos propios de la empresa. Las cuentas de gestión pueden ser de ingresos o de gastos, y no creo que esto necesite mayor explicación.

La contabilidad, decía, consiste en ir anotando en estas cuentas todos los movimientos de la empresa, naturalmente expresados en términos monetarios. Se lleva además por partida doble, lo que no tiene nada que ver con llevar una contabilidad A y una contabilidad B. Esto es una práctica extendida, pero ilegal. Contabilidad por partida doble significa que cada movimiento se refleja en dos cuentas. Un incremento de un activo debe tener su contrapartida en un incremento igual del pasivo o una disminución de otro activo. También podría tener su contrapartida en una cuenta de gestión, pero no quiero complicar esto más de lo necesario. Pongamos un ejemplo sencillo. Si yo voy al cajero automático y saco 50 euros, se reflejaría en dos cuentas de activo: una disminución de la cuenta "banco" y un aumento de la cuenta "caja".  Si le pido los 50 euros prestados a un amigo, se reflejará en un incremento de la cuenta de activo "caja", y otro incremento de la cuenta de pasivo "acreedores. La contabilidad de una gran empresa se puede complicar muchísimo, pero la mecánica básica es tan simple como eso.

Vamos un poco más allá. He dicho que en contabilidad todo debe anotarse en términos monetarios, y eso implica asignar un valor en moneda a todos los elementos del activo y del pasivo. Por norma, por ley de hecho, los activos deben figurar por su valor de adquisición. Es decir, si yo me compro un  coche, lo anotaré en la cuenta "vehículos" por el precio que me ha costado, que ya no se alterará. Esto puede parecer raro, pero tiene su lógica. El coche puede llegar a ser tan viejo que nadie me daría un céntimo por él, pero si yo sigo utilizándolo, sigo teniendo un activo que no puede desaparecer del balance. Ahora bien, si no quiero que mi contabilidad acabe siendo ficticia, tengo que introducir elementos correctores: las amortizaciones y las provisiones. Entramos en el meollo de la cuestión.

La amortización recoge la depreciación sistemática debida al uso de un bien, con una doble finalidad. Por una parte, cuando compro el coche no lo reflejo todo como gasto de ese ejercicio, porque lo voy a utilizar durante varios años. Mediante una cuenta de gestión llamada "amortización" llevo cada año a la cuenta de pérdidas y ganancias la parte de gasto correspondiente. La otra función es corregir el valor del coche en el balance. El mismo importe que llevo a la cuenta "amortización" como gasto, la llevo a una cuenta de pasivo (más técnicamente compensatoria de activo) llamada "amortización acumulada". El valor contable del coche es por tanto la diferencia entre "vehículos" y "amortización acumulada de vehículos". A la hora de decidir qué cantidades llevamos cada año a estas cuentas hay que respetar las normas fiscales que, por ejemplo y si no han cambiado en estos años, obliga a amortizar los bienes inmuebles en un máximo de cincuenta años.

Veámoslo con un ejemplo. Me compro una casita por 100.000 € y la voy a amortizar en cincuenta años. Hay varias técnicas, pero decido utilizar la más simple y frecuente, llamada lineal, consiste simplemente en dividir el valor del bien por el número de años. Por lo tanto cada año llevaré a las cuentas de amortización 2.000 €. Al cabo de diez años la casa seguirá figurando en el activo por 100.000 €, pero la cuenta de amortización acumulada sumará 20.000 €, de modo que el valor neto contable es de 80.000 €.

Esto se hace para la depreciación sistemática debida al uso. ¿Qué pasa entonces con la depreciación que ni es sistemática ni se debe al uso? Además de la mecánica explicada, la contabilidad se rige por unos principios, de los cuales el más importante es el de prudencia. Por este principio, los ingresos deben contabilizarse solo cuando se producen, los gastos y pérdidas tan pronto como sean conocidos. Si mi casa pierde la mitad de su valor de mercado porque éste se desploma, también debe reflejarse en el balance, o estará sobrevalorado.

Las provisiones funcionan de manera similar a las amortizaciones. También aquí existe una cuenta de pasivo (compensatoria de activo) denominada, para el ejemplo de la casa "provisión por depreciación", y una cuenta de gastos denominada "dotación a la provisión por depreciación". Para un cliente del que dudemos que vaya a pagar existiría la cuenta "provisión por insolvencias" y su correspondiente dotación. Vayamos con el ejemplo del cliente. Le he prestado a un amigo 1.000 € y me entero de que se ha quedado en el paro y le han embargado el piso. Es razonable suponer que no me podrá pagar, así que lo que tengo en la cuenta "deudores" lo paso a "deudores de dudoso cobro". Paralelamente llevo esos 1.000 € a la cuenta "dotación a la provisión por insolvencia" como gasto de este año, y a la cuenta "provisión por insolvencia". La deuda seguirá figurando en el activo de mi balance por 1.000 €, pero la cuenta de provisión por el mismo valor hace que su valor neto contable sea nulo. Contabilizo la pérdida tan pronto la preveo. Si luego resulta que mi amigo se recupera y me paga, "deshago" la provisión mediante la cuenta de ingresos "exceso de provisión".

Por supuesto, en el ejemplo de la casa sería exactamente igual. Si pierde valor por un desplome del mercado, debo dotar la correspondiente provisión por depreciación, contabilizando la pérdida tan pronto como la preveo, y corrigiendo el valor neto contable de la casa mediante la oportuna cuenta compensatoria.

Es muy dudoso que a nadie le importe un higo cómo llevo yo mis cuentas personales ni en cuánto valoro mi coche, pero la cosa cambia cuando se trata de una gran empresa. Entonces la información contable es vital para los accionistas, deudores, acreedores y, evidentemente, para el fisco. Por eso existen las auditorías externas, las empresas auditoras y, se supone, los inspectores de Hacienda, para asegurarse de que las cuentas de una empresa son un fiel reflejo de la realidad. ¿Qué relación guarda todo esto con los llamados activos tóxicos? Pues a lo mejor ninguna. Insisto una vez más en que yo no soy economista, y todo este rollo no son más que viejos conocimientos de un antiguo contable, que las noticias de los últimos días me han traído a la memoria.

En una de mis primeras entradas conté un viejo chiste que no me resisto a contar de nuevo. Un economista y un contable descansan junto a una charca. El contable dice: te apuesto cien euros a que no te tragas un sapo. El economista se lo traga, cobra el dinero y dice: te apuesto otros cien a que no te lo tragas tú. El contable se lo trata, cobra y dice a su vez: ¿te das cuenta de que nos hemos tragado un sapo cada uno y somos igual de ricos que antes? Y el economista contesta: sí, pero hemos generado intercambios comerciales por valor de doscientos euros.

Lo malo de ese chiste es que, además de ser viejo y malo, ya no tiene validez. Ahora el chiste sería de otro modo. Un banquero le dice a su cliente: te apuesto cien euros a que no te tragas un sapo. El cliente se lo traga, y el banquero encuentra una cláusula en el contrato de apuesta por la que debe pagar el Gobierno.

Igual no tiene gracia.

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