domingo, 27 de noviembre de 2011

La doble vara de medir

No pensaba volver a escribir de momento sobre la crisis de la deuda soberana, más que nada porque ya se ha dicho prácticamente de todo. Me llevan a retomar el tema algunos artículos de prensa que he leído esta semana, que abordan dos cuestiones: la solvencia de España y la actitud de Alemania.

Sobre la primera cuestión es muy interesante comparar las cifras españolas con las de los países que solemos utilizar como referencia. La deuda pública española está hoy por debajo del 70% del PIB, siendo inferior a la de Alemania y la de Francia, que llegan respectivamente al 80% y el 85%. Son niveles perfectamente asumibles, de hecho no son muy superiores a los que teníamos antes de la crisis, cuando nadie ponía en duda nuestra solvencia. Otra cuestión es la carga que el pago de los intereses supone para cada uno de estos países: el 2,2% del PIB en el caso de España, 2,4% en el de Alemania y 2,6% en el de Francia.

A pesar de estas cifras, se cuestiona la solvencia de España y no la de Francia ni la de Alemania. Esto se pretende justificar con dos argumentos: el elevado déficit público español y el incremento de los tipos de interés que debe pagar por su deuda, factores ambos que la hacen aumentar.

Lo primero, naturalmente, es cierto. Un país no puede permanecer instalado en el déficit indefinidamente, la cuestión es cómo y en qué plazo debe España reducir su déficit. Actualmente se le exige una reducción drástica en un plazo muy corto, lo que no me parece que tenga justificación alguna. Muchos analistas coinciden en que no hay razón objetiva para no diferir dos años el cumplimiento del objetivo de déficit. Y es realmente indignante la actitud de la canciller Merkel  a este respecto. Cuando fue Alemania la que incumplió el objetivo de défict del manido pacto de estabilidad, no solo no tuvo consecuencias para este país, que forzó la "flexibilidad" del pacto, sino que se negaron a aplicar las medidas que ahora nos exigen a los españoles. Se negaron con razón, porque unos recortes tan drásticos contraerían la economía y agravavarían el problema en lugar de solucionarlo. La canciller lo sabe, y pese a ello no tiene reparo en condenar a la recesión económica a los países a los que ahora tiene la desfachatez de llamar irresponsables. Y no me sirve en absoluto a justificación de que se enfrentaban entonces al difícil problema de la integración de Alemania del Este, porque el problema que afrontamos ahora no es menos grave ni difícil, con la notoria diferencia de que Alemania eligió voluntariamente la integración y nosotros no hemos elegido ser víctimas de la desregulación financiera.

El segundo argumento, que el incremento de los tipos de interés que España debe pagar por su deuda pone en riesgo su solvencia, es un auténtico sofisma, ya que se supone que esos tipos crecen por la desconfianza en nuestra solvencia. Es decir, la desconfianza en la solvencia de España hace subir los tipos, y la subida de los tipos hace desconfiar de nuestra solvencia. La verdad pura y simple es que no hay ninguna razón real para dudar de la solvencia de España. Esas supuestas dudas las siembran interesadamene los mismos que se benefician de ellas, los buitres que buscan el beneficio a corto plazo gracias a la desregulación de los mercados financieros sean cuales sean las consecuencias. Y también en esto es indignante la actitud de la señora Merkel, ya que hay medidas que pueden tomarse a nivel auropeo y que están siendo bloqueadas por Alemania: la emisión de eurobonos y la intervención del BCE como un verdadero banco central. Estas medidas no solo son reclamadas por los países con problemas, también en esto son muchos los expertos que están de acuerdo, y se han mostrado favorables la Comisión y el presidente Sarkozy, que le ha visto las orejas al lobo. Lo impide Alemania, alegando que animaría a los países con problemas a no cumplir sus obligaciones, las mismas, recordémoslo, que tampoco cumplieron ellos. Pero hay otra razón que frau Merkel se cuida de mencionar, su país se está aprovechando de los problemas financieros de los demás para financiarse ellos mismos prácticamente a coste cero.

La canciller y su partido juegan con fuego, porque este proceso no se detendrá en España. Bélgica, Austria y la misma Francia ya están en el punto de mira de los especuladores. Divide y vencerás, reza la antigua máxima. La manera de enfrentarnos al acoso de los mercados pasa por profundizar en la Unión Europea, por los eurobonos, por un verdadero Banco Central, por la fiscalidad común y en definitiva por una auténtica Unión. La alternativa es el fracaso del proyecto europeo, y con él del modelo social del que hace pocos años presumíamos con justificado orgullo.


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