martes, 17 de enero de 2012

Manuel Fraga y Dionisio Ridruejo

Cada vez que publico una nueva entrada en este blog la comparto en en las redes sociales de las que formo parte, en particular en facebook, donde algunas personas tienen a veces la amabilidad de compartir aquellas que les parecen interesantes o de dejarme algún comentario, cosas ambas que agradezco. Ayer recibí dos comentarios, amistosos reproches en realidad, a raíz de lo que escribí sobre la muerte de Manuel Fraga.

David, a quien tengo un gran afecto por la simple razón de que es mi sobrino, me dejó el primer comentario para señalar que no me había pronunciado sobre las responsabilidades de Fraga en el franquismo. En sus palabras, que no me mojo, lo que es evidentemente cierto. Respondí que hubiera tenido sentido "mojarme" cuando estaba vivo, no después de muerto. Esto me valió un segundo comentario de Manuel, cuya opinión siempre me merece respeto, y que me dice que la verdad tiene sentido siempre. Y también esto es cierto. Naturalmente ese no mojarme fue una decisión deliberada, que hoy explico y rectifico.

La verdad tiene sentido siempre, y doy en ello mi más absoluta conformidad a la opinión de Manuel. Pero en este caso no se trata de la verdad, sino de un juicio moral sobre la vida y las obras de un hombre. Son cosas distintas. La verdad en este caso es conocida o puede serlo por cualquiera que tenga interés en conocerla, lo que es muy diferente del juicio moral que queramos hacer de esa verdad. Y ese juicio, como señalaba ayer, lo hemos hecho ya todos y cada uno de los españoles para absolver, condenar, perdonar u olvidar, según las convicciones de cada cual. El juicio definitivo lo harán, como también señalaba ayer, el tiempo y los historiadores, y sospecho que la sentencia será el olvido.

¿Y cuál es mi personal sentencia? Para dictarla tengo que partir de lo obvio: que la vida política de Fraga se divide en tres perídos muy diferentes. Imposible condenarlo por su trayectoria en la etapa constitucional, que es perfecta y absolutamente legítima porque así lo decidieron los ciudadanos. Podremos hacer una valoración política de sus errores y aciertos, como lo haríamos con cualquier otra persona con responsabilidad de gobierno, pero nada más.

Más difícil es valorar su papel en el período de la transición. Entre el rupturismo y el reformismo se optó, para mal y para bien, por lo segundo, y que Fraga contribuyó a establecer y consolidar el actual régimen democrático es algo que no le han negado ni sus adversarios. Si lo hizo por convicción o por oportunismo político es una cuestión que solo sabía él mismo y tal vez sus más íntimos allegados. Mención aparte merece su actuación como ministro de la gobernación, durante la que se produjeron los sucesos de Montejurra y Vitoria, con varios muertos y heridos. Hasta donde yo sé, tan solo existe un testimonio indirecto y de dudosa fiabilidad de que Fraga tuviese conocimiento de lo que se preparaba en Montejurra. Llamarle, como algunos hacen, "asesino de Montejurra" con tan débil indicio me parece olvidar uno de los más básicos principios de la justicia, la presunción de inocencia. Lo que no excluye su responsabilidad política por no haber sabido, podido o querido actuar con contundencia contra el extremismo de derecha ni depurar las fuerzas de orden público. Responsabilidad, por cierto, compartida.

La verdadera cuestión está en la etapa de Fraga como político relevante de la dictadura del general Franco, y la parte que le toca en la represión y, en particular, en la ejecución de Julián Grimau. Los hechos son conocidos. Grimau fue condenado por un tribunal militar en virtud de una ley elaborada durante la guerra para reprimir a los republicanos. La pena podía ser conmutada por el dictador, y por voluntad de éste se sometió la decisión a votación en consejo de ministros, aprobándose la ejecución por unanimidad. La responsabilidad de aquel voto favorable sí le cabe a Manuel Fraga, así como el haber justificado reiteradamente la ejecución y el no haberse retractado jamás de tal decisión. Y le cabe, más allá de una muerte en concreto, la responsabilidad de haber sido parte activa en un régimen en que tal cosa no solo era posible, sino asumida como parte normal del ejercicio del poder.

Tal vez el nombre de Dionisio Ridruejo ya no les suene a muchos, y quienes sepan quién fue tal vez se pregunten qué relación tiene con Fraga. Miembro de la Falange desde 1933, combatiente y director general de propaganda del bando rebelde, combatiende después en la División Azul, Ridruejo, desencantado con el régimen que veía instaurarse en España, dimitió de sus cargos, rompió toda relación con el régimen y acabó formando parte de la oposición democrática, lo que le valió la prisión y el exilio. Hasta aquí el paralelismo con Fraga, como converso del fascismo a la democracia. Dos puntos los diferencian, uno es que Fraga no se convirtió sino hasta la muerte del dictador. El otro es que Ridruejo, al contrario que Fraga, sí hizo público examen de conciencia. Y ésta fue su sentencia, que plasmó en su libro "Escrito en España":
Nadie que haya militado en una causa terrorista es inocente del terror, aunque personalmente se haya abstenido de él y aunque en su intimidad -e incluso en el ámbito de sus relaciones oficiales- lo haya condenado.
Decía ayer que, como católico, Manuel Fraga esperaría ser juzgado por Dios, y supongo que también esperaría ser absuelto el día del juicio. A mí me enseñaron de niño, cuando la enseñanza de la religión católica era aún obligatoria, que para que nuestros pecados nos fueran perdonados las dos primeras condiciones eran el examen de conciencia y el dolor de los pecados. Dos pasos que, aún con lo que tiene de autojustificación, supo dar Dionisio Ridruejo, pero que nunca dio, al menos públicamente, Manuel Fraga Iribarne.

Mucho me temo, por tanto, que su Dios no lo absuelva. Cuál sea la sentencia del otro gran juez de los gobernantes, la Historia, no lo sé. Pero imagino, como he mencionado más arriba, que será el olvido.

ENTRADAS RELACIONADAS:

Manuel Fraga Iribarne

1 comentario:

  1. No he dicho que la verdad tenga sentido siempre; si no que lo debiera tener. Soy consciente de que ambas cosas no son lo mismo.

    Con ello no pretendía hacer una critica de tu anterior entrada. Solo del argumento que le das a David para justificar que no te mojaras. Yo no puedo reprocharte no hacer algo que tampoco yo he hecho. Pero afirmar que la muerte de alguien hace que ciertas cosas ya no tenga sentido decirlas me parece un error, sobre todo cuando esas cosas siguen produciendose, de un modo u otro, hoy en día, ahora mismo, en mil lugares diferentes.

    Pero tan poco creo que tu anterior entrada necesite ser justificada, solo que la justificación no era valida y menos cuando de ella se podría deducir que cualquiera que tras la muerte de Fraga se moje al respecto comete un sinsentido. No sé si me explique.

    ResponderEliminar