lunes, 24 de octubre de 2011

Arte y barbarie

Lo merecía, grabado de Francisco de Goya
Estoy releyendo estos días el libro Ante el dolor de los demás, de la escritora estadounidense Susan Sontag. No puedo decir que el libro me causase una gran impresión cuando lo leí por primera vez hace siete u ocho años, no es el tipo de libro que causa un gran impacto o del que se aprendan grandes cosas, pero es interesante y si habéis leído mi última entrada entenderéis por qué lo he rescatado de la estantería.

Trata de las imágenes que reproducen el horror o la barbarie, el sufrimiento de los otros. Se centra sobre todo en la fotografía y de modo especial en la fotografía de guerra, pero no de modo exclusivo. Habla también de la televisión y el cine y, por supuesto, del arte.

No he terminado aún esta segunda lectura, y mi memoria no es tanta que pueda recordar la totalidad del libro después de estos años, pero el tema me ronda la cabeza estos días y no he querido esperar a terminarlo para comentar aquí un par de reflexiones de la autora.

Susan Sontag hace una interesante comparación sobre la distinta consideración que tienen la pintura y otras artes con respecto a la fotografía cuando reproducen la barbarie y el sufrimiento. Y es que la reproducción del horror no nació con la fotografía, el tema es antiguo en el arte.

Una primera reflexión se refiere a la autenticidad. En arte, en pintura por ejemplo, no esperamos que sea una reproducción exacta de un acontecimiento, con todos sus pormenores. Cuando contemplamos el cuadro de Goya Los fusilamientos del tres de mayo importa poco si había realmente un hombre de camisa blanca, o cuántos soldados había en el pelotón. Lo consideraríamos falso si descubriésemos que no lo pintó Goya, pero que sea o no exacto en la reproducción de la escena no afecta a su autenticidad.

Ocurre a la inversa con la fotografía. Pensemos por ejemplo en la famosa fotografía tomada en Vietnam en la que se ve a unos niños huyendo de una aldea en llamas. No la consideraríamos falsa si descubriéramos que el fotógrafo no fue Nic Ut. De hecho, hasta hoy yo no sabía quién había sido el fotógrafo, he tenido que buscarlo. La autenticidad de una fotografía está en su contenido, que esperamos que sea un fiel y exacto reflejo de un acontecimiento. Las dudas sobre la autenticidad de la fotografía Muerte de un miliciano, de Robert Capa se deben precisamente a la sospecha de que fue preparada, y no hecha en un combate real.

Una reflexión más interesante se refiere a la cualidad estética de estas imágenes. El arte, por definición, tiene una función o cualidad estética. La historia del arte está llena de reproducciones de la barbarie de una indudable belleza plástica: escenas de batallas, ejecuciones, martirios... Cuando representan sucesos reales, y no míticos, podemos apreciar en ellas lo que tienen de documento, como en Los desastres de la guerra de Goya, pero por terrible que sea la escena representada no dejamos de apreciar la calidad estética de la obra.

Sucede algo muy distinto con la fotografía. Consideramos la fotografía un arte, y apreciamos la calidad plástica de las fotografías cuya intención declarada es artística. Pero cuando representan escenas de dolor y barbarie no sólo no apreciamos la calidad estética, sino que la rechazamos. La barbarie no puede ser bella, y una fotografía de este tipo parece menos auténtica si podemos apreciar en ella algún valor estético. Nos parece en este caso menos real, escenificada, aún cuando no fuera esa la intención del fotógrafo.

La sospecha de que Capa escenificó Muerte de un miliciano no carece de argumentos, pero seguramente nadie lo habría investigado, ni puesto en duda siquiera, si la foto no fuese de una innegable calidad artística. Admitimos sin reparos que la interpretación que el artista hace de la muerte puede ser bella, pero la muerte de un hombre real no.

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