jueves, 27 de octubre de 2011

Libia

Unos meses antes de crear este blog empecé a publicar una serie de notas en facebook, nueve e total. Las ocho primeras entradas de Balas perdidas no son más que un volcado de esas notas. Omití una, la primera, publicada el 26 de marzo y en la que expresaba mi opinión sobre la entonces reciente intervención en Libia. En realidad, sobre la comparación que entonces se hacía con la guerra de Iraq.

No me sorprende la cantidad de opiniones que oigo y leo sobre la intervención en Libia, siendo como es un tema espinoso, grave y de consecuencias difíciles de medir. Si me sorprende lo poco meditadas que parecen algunas de esas opiniones, ya sea en un sentido o en otro. Me sorprende, sobre todo, la constante comparación con la guerra de Iraq. ¿Hemos perdido la memoria?
La invasión de Iraq fue declaradamente preventiva. Se basó en una supuesta amenaza para la paz o la seguridad de Occidente y se justificó en una igualmente supuesta vinculación con Al Qaeda que nunca se demostró y en la posesión de unas armas de destrucción masiva de cuya existencia se presentaron pruebas tan burdas que lograron el efecto contrario al buscado. No había una situación de conflicto, ni interno ni exterior, y sí había, en cambio, inspectores de Naciones Unidas sobre el terreno. Inspectores que no encontraron prueba alguna y que reiteradamente pidieron tiempo para realizar su labor, que les fue negado. No hubo acuerdo internacional ni beneplácito de la ONU. Se trató de una decisión unilateral de Mr. Bush en la que España y Gran Bretaña fueron comparsas. Una mentira.
La intervención española en aquel conflicto, conviene rercordarlo, se llevó a cabo contra la opinión del más del noventa por ciento de la población, pese a la oposición de todos los grupos parlamentarios sin excepción, y pese a las manifestaciones constantes y masivas. Solo puede explicarse por el interés del Sr. Aznar en congraciarse con los Estados Unidos y reafirmarse frente a una Union Europea que no le había respaldado en Perejil, pagando quizá de paso el favor de la mediación del General Powell. Una mentira por partida doble.
¿Es la misma la situación en Libia? Ciertamente no. El conflicto de Libia no lo comenzamos nosotros, empezó con la sublevación de una parte de la población contra el régimen de Gadafi, que degeneró en guerra civil. La actuación de Gadafi le valió, no lo olvidemos, la condena de la Liga de Estados Arabes, la Union Africana, y la Organización de la Conferencia Islámica. Le valió también la expulsión de Libia del Consejo de Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de la ONU, y la resolución 1970 del Consejo de Seguridad, que le instaba a desistir de su actitud.
La posterior resolución 1973, que autorizó la intervención, se aprobó con el voto favorable de diez de los quince miembros del Consejo de Seguridad. Entre los cinco que se abstuvieron están Rusia y China, que como miembros permanentes tienen derecho de veto. No hubo votos en contra. La intervención cuenta además con el apoyo de otras naciones que no participaron en la decisión, incluidos algunos de la Liga Arabe. Y España.
En cuanto a España, la opinión pública dista mucho de ser tan unánime como lo fue con Iraq, y esta vez la decisión fue respaldada por 337 de los 340 diputados presentes. Todos los grupos excepto IU y BNG, cuya postura me parecería muy respetable si no me hubiera parecido tan demagógica. ¿No a la guerra? ¿A cuál? ¿A la que ya existía en Libia?
¿Justifica todo esto la intervención o la manera de llevarla a cabo? No. Cualquier decisión habría sido difícil y, como dije al principio, de consecuencias dificiles de medir. ¿O hay alguien tan insensato que crea que mantenernos al margen no habría tenido consecuencias? Hay motivos para opinar en un sentido u otro, y no seré yo quien diga tener la solución. Para soluciones definitivas, consúltese al Sr. Aznar.
Creo que fue Rousseau quien dijo que el derecho a opinar nos impone el deber de informarnos. Opinemos pues, es nuestro derecho. Pero procuremos que nuestras opiniones no sean solo el eco inútil de de una consigna, es nuestro deber.

En realidad, la chispa que me llevó a escribir aquella primera nota fue un debate suscitado pocos días antes, en el que dije que si bien me había opuesto categóricamente a la invasión de Iraq porque era una mentira evidente, en el caso de Libia no lo tenía tan claro pero creía que a quien lucha por la libertad se le debe apoyar.

¿Por qué omití esa nota al comenzar el blog? En parte porque había perdido actualidad. No tenía sentido pronunciarse sobre la intervención tres meses después. Pero también y sobre todo porque si en marzo tenía muchas dudas, en junio empezaba a pensar que me había equivocado. Dos semanas después expresaba esas dudas en la entrada ¿Y Libia?.

Las dudas no me han abandonado. Lo cierto es que sigo pensando que se debe apoyar a quienes luchan por la libertad, pero cuando triunfan y comienzan a tomar represalias las cosas se ven de un modo muy diferente. Supongo que las venganzas eran de esperar, lo que no imaginaba es que nos quedaríamos de brazos cruzados sin hacer nada.

Tal vez lo que ocurre es simplemente que tengo un problema de conciencia. De mala conciencia.

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